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Lionel Asbo

Martin Amis

OTRAS LITERATURAS

Martin Amis nunca será un escritor deslumbrante. Nadie espera encontrar en sus obras la chispa de David Lodge, ni el pulso cimbreante o la picardía verbal de Anthony Burgess. Cruzando el Atlántico, para seguir en lengua inglesa, tampoco es dable esperar en Amis los fuegos de artificio de Thomas Pynchon o David Foster Wallace. Sin embargo, es imprescindible reconocer en él un escritor íntegro, alguien que, a lo largo de todo su libro, va a seguir investigando lo mismo que ha propuesto en las primeras líneas: un perro con su hueso inclaudicable. Esta integridad, que se advierte en sus novelas más celebradas, como Campos de Londres (1989) o La información (1995), comparece también en sus narraciones breves, como la indagatoria de un suicidio en Tren nocturno (1997), o en sus prosas ensayísticas, como el antiestalinista Koba el terrible (2002), y también en esta, su última novela, Lionel Asbo. El estado de Inglaterra (2012).

En la antigüedad, los ejercicios de retórica derivaron en la novela alejandrina (por ejemplo, alguna de Luciano de Samosata), y en Amis se trata de investigaciones para las cuales pone al servicio, muy a menudo, a una antagónica pareja de personajes (G. Riding y T. Service en Éxito, M. Amis y M. Twain en Dinero, o R. Tull y G. Barry en La información), cosa que repite aquí con Desmond Pepperdine, un mulato crecido en un sórdido suburbio inglés con “la tasa de fertilidad de Malawi y la expectativa de vida de Djibouti”, junto con una abuela con quien ha sostenido un furtivo romance y la tutela de su tío antisocial, el cobrador de deudas Lionel Asbo, un abonado a presidio que, llegado el día, ganará una fortuna de magnate en una lotería a la que ni siquiera había jugado. La exploración, aquí, es qué pasa cuando a un lumpen irredimible la fortuna le llueve millones y lo convierte en perpetuo titular de tabloide, en una sociedad que, como la inglesa de hoy, sólo sabe alimentarse de tabloides. Este es el ejercicio y en ese escenario se moverán Pepperdine, entusiasta del estudio, y su mentor Asbo, adalid de la ignorancia, hasta que se precipite un desenlace.

La investigación se sostiene en un suspenso algo artificioso, gatillado por la pregunta, que se repite en epígrafe en cada capítulo del libro, “quién ha dejado entrar los perros, ah, quién”, suspenso que se vuelve macabro a medida que avanza el relato, ya que Asbo, quien enfurece a sus perros con raciones de cerveza y salsa tabasco, insiste en arrimarlos a una bebé. Se ha anotado (por ejemplo, lo ha hecho The Guardian) que este epígrafe responde al riff de “Who Let the Dogs Out?”, la canción de Baha Men, aunque esto tal vez sea lectura incompleta, ya que convendría leerlo contra la romántica “Canción del otoño” de John Keats (“quién cantará la canción del otoño, ah, quién”). Amis ha producido este estado de Inglaterra como una suerte de testamento antibritánico, emitido desde Estados Unidos, donde se acaba de radicar; esa Inglaterra sostenida por tabloides y siliconas es también el imperio de una lengua plastificada, casi farfullante como la de Asbo. Se dijera que el novelista ha dejado la lengua de los británicos en la boca de un antisocial en espera de que alguien llegue y renueve el pacto del idioma, o renueve, como quería Mallarmé, las palabras de la tribu.

 

Martin Amis, Lionel Asbo. El estado de Inglaterra, traducción de Jesús Zulaika, Anagrama, 2014, 360 págs.

10 Abr, 2014
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