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¿Cadáveres?

POLÍTICA

 

Del Juicio de Núremberg al no juicio de Bin Laden.

 

El 2 de mayo de 1945, el Ejército Rojo encontró los cadáveres calcinados de Hitler y Eva Braun en los jardines de la Cancillería del Reich en Berlín. Las pruebas odontológicas confirmaron la identidad, pero Stalin, suspicaz innato, no quedó conforme con los resultados. Luego de una serie de confirmaciones y desmentidas, los rusos ratificaron, el 6 de junio, que se había descubierto el cuerpo del dictador, identificado con “total seguridad”, y que había muerto envenenado. Por cierto, no se conoce ninguna foto fiable del cadáver de Hitler ni se sabe cuál fue la suerte de sus despojos.

Hasta el 30 de abril, día en que se suicidó, se esperaba poder enjuiciarlo como criminal de guerra. Eximidos de esta obligación, los Aliados se abocaron a considerar el problema de la parcialidad propia de una corte formada por vencedores. Uno de los objetivos principales era establecer una versión oficial de los hechos históricos, tarea en la que fue de gran utilidad Núremberg: su lección para hoy, el documental que el gobierno de los Estados Unidos exhibió en Alemania durante la campaña de “desnazificación” en 1948 y 1949. Escrito y dirigido por Stuart Schulberg, quien había realizado los documentales que se presentaron como evidencia en el juicio, Núremberg cruza el escenario de la corte con un nutrido material de archivo a partir del cual se explica cómo fueron el ascenso del nazismo, la carrera armamentista y militarización de Alemania, así como las circunstancias que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial y en el plan sistemático de exterminio. Se exhibió solamente en Alemania durante la posguerra y luego fue sepultado por la censura, y recién en 2010 se proyectó por primera vez en los Estados Unidos.

Los motivos por los cuales el film permaneció oculto durante tanto tiempo no están del todo claros. Que en él se muestre trabajando en conjunto a rusos y norteamericanos, cuando ya en 1948 el Departamento de Guerra consideraba a los soviéticos enemigos, y el temor de que la opinión pública, al ver los crímenes cometidos por los nazis, no apoyara la reconstrucción de Alemania estipulada en el Plan Marshall, explican sólo en parte la censura. De hecho, tampoco es casual que Memory of the Camps, documental realizado con las filmaciones que hicieron los soldados aliados durante la liberación de los campos, haya estado archivado en el Museo de Guerra de Londres durante cuatro décadas. En los años posteriores al conflicto, mostrar estas imágenes entrañaba el riesgo de una protesta generalizada: si los Aliados habían sabido de la existencia de los campos, ¿por qué no habían actuado más rápido?

La pregunta de si Núremberg fue una corte militar antes que un tribunal de derechos humanos, y si el delito de genocidio tuvo en la instrucción el lugar que merecía, dio lugar a más de una controversia. Si uno se guía por el documental de Schulberg, es evidente que los crímenes contra la humanidad quedaron parcialmente subsumidos en los crímenes de guerra, y que la acusación de que había existido un plan para exterminar a los judíos fue formulada casi al final del alegato de los fiscales. En el discurso de apertura del juicio, a cargo del fiscal Robert H. Jackson, no se mencionan los crímenes contra la humanidad ni se hace referencia a los judíos. Aunque más sintomática parece ser una frase del guión del film, a la que sin duda le sobra un adverbio: “Pero quizás el crimen mayor contra la humanidad lo cometieron los nazis contra los judíos”.

El proceso a Adolf Eichmann en Jerusalén en 1960 se propuso rectificar algunos aspectos del Juicio de Núremberg. “Para justificar el proceso de Eichmann –escribe Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén–, se ha sostenido a menudo que, pese a que el mayor delito cometido durante la guerra fue aquel del que resultaron víctimas los judíos, estos representaron simplemente el papel de espectadores en el Juicio de Núremberg, y, en cambio, en el proceso de Jerusalén, tal como decía la sentencia, la catástrofe judía por primera vez ‘ocupó el lugar central de un procedimiento judicial, y este hecho es el que distingue el presente procedimiento de cuantos le han precedido’, en Núremberg o en cualquier otro sitio.” Arendt pensaba que esto era una verdad a medias, ya que la catástrofe judía había impulsado a los Aliados a postular la categoría de “crimen contra la humanidad”, que fue utilizada por primera vez en el Juicio de Núremberg. De ahí que tanto ella como Rony Brauman y Eyal Sivan, directores de Un especialista, documental de 1999 hecho con los registros fílmicos del juicio a Adolf Eichmann, le hayan criticado al tribunal de Jerusalén su decisión de inculparlo por “crímenes contra el pueblo judío”. “Al instituir una categoría jurídica distinta de la acusación de crímenes contra la humanidad –se preguntan Brauman y Sivan–, ¿quería la Corte, como los nazis, situar a los judíos fuera de la humanidad? ¿Puede imaginarse un tribunal penal internacional juzgando crímenes contra la humanidad y crímenes contra el pueblo tutsi o bosnio?”

El hecho de que en Núremberg la culpabilidad de los acusados se diera por sentada hizo que estos, en algunos casos, llevaran a un extremo sus esfuerzos por negar lo sucedido. Entre las declaraciones más asombrosas de las recogidas en Núremberg está una de Hermann Goering, segundo en la línea sucesoria del Reich y principal acusado del juicio. “¿Todavía dice que ni Hitler ni usted conocían la política de exterminar a los judíos?”, le pregunta en un momento el fiscal británico Sir Hartley Shawcross. Goering responde: “En lo concerniente a mi papel, como ya declaré, no tenía la menor idea de que esto llegaría a tal proporción”. “Usted no sabía hasta qué grado, ¿pero sabía que había una política de liquidación de los judíos?”, repregunta el fiscal. “No, de la emigración de los judíos, no de su exterminación”, contesta Goering. “Sólo supe de casos donde ocurrieron ciertos excesos.”

Esta declaración, que debería ser considerada una de las bases del negacionismo de la Shoah, y que más tarde hizo que algunos supuestos historiadores pretendieran darle estatuto de prueba al hecho de que no se haya encontrado registro de ninguna “orden del Führer” para liquidar a los judíos, demuestra hasta qué punto se ha llegado en la tentativa por adulterar la realidad histórica y refuerza aún más la importancia del Juicio de Núremberg en su propósito de esclarecer la verdad de lo ocurrido. Mucho se le ha criticado, sin embargo, su parcialidad, con el argumento de que un tribunal compuesto por vencedores era garantía de unilateralidad. Hans Kelsen fue uno de los críticos más severos, para quien el castigo de los criminales de guerra –no sólo nazis– habría debido ser un acto de justicia y no la continuación de las hostilidades bajo formas en apariencia judiciales. No es un dato menor, en este sentido, que el Estatuto de los tribunales de Núremberg y Tokio –en el que fueron juzgados, entre 1946 y 1948, los criminales de guerra japoneses– prohibiera toda investigación sobre los bombardeos de las ciudades alemanas por parte de las tropas angloamericanas y sobre las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Omisiones a las que deberían sumarse los pretextos de los Aliados para negarse a impedir el exterminio, luego de que las redes internas de resistencia judía reclamaran, en varias oportunidades en 1944, el bombardeo de las líneas férreas, las cámaras de gas y los hornos crematorios de Auschwitz.

Decididos por el presidente Harry Truman en agosto de 1945, cuando la victoria ya estaba asegurada, los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki –en los que murieron cerca de doscientas mil personas– nunca fueron calificados como crímenes contra la humanidad por la sencilla razón de que hubo una aceptación generalizada de la línea oficial, que sostenía que Japón había sido derrotado gracias a este recurso extremo. Si bien es cierto que el bombardeo de ciudades alemanas había sido provocado por los bombardeos de Londres, Coventry y Rotterdam, no cabe decir lo mismo de la bomba atómica, un arma enteramente nueva. El triste destino de Claude Eatherly, uno de los pilotos involucrados en la misión de Hiroshima, es una prueba de la impunidad y la mala conciencia con que se resolvió el asunto. Luego de que Eatherly se negara a ser honrado como un héroe y expresase públicamente su arrepentimiento y su solidaridad con las víctimas de los ataques, le dieron caza como si fuera un fugitivo, y tras un juicio a las órdenes de las autoridades militares, lo recluyeron en un hospital psiquiátrico de Texas. En la misma línea, el Enola Gay (el Boeing B-29 que el 6 de agosto de 1945 arrojó la bomba atómica sobre Hiroshima) fue restaurado y colocado triunfalmente en 2003 en un anexo del National Air and Space Museum de Washington. Un gesto que confirma no sólo el cliché de que la historia la escriben los vencedores, sino también el presupuesto según el cual sólo es un crimen la guerra que se pierde.

 

Cadáveres. Con la Primera Guerra Mundial se empezó a contar los muertos por millones, aunque sólo con la invención de las armas de destrucción masiva se acuñó en los Estados Unidos una nueva unidad de medida: megadeath, equivalente a un millón de muertos. La matemática del exterminio masivo ganaba así mayor precisión conceptual y rigor científico. De los campos de exterminio nazis a las armas nucleares, lo que se perfecciona no es sólo la técnica de matar sino las formas de suprimir cuerpos. Así como los molinos de huesos eran parte de la maquinaria de exterminio nazi en la medida en que con ellos se ultimaba lo que en los hornos crematorios no se destruía del todo; así como los médicos del Tercer Reich sometían a muchos de sus cobayos humanos a los rigores últimos de la desnutrición, haciendo de la anatomía patológica una rama de la tanatología, la pulverización nuclear es una prueba de que el extremo del biopoder es un lugar donde ya no quedan cuerpos.

¿Cómo pudo, entonces, sugerirse siquiera que bombardear Hiroshima y Nagasaki había sido lo correcto? ¿Cómo pudo Robert McNamara, quien durante la Segunda Guerra estuvo a cargo de la planificación de los bombardeos incendiarios que devastaron Japón, declarar que “en opinión de algunos, matar del cincuenta por ciento al noventa por ciento de la gente de sesenta y siete ciudades japonesas y luego echarles dos bombas atómicas no era proporcional a nuestros objetivos”? ¿Con qué criterio se pregunta McNamara –según se ve en The Fog of War, el impresionante documental de Errol Morris–, si “había una regla que dijese que no debes bombardear, matar, quemar a cien mil civiles en una noche”? Algo que dice refiriéndose a la madrugada del 10 de marzo de 1945, cuando supervisó la operación que arrojó mil setecientas toneladas de napalm sobre Tokio, en el bombardeo no nuclear más destructivo de la historia.

Un cinismo parecido se advierte en Theodore van Kirk, el último tripulante del Enola Gay, quien el día en que se conmemoraban los sesenta y cinco años de Hiroshima dijo que “volvería a tirar la bomba atómica si se dieran las mismas circunstancias”. Lo que no aclaró es si la arrojaría en el ground zero de antaño. Esta expresión, propia de la terminología militar, tuvo su origen en el Proyecto Manhattan, en cuyo seno se desarrolló la primera bomba atómica. El Strategic Bombing Survey, organismo de inspección creado para estudiar el impacto de los ataques nucleares en territorio japonés, definió ground zero como “el lugar del suelo que está directamente debajo del punto de detonación” de una bomba. Así pues, Hiroshima tiene su ground zero donde alguna vez estuvo el Hospital Shima, mientras que en el sitio del impacto en Nagasaki hoy se emplaza un monumento.

Es por lo menos intrigante, entonces, que se haya llamado Ground Zero al lugar del desastre de las Torres Gemelas. Hubo medios norteamericanos que empezaron a usar este nombre el 11 de septiembre de 2001, horas después del colapso de las torres. Si bien en ocasiones se lo emplea en referencia a terremotos o desastres que tienen un epicentro geográfico o conceptual, aquí parecería expresar subliminalmente, además del parecido que puede haber entre la forma en que cayeron las torres y la imagen de un hongo atómico, una parte de todo lo que dijo la administración Bush para reavivar el fantasma nuclear entre los estadounidenses.

Un editorial del New York Times del 8 de septiembre de 2002, en el cual se aseguraba que los más altos funcionarios del gobierno estaban “alarmados” por el “intento de Irak de procurarse armas nucleares”, remataba diciendo: “La primera señal de una ‘prueba fehaciente’, sostuvieron, podría ser una nube con forma de hongo atómico”. Miedo que el gobierno atizó reiteradamente en aquellos años, y sobre el que la serie de tv 24 fantaseó en un capítulo de 2007, en el que un hongo nuclear se elevaba sobre los suburbios de Los Ángeles, luego de que una red de terroristas árabes detonara ojivas nucleares que llevaban ocultas en una maleta.

El miedo como herramienta de disciplinamiento social fue tan importante como los usos políticos de la victimización después del 11/9. Es significativo que Jacques Derrida lo compare con un proceso autoinmune, “ese extraño comportamiento del ser vivo que, de manera casi suicida, se aplica a destruir ‘él mismo’ sus propias protecciones”. “Más que en la destrucción de las Torres Gemelas o el ataque al Pentágono”, afirma Derrida, “más que en el asesinato de miles de personas, el verdadero ‘terror’ consistió (y comenzó efectivamente) en exponer, en explotar, en haber expuesto y explotado su imagen por parte del propio objetivo del terror. Este objetivo (digamos que son los Estados Unidos y todo lo que se una o se alíe a ellos en el mundo, lo cual prácticamente no tiene límites) estaba él mismo interesado (tenía el mismo interés, el cual, por consiguiente, comparte con su enemigo mortal) en exponer su vulnerabilidad, en darle toda la resonancia posible a la agresión contra la que quiere protegerse. Se trata otra vez de la misma perversión autoinmune”. Por supuesto, Derrida no pasa por alto que los Estados Unidos habían preparado el terreno y consolidado las fuerzas del “adversario” al formar gente como Osama Bin Laden y al crear situaciones político-militares favorables a su surgimiento (como la alianza con Arabia Saudita y otros países árabes musulmanes en su guerra contra la URSS en Afganistán, entre 1979 y 1989). Recelos y prevenciones que se vieron multiplicados en los distintos libros y documentales que han cuestionado, en los últimos años, la versión oficial del “11 de septiembre”.

Ya se trate de los documentales Loose Change. Final Cut (2006), dirigido por Dylan Avery, en el que se denuncia la participación del gobierno de los Estados Unidos en los atentados; 9/11: Press for Truth (2006), dirigido por Ray Nowosielski, que recoge el testimonio de familiares de víctimas del World Trade Center y describe las irregularidades que hubo en la investigación de los ataques; o 9/11: Blueprint for Truth. The Architecture of Destruction (2008), donde el arquitecto Richard Gage analiza pormenorizadamente el colapso de las torres, lo que queda claro es que en los Estados Unidos hay una corriente revisionista (mayormente ignorada por los medios y tildada de “conspiracionista” por quienes buscan desacreditarla), según la cual el 11/9 habría sido un “autoatentado”. En el centro de las denuncias está la explicación oficial suscripta por The 9/11 Commission Report de que el derrumbe de las Torres Gemelas se debió a un colapso gravitacional a causa del fuego producido por los aviones. En contraposición, se alega que hubo explosiones antes y durante los colapsos, referidas por numerosos testigos y filmadas a distancia; que ambas torres cayeron de la misma manera y en apenas segundos, lo que abona la hipótesis de una demolición controlada; que entre los escombros casi no se hallaran restos de sus columnas de acero (pero sí abundante acero derretido) ni tampoco rastros de ADN de mil ciento cincuenta y una de las casi tres mil víctimas fatales (se especula que sus cuerpos fueron pulverizados, lo mismo que la mayor parte del hormigón de ambos edificios). A su vez, se pone en evidencia el colapso inexplicable del edificio 7 del World Trade Center, pocas horas después de que cayeran las torres; las fallas de la defensa militar en detener a los cuatro aviones secuestrados y lo increíble que resulta que hasta el día de hoy nadie haya sido enjuiciado por estos crímenes horrendos.

Con la muerte de Bin Laden las suspicacias aumentaron. Dado el antecedente de las mentiras esgrimidas para invadir Irak en 2003, ¿cómo no iba a dudarse de una ejecución de la que no se mostró ni una sola prueba? Las fotos de Bin Laden muerto estarían hechas para probar aquello que para el gobierno de los Estados Unidos no necesita ser probado. Se trata de imágenes en cuarentena, sustraídas del ojo público temporal o definitivamente (no podemos saberlo) bajo el pretexto de que “son truculentas”. Como dijo el presidente Barack Obama: “Son una serie de imágenes muy gráficas que no queremos que instiguen a la violencia o sean usadas como propaganda”. Pero ¿de qué clase de iconografía podrían formar parte? ¿Acaso los guerrilleros revolucionarios se sintieron instigados por la foto del Che Guevara muerto?

Lo que aquí está en juego es la economía de la credibilidad, algo que compromete a los medios masivos. Boris Groys ha desarrollado una teoría muy interesante al respecto, uno de cuyos conceptos clave es el de sospecha agravada, el cual se ampara en “la posibilidad de que algo que no puede ser investigado se oculte detrás de las cosas”. ¿Y qué papel juegan los medios en esto? No podemos ver con nuestros propios ojos aquello sobre lo cual los medios informan. Sólo vemos lo que muestran. Por eso nuestra relación original con ellos está caracterizada por la sospecha de una manipulación secreta. “Comenzamos a confiar en los medios –sostiene Groys– sólo cuando confirman esta sospecha, y quizá cuando la superan: cuando motu proprio se presentan como autocríticos, cuando se denuncian a sí mismos.” De allí lo innecesario de mostrar el cadáver de Bin Laden: creemos en su muerte conforme creemos en las dudas que los medios masivos expusieron sobre (las dudas de) la versión oficial sobre lo ocurrido en Abbottabad.

Es obvio que la ejecución anuló la posibilidad de someter a Bin Laden a juicio. Después de todo, ¿para qué iban a juzgarlo? ¿Para darle la oportunidad de repetir lo que ya había dicho en diversos escritos y entrevistas, que el mayor terrorismo es el que ejercen los occidentales? ¿Para que volviera a afirmar que los Estados Unidos no tuvieron reparos en matar a miles de civiles en sus agresiones contra Palestina, el Líbano, Afganistán e Irak, como no los habían tenido en masacrar a los habitantes de Hiroshima y Nagasaki? ¿Para oírlo quejarse de que Israel posee un gran arsenal nuclear y reivindicar el derecho de los países musulmanes a obtener este tipo de armas? ¿Para escucharlo sentenciar que los atentados del 11/9 fueron una “retribución divina” y que el mundo está dividido “entre la fe y el descreimiento”?

Con Bin Laden muerto hay un criminal menos en el mundo. Su manera de pensar –la alegación religiosa que estaba en el corazón de la violencia que alentaba– no podía abrir ningún futuro. Tiene razón Derrida cuando dice: “Hay que ayudar a lo que se llama Islam y a lo que se llama ‘árabe’ a liberarse de estos dogmatismos violentos”. Pero ¿y los Estados Unidos? ¿Y el “frente” sin frente de esta “guerra” sin guerra en la que se han embarcado? Pensar que la muerte de un hombre podría poner fin a una guerra que parece haber sido creada para no terminar nunca es una ingenuidad supina. Es inevitable preguntarse qué se terminó con la muerte de Bin Laden. ¿Se clausuró una parte del archivo histórico del 11/9? ¿Fue el final de un capítulo de la historia, o apenas el cierre de un expediente? ¿Y por qué se insiste en ver su ejecución en el marco de la “Guerra contra el Terror”, cuando en realidad todo es consecuencia del “11 de Septiembre”? ¿No vivimos aún bajo la onda expansiva de este crimen siniestro? ¿No se siguen cayendo las Torres Gemelas?

 

Imágenes [en la edición impresa]. Anish Kapoor, Shooting into the Corner (2008-2009), detalle.

Lecturas. El documental Núremberg: su lección para hoy fue exhibido en Fundación Proa en abril de 2011, en el marco del Festival de Cine Independiente de Buenos Aires. Entre las lecturas que merecen ser mencionadas: Richard Overy, Interrogatorios. El Tercer Reich en el banquillo (Barcelona, Tusquets, 2003); Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal (Barcelona, Lumen, 2000); Rony Brauman y Eyal Sivan, Elogio de la desobediencia. Guión de la película Un especialista: el juicio de Eichmann en Jerusalén (Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2000); Viviane Forrester, El crimen occidental (Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2008); Danilo Zolo, La justicia de los vencedores. De Núremberg a Bagdad (Buenos Aires, Edhasa, 2007); Günther Anders, El piloto de Hiroshima (Buenos Aires, Paidós, 2010); Giovanna Borradori, La filosofía en una época de terror. Diálogos con Jürgen Habermas y Jacques Derrida (Buenos Aires, Taurus, 2004); Boris Groys, Política de la inmortalidad (Buenos Aires, Katz, 2008). Para una visión global del pensamiento de Osama Bin Laden, véase: Bruce Lawrence (ed.), Mensajes al mundo. Los manifiestos de Osama Bin Laden (Madrid, Verso, 2005).

 

1 Sep, 2011
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    En la duermevela pienso en Kirchner

    Marcelo Cohen
    1 Sep

    Diferentes sólo según sean de izquierda o derecha, gran parte de los análisis del gobierno de Kirchner son desabridas listas paralelas de aciertos y defectos. La asfixiante...

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