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Sobregirado, ningún género está libre de la autoparodia. Si se los extrema, si se los retuerce, los elementos que lo constituyen ofrecen una imagen desquiciada que puede expandir la forma o remarcar sus límites. En el caso de la ciencia ficción, en los años sesenta surgieron novelas que rompieron con la rigidez previa e intensificaron los horizontes de subversión, violencia y —en ocasiones— nihilismo que el biotipo literario estaba dispuesto a tolerar dentro de sí. Desde Anthony Burgess y el J.G. Ballard más impenitente hasta los desatados Philip Dick, William Gibson, Octavia E. Butler, Margaret Atwood y Jack Womack —todos autores de las décadas siguientes—, la scifi fue aguzándose y recrudeciéndose, mostrando otros pertrechos que aquellos asociados a la idea ingenua del progreso infinito y la expansión a las estrellas.
Integrante subsidiario de la camada inicial de renovadores, Philip José Farmer fue también uno de los primeros en introducir cócteles desconcertantes de sexo y religión en sus escenarios de porvenir. La anécdota de Carne, su segunda novela, publicada en 1960, es un compendio de la irreverencia que caracterizó buena parte de su producción. Una premisa jactanciosamente clase B, que no rehúye los tropos: más bien los abulta y los enloquece.
Una nave espacial retorna tras ochocientos años de exploración y su tripulación despierta del hipersueño para encontrarse con una Tierra muy diferente a la abandonada en primer lugar. El cataclismo que casi extinguió a la especie humana la conminó a una nueva relación con el medio ambiente, mucho más deferente con la naturaleza y organizada alrededor de credos tan sensuales como feroces. Justo cuando la nave aterriza, se está inaugurando la celebración epicúrea del Héroe Solar. El elegido predecible para ocupar el centro en la ceremonia es el capitán de la nave, a quien le incrustan en las sienes unas astas artificiales, parecidas a las de los alces —el animal fetiche de la sociedad posapocalíptica—, que le conceden fuerza y virilidad descomunales. Durante meses, escoltando el itinerario del astro por el cénit y dejándose vapulear por las matriarcas que regulan la vida comunitaria, el capitán Stagg —el apellido pronuncia los lazos cérvidos— debe visitar los pueblos del país, fragmento esteño de los antiguos Estados Unidos, y fecundar a cientos de vírgenes en rigurosas bacanales de una noche. Al final del recorrido lo espera una muerte también ritual y predecible: acá y allá, antes o después, la defunción es un crédito a cuenta del próximo renacimiento. El carnaval vive, muere, vive. Stagg quiere huir, pero está preso de la pulsión de las astas. Es un esclavo de la tribu del venado y de su propio deseo.
Hasta ahí el racconto: el resto de Carne es pura peripecia acelerada, y tal vez ahí resida su margen de diferenciación. Farmer hace del trazo grueso una línea escabrosa, donde los héroes resbalan entre la lascivia y el existencialismo. Casi sin querer, las escenas sangrientas derivan en comedia bufa, a medio camino entre el pulp y el slapstick. Hay luchas desesperadas con cinturones de castidad, desmadrados partidos de béisbol futurista, doncellas que sacralizan sus instintos con monólogos que solo podría haber escrito un hombre. Al momento de la publicación original, en un contexto de relativa indiferencia —Farmer era todavía un escritor emergente—, los críticos se preguntaban cuánto había en Carne de exposición meramente lúbrica, cuánto de búsqueda del shock, cuánto de profundidad auténtica. Más allá del resultado, sobre el que cada lector tendrá su decir, una respuesta posible quizás sea el exceso sin remilgos, la demasía que agujerea la narración para que se filtren nuevas gestualidades.
Philip José Farmer, Carne, traducción de Luis Jorge Boone, Fondo de Cultura Económica, 2025, 259 págs.
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