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En un párrafo al comienzo de Ser y tiempo, Heidegger señala que el ser del hombre “no quedará nunca definido ontológicamente si se empieza a considerarlo como vida (no definida ontológicamente, por su parte), y como algo más encima”. Tal vez no sea inapropiado ver el programa que Giorgio Agamben ha ido desarrollando desde Homo sacer en adelante como el minucioso desglose de las implicancias de aquella advertencia en una época ya signada por el dominio de la biopolítica. La época en que la reducción del hombre a mera vida biológica (a nuda vida) es un hecho consumado constituye, según Agamben, el umbral posthistórico en el cual la cultura occidental pareciera haber quedado atascada. La concepción de lo humano como una unidad corpóreo-anímica-espiritual, delineada por la filosofía griega y consolidada más tarde por la cosmovisión medieval y la metafísica moderna europea, habría llegado a su fin. Ello significa: desprovista de toda cualificación específica (salvo la que le venga otorgada por algún dispositivo científico-tecnológico), la vida humana adquiere ahora la mera forma de lo viviente.
Agamben es posiblemente el último gran exponente de esa tradición del pensamiento europeo que conjuga un conocimiento exhaustivo de los textos filosóficos con la erudición filológica y el trato directo con las fuentes. Sus desarrollos muchas veces pueden resultar áridos por la meticulosidad y el escrúpulo con que avanza en sus argumentaciones, pegados al étimo o la palabra de la que proviene un concepto, atentos a la forma lingüística con que fue precisado por vez primera. Por momentos, uno puede incluso olvidar que a quien se está leyendo es a uno de los más eximios pensadores contemporáneos y sentir que está frente a las anotaciones de un docto monje medieval que va dejando en los márgenes sus comentarios mientras se ocupa de la transliteración de un texto aristotélico o de una disquisición teológica acerca del sexo de los ángeles. Sin embargo, de pronto la lectura adquiere un punto de luminosidad intensa, un fulgor que la devuelve a las cuestiones más sensibles del presente con la velocidad y la fuerza de un rayo. Pareciera incluso que esa escena de escritura tuviese el sentido de una preparación o una puesta en escena del filósofo para hacer ver mejor que seguimos pensando sobre lo no pensado; que aquella indagación sobre el ser surgida hace miles de años, fundamento de un pensar sobre el pensar, no ha sido en verdad superada ni es factible decretar algo así como su muerte. Aquellas cuestiones permanecen y nos conciernen como problemas, señalan los libros de Agamben allí donde se los abra. El erudito que mantiene el tono propio de un especialista en un claustro es el pensador capaz de intervenir activamente en el debate público, como lo hiciera durante la pandemia del covid-19 en relación con las políticas de confinamiento, con posiciones que generaron polémica y, en muchos casos, desaprobación.
En La voz humana, Agamben vuelve sobre las cuestiones que lo suelen convocar (el lenguaje, el animal y lo humano, el conocimiento como apertura del mundo) y sobre “el problema metafísico del acuerdo entre la mente y el mundo” a través del análisis del estatuto de la voz. El problema de la articulación del lenguaje es recorrido minuciosamente, según los direccionamientos que les diera Émile Benveniste, para intentar establecer ese punto ciego de la gramática debajo del cual no es posible explicar cómo lo significante se vuelve inteligible. ¿Qué es “lo que está en la voz”? ¿Cómo sucede el paso de una unidad mínima de significado (que es abstracta) a la significación propiamente dicha (que es concreta)? Es decir: ¿cómo pasamos de la lengua al discurso? No es tan fácil superar la metafísica, parece decir Agamben. En todo caso, es necesario seguir delimitando el sitio en que ella todavía ocurre, o donde tiene lugar incluso como no lugar. Derrida creyó encontrarlo en la supremacía de la voz como presencia en la filosofía griega por sobre la escritura como un signo subsidiario que la difiere. Sin embargo, lo que distingue “la voz confusa” de los animales “como el relincho de los caballos, el aullido rabioso de los perros, el silbido de las serpientes, de la voz articulada de los hombres” es el hecho de que la voz pueda escribirse. La crítica derrideana a la metafísica se basa en una lectura inadecuada de Aristóteles, señala Agamben. “La metafísica ya es, en este sentido, desde siempre una gramatología y esta gramatología tiene la estructura de un fundamento negativo, por cuanto el lógos no tiene lugar en la voz; sino en el no-lugar de ella, es decir, en el grámma. Reivindicar la primacía del grámma y de la escritura sobre la voz significa no superar, sino repetir la misma estructura metafísica originaria”. La deconstrucción derridiana no haría entonces más que “repetir la secreta estructura negativa de la metafísica”. Para Agamben, la articulación entre phoné y grámma, entre voz y lenguaje, entre viviente y hablante, entre humano e inhumano, no es un hecho ocurrido en un pasado prehistórico, sino “una operación histórica permanentemente en acto” que no puede ser alcanzada bajo la forma de un cierre: “El hombre nunca deja de devenir humano y de seguir siendo animal e inhumano”. Esa operación es para el autor eminentemente política: decidir qué es humano y qué no “en cada ocasión”. La lengua permanece así atrapada “en un inagotable proceso de transformación, de muerte y renacimiento, que seguirá siendo tal más allá de cualquier intento de fijarla para siempre en una gramática”. Aunque Agamben no lo diga de manera explícita, tal vez ese “más allá de cualquier intento” sea el lugar mismo de la metafísica.
Giorgio Agamben, La voz humana, traducción de Rodrigo Molina-Zavalía, Adriana Hidalgo editora, 2026, 130 págs.
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