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George Oppen: poesía, ensayo y entrevistas

OTRAS LITERATURAS

“Objetivismo” –el término que en la década de 1920, siguiendo el imagismo de Pound y la carretilla roja de W.C. Williams, adoptaron Louis Zukofsky y Charles Reznikoff y que prosperó en una soberbia serie de poetas norteamericanos– tiene por lo menos dos significados. Uno es objetivar el poema, centrarse en darle forma. El otro es presentar el hecho o la cosa como imagen directa, sin “viscosidad emotiva”, omitiendo en lo posible la autoridad de la voz. El objetivismo es un anhelo de veracidad; su problema constante es el espesor del lenguaje, “la impiedad de las palabras”. George Oppen (Nueva York, 1908-California,1984; nómada, militante comunista, soldado en la Segunda Guerra, carpintero, agricultor, poeta) dedicó la vida a esclarecer qué estaba diciendo cuando decía realidad. Lo hizo tan en serio que después de su primer libro estuvo veinticinco años sin publicar porque, en su resumen, “no tenía la experiencia necesaria para escribir sobre cualquier cosa”. Pero esto, que lo sumó a la saga de los poetas legendarios, importa menos que su poética singular. Oppen nunca resolvió el problema; intentó licuarlo. Lo que vemos existe, dijo; no podemos conocerlo pero podemos hacer contacto, y celebrarlo. Así que apeló a la función visual del lenguaje, sede de la vida social. Creía que la percepción activa engendra lo real en su integridad incognoscible y su conocida situación local. Y si mencionaba la roca, “el hecho mineral” desmedido que se extiende bajo el rascacielos evidente, pensaba que había una sinceridad posible si uno se avenía a “no manejar mil hilos a la vez”; si enfocaba “una sola cosa”, en su lugar y en la historia: “El obrero en la viga / aprendió a no mirar el suelo, y hace su trabajo”. La manipulación de la materia que da origen a una cultura pero deja lo real como resto enorme, ignoto: eso fue lo que se propuso emular con una cuidadosa sintaxis de la veracidad y la dispersión de los versos, tanto en bien de la claridad como para crear el paisaje. La cumbre de esta poesía política es De ser muchos (1968), un libro sobre el malestar fecundo de vivir en multitudes (“Obsesionados, confundidos // Por el naufragio / de lo singular // Hemos escogido el significado / de ser muchos), en que imágenes muy enfocadas (“Tu codo en el borde del auto / incógnito como el verano”) se alternan con chispazos reflexivos (“Realidad, ojo ciego / que nos ha enseñado a mirar”) sobre vastos espacios en blanco. La página de Oppen es una superficie indiferente, generadora, donde las rachas del pensamiento coinciden a veces con puntos de lo real y esbozan sistemas en un lenguaje de majestuosa sobriedad. Considerando el valor del objetivismo para la poesía latinoamericana desde hace décadas, esta edición plena de materiales es una noticia bomba. La traducción de Kurt Folch abunda en hallazgos; no le faltan tropiezos con la trizada sintaxis de Oppen, pero no le hace mella. Mallarmé quería elevar la página a la categoría de cielo estrellado. Los poemas de Oppen son cielos incoloros donde despuntan esquinas, fábricas, “el ego vacuo / replegándose del pesado aire de la guerra”, una mujer con bolsas de mercado en un umbral, rocas, pinares, “una ciudad de corporaciones”, el rumor y los estruendos de la vida humana, y Folch les hace justicia.

 

George Oppen: poesía, ensayo y entrevistas, selección y traducción de Kurt Folch, Ediciones Universidad Diego Portales, 2012, 317 págs.

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