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Al límite

Thomas Pynchon

OTRAS LITERATURAS

No deja de sorprenderme la cantidad de gente que ignora que Thomas Pynchon es nuestro mejor escritor vivo y lo ha sido por muchos años. Un breve sondeo de las críticas en inglés de su última novela, Al límite, sugiere que esa desafortunada ignorancia se debe en parte a una falta de comprensión de lo que, en una de las mejores críticas recientes, el escritor Michael Chabon describe como su “profound and abiding goofiness” (profunda y perdurable bobería).

Puede que a muchos lectores les sea difícil creer, por ejemplo, que un libro en que figura un desayuno épico de bananas pueda ser una épica importante por derecho propio. No voy a entrar en una defensa de la bobería literaria (basta enumerar algunos de los escritores más goofy de la historia: Cervantes, Shakespeare, Joyce, etc.), pero sí vale la pena apuntar que en la obra de Pynchon siempre hay un contrapunto de tragedia y violencia, y que las pesadillas de la historia nunca están lejos. De hecho, gran parte de la energía de su escritura procede de esas regiones oscuras y del miedo y la paranoia que engendran. Si sus novelas son el baile de un bufón trastornado, la pista de baile es un valle de lágrimas. Dicho lo cual, hay que reconocer que Pynchon suele presentar estas tragedias con una distancia más o menos objetiva, o por lo menos resignada.

En Al límite, el tono ha cambiado un poco o, mejor dicho, se ha desdoblado. El libro está ambientado en los meses previos y siguientes a la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York, y la protagonista es Maxine Tarnow, una contadora forense especializada en fraude. En esencia, es una detective privada enfocada en los números (aunque tiene un arma y sabe usarla). Maxine es también madre de dos hijos y está separada, pero aún enamorada, de su ex Horst, un corredor de bolsa con el lucrativo don de anticipar los movimientos del mercado. Se trata de una familia nuclear, una familia quizás un poco rara pero más o menos funcional; territorio inusual para Pynchon, y más inusual todavía por cuanto la funcionalidad se mantiene durante toda la novela.

No es la única elección inusual: normalmente Pynchon no elige temas tan transitados; su universo tiende a ser erudito y ecléctico, con un trasfondo global. Si el derrumbe de las Torres Gemelas, sus violentas consecuencias y las paranoias y teorías conspirativas asociadas parecen sacadas de un libro que el autor podría haber escrito en los setenta, ni siquiera Pynchon puede agregar demasiado a esta altura. Pero he ahí el desdoblamiento que mencionaba antes. Al límite tiene dos registros; en el primero es un policial de formato casi clásico: una detective se enfrenta con un caso que parece fácil de resolver pero pronto se vuelve complicado y peligroso. Un viejo conocido de Maxine le pide investigar una compañía llamada hashslingerz, y tras cartón nos embarcamos en una aventura poblada por hackers y programadores de todo tipo, refugiados del colapso de la primera dot com bubble, un siniestro multimillonario, agentes secretos de una atracción sexual bizarra pero poderosa, mafias de distintos países, la Muerte, experimentos militares con niños, la “Deep Web” —la parte de Internet que no figura en los índices de los buscadores convencionales— y otras joyas del playbook carnavalesco del autor. El segundo registro relata el trauma de una ciudad cuando un grupo de fanáticos religiosos secuestran dos aviones comerciales y los estrellan contra uno de sus edificios más icónicos.

Los dos registros desbordan de referencias a la cultura pop y a la historia mundial, de chistes, bromas y retruécanos y de la acrobacia lingüística a la que Pynchon nos tiene acostumbrados. Pero mientras que el primero parece vital y contemporáneo, lleno de energía e indignación moral, el segundo es más nostálgico, tierno y triste; más personal. El primero es mucho más extenso y está mejor logrado que el segundo. Pero ¿cómo podría ser de otra manera? Uno es pynchoniano, el otro es de Thomas Pynchon. El primero mira al futuro —nuestro presente—, prefigurando la crisis económica, la era del espionaje a la Snowden y las batallas actuales por el control de Internet; el segundo mira hacia atrás, casi entrando en terreno de Woody Allen o Joseph O’Neill. Al fin y al cabo, Pynchon es neoyorkino y acaso sintiera la obligación de mostrarlo en su literatura. Inevitablemente, los dos registros no siempre son compatibles y la calidad sufre los consiguientes altibajos, pero hay bastante de lo bueno para satisfacer a los seguidores diligentes y quizás hasta para convertir a algún escéptico.

 

Thomas Pynchon, Al límite, traducción de Vicente Campos, Tusquets, 2014, 496 págs. 

11 Dic, 2014
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