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La ira de los ángeles

John Connolly

OTRAS LITERATURAS

Como en Lovecraft y en Sheridan Le Fanu, la literatura de John Connolly reafirma el despliegue horroroso y cósmico de una tradición sagrada. Bosques embrujados, pueblos quietos, ciudades reconocibles a las que una estilización precisa consigue volver ligeramente anónimas y siniestras son, una vez más, los escenarios para la prolongación de una épica fantástica. La novedad de esta entrega de la saga de Charlie Parker es una comunión casi perfecta entre el soplo de una naturaleza encantada, mágica, y el movimiento sigiloso de ejércitos de hombres venidos de otro mundo que se preparan para un enfrentamiento de proporciones todavía incalculables. Hay algo muy “irlandés” —dicho esto en un estricto y honroso sentido literario— en la forma que tiene Connolly de tejer una gramática exquisitamente poética y asomarse a los modos en que el orden indescifrable de esa naturaleza antes mencionada se acomoda a la escala microscópica de la destrucción humana. Ahí respiran Yeats y Burke, podría decirse que a la luz de Chandler y Ross Macdonald si el género noir no estuviera en Connolly abierto a rituales que sobrepasan de una manera inusual los a esta altura agotadísimos modelos clásicos. Detectives privados, asesinos seriales y a sueldo, abogados torcidos y gangsters de todas las clases parecen aquí guerreros medievales sembrando la destrucción, la desolación y la muerte. Y si Charlie Parker viene muriendo —y renaciendo— de a poco desde el inicio del ciclo, los apóstoles espantosos que lo rodean parecen guías y a la vez testigos espirituales del relato de esa muerte, centinelas espectrales de una única superstición hecha de magia y violencia. Hay una fuerte moralidad en la narrativa de Connolly, pero en cualquier caso se trata de una moralidad del concepto estético que, al medirse con hechos de origen monstruoso, exige necesariamente una respuesta emocional. En La ira de los ángeles, Charlie Parker inicia la búsqueda de un avión estrellado y desaparecido en la profundidad de los bosques de Maine, un artefacto que ha despertado el interés y la codicia del habitual séquito de criaturas más o menos demoníacas con la que el detective suele cruzarse. Lo que aquí llama la atención es que algunas lagunas en la construcción argumental están impresionantemente disimuladas por la sabia fragmentación del punto de vista y el arsenal de recursos expresivos que Connolly ya domina como pocos de sus contemporáneos en lo que a literatura de género se refiere, e incluso yendo un poco más allá. Para decirlo de otra manera: al inicio de la novela se describe una cacería de ciervos con un nivel de sensibilidad tal que más de un párrafo podría perfectamente llevar la firma de un, digamos, Cormac McCarthy. Es a través de esta magnifica capacidad para describir la simbiosis entre víctimas y verdugos, para proponer una mitología personal allí donde la sustancia pervertida de los hechos reales requiere elegancia y no crudeza, como Connolly está renovando los temas de la culpa y la redención —tradición cara a la mejor literatura de terror—, recortándolos sobre una trama fantástica que es siempre una textura y nunca una mera superficie.

 

John Connolly, La ira de los ángeles, traducción de Carlos Milla Soler, Tusquets, 2014, 428 págs.

16 Oct, 2014
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