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De Frank Richard Stockton sabemos lo mismo que de cualquier otro oscuro narrador decimonónico: que vivió unos cuantos años, que escribió unos cuantos libros y que en la actualidad su obra subsiste a cuentagotas, como un corazón que late cada vez más despacio, gracias a rescates ocasionales y dispersos. Lejos quedaron su nacimiento en Filadelfia, las mudanzas continuas, el oficio de tallador que lo ocupó por un tiempo —su padre, afamado ministro metodista, le negó recursos para desalentar su vocación literaria—, la aparición errática de relatos en diarios y revistas de la época, el reconocimiento tardío y la muerte por hemorragia cerebral en 1902, cuando la posmodernidad ni siquiera existía como término y la metaliteratura estaba aún a décadas de consolidar una fuerza programática.
Más de cien años después, El príncipe flotante y otros cuentos de hadas trae al español un recorte del cuerpo alocado que Stockton fue construyendo con la inevitabilidad de quien trastoca un género porque no puede concebir hacerlo de otro modo. Hoy hablamos del fantasy y sus cruces; a mediados y finales del siglo XIX, Stockton simplemente estaba moviendo elementos de lugar, hermanando tramas de una alforja con tonos de otra, corriendo sin suntuosidad los límites de un juego con reglas en rigor inexistentes. La persecución era humorística y el humor venía del eco diluido que la realidad exterior llegaba a filtrar dentro de sus mundos de hadas, magos y colosos de proporción voluble. En estos cuentos los gigantes estándar tercian con enanos gigantes y gigantes enanos —estos dos últimos tan altos como un hombre promedio—, sugerencia pérfida de que, incluso en tierras donde la fantasía señorea, la humanidad retiene su posición como oblicua unidad de medida.
El relato que inaugura la colección ya postula la necesidad de extraer de la quimera un material más o menos organizable. Un príncipe joven es expulsado de su reino de origen con la misión de granjearse un nuevo dominio con todo lo necesario: territorio, ejército, corte y plebe. Las incorporaciones que va haciendo en el camino encabalgan su propia alegoría. De consejera funge una ninfa que le susurra al oído, de comandante un titán con garrote, de aristócratas un montón de niños decomisados de una escuela. El sinsentido se divulga con coherencia y los cuentos que continúan al del monarca en gestación defienden esa premisa indudable, entre burlona y racional, con espesor autoconsciente. Si sus criaturas sufren necesidades, Stockton las intima al comercio y las alianzas, únicos desencadenantes de finales felices. En el medio hay involucrados osos transportistas, ciudades que funcionan a cuerda, piratas en rehabilitación, gnomos numerados, campesinas que educan a futuros regentes sin más instrucción que la que provee el sentido común, y todos ellos se acompañan de avideces, crueldades, belicismos y entendimientos que deberán ser conjugados de alguna forma para que los universos donde acontecen encuentren su punto de homeostasis.
Y esto, a la larga, siempre ocurre. Stockton jamás renunció al deseo de ser leído por un público infantil de franjas porosas —acordes a la edad que cada lector trae en espíritu, no en la partida de nacimiento—, cometido que desde el vamos demanda aceptar que el esfuerzo creador no es exclusividad de la autoría. Los lectores también imaginan sin rigideces y deforman convenciones. No subestimarlos es lo más inmediato que consiguen estos cuentos; en ese solo gesto se almacena toda una prédica filosófica, el puntapié de la verdadera pedagogía.
Frank R. Stockton, El príncipe flotante y otros cuentos de hadas, traducción de Laura Estefanía, Interzona, 2025, 192 págs.
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