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Lo que podemos saber

Ian McEwan

OTRAS LITERATURAS

Ian McEwan lleva varias novelas indagando en la relación entre el presente y un pasado cercano siempre sujeto a versiones y revisiones. Después de Sábado —la obra por excelencia sobre lo contemporáneo (a 2005)—, ha dirigido una y otra vez la vista hacia un horizonte cronológico que se remonta a principios de los años sesenta, más o menos los tiempos de su adolescencia, y que permite ver como a contraluz las décadas posteriores. Los elementos autobiográficos no se echan en falta, pero McEwan casi nunca es su propio tema. Se diría que esa mirada en lontananza, especialmente aguda en obras como Operación dulce o Lecciones, le sirve para resaltar la silueta de toda una generación. 

En Lo que podemos saber, vuelve a preguntarse por la memoria compartida, el olvido o los recovecos en que se conservan los residuos de una cultura, aunque esta vez lo hace proponiendo un curioso bucle temporal. Para empezar, estamos en el futuro, más precisamente en 2119, en un mundo afectado por catástrofes medioambientales en el que Gran Bretaña se ha convertido en un archipiélago, Europa ya no existe como unión política y los servidores que conservan los precarios archivos de la humanidad se encuentran en África. No obstante, en ese mundo distópico sigue existiendo la conciencia histórica, y la novela especula sobre cómo se verá nuestro ahora una vez que haya desaparecido. 

El narrador es Thomas Metcalfe, un profesor de literatura (contra viento y marea, aún hay profesores de literatura) que se ha obsesionado con el poeta del siglo XX Francis Blundy y que persigue las huellas de un poema titulado "Una corona para Vivien". Se sabe que Blundy lo escribió para su esposa y lo leyó en una fiesta de cumpleaños de 2014, durante lo que la crítica llama "la segunda cena inmortal" (la primera reunió a Keats, Wordsworth y Lamb, nada menos); pero el texto se ha perdido, y nadie puede reconstruir bien su contenido. McEwan se divierte reuniendo documentos y testimonios ficticios: un mail en el que sobreviven dos palabras, un SMS con una tímida valoración, recuerdos contradictorios de los asistentes a la cena. Por su parte, Metcalfe apuntala esos fragmentos con vocación más biográfica que crítica. 

Como narrador-personaje, este investigador solitario guarda un aire de familia con Jeffrey Cartwright, aquel "biógrafo" de Edwin Mullhouse que presidía la novela homónima de Steven Millhauser, y más atrás con Charles Kinbote, el anotador que aseguraba conocer mejor que nadie al poeta John Shade en Pálido fuego. A diferencia de sus predecesores, sin embargo, McEwan no se deja llevar por la comedia de la locura y la distorsión, un reflejo que se ha convertido casi en tópico a la hora de representar a cualquier personaje empeñado en interpretar lo que sea. Por el contrario, le interesa el drama personal que acompaña la búsqueda del conocimiento, y esa inclinación, presente en otras obras suyas (véase Amor perdurable), aporta un contrapeso humanístico al juego textual. 

“La investigación histórica prolongada es un baile con desconocidos que he llegado a querer”, afirma Metcalfe, en una frase que resume tanto su manía como los riesgos que esta comporta. Así, por ejemplo, la pesquisa literaria no solo lo lleva por bibliotecas y archivos, sino que acaba contaminando su salud mental y su relación de pareja. A través de estas peripecias, McEwan ofrece el retrato convincente y hasta conmovedor de un tipo social recurrente en sus obras: el hombre de cierto talento, animado por anhelos legítimos pero caprichosamente insatisfechos, que tarda en comprender sus circunstancias. 

Por paradójico que parezca, la novela resulta menos convincente al imaginar la (futura) historia literaria. Siendo experto en el período "de 1990 a 2030", Metcalfe parece no tener noticias de voces actuales como Sally Rooney o Samantha Harvey; y, aunque no es imposible leer en ello una broma sobre la posteridad, tampoco sería improbable que el autor no conectase mucho con las generaciones que lo han sucedido. Súmensele las constantes referencias a James Fenton, Philip Larkin o Seamus Heaney, nombres de las figuras literarias que, según se sabe, le sirvieron de faro, y nos encontramos con preocupaciones estéticas de los años setenta y ochenta, es decir, de las décadas en las que el propio autor inició su carrera. Demasiado a menudo, Lo que podemos saber parece anclada en los debates estéticos del siglo pasado.

Con todo, sería mezquino sugerir que esta afinidad invalida el conjunto. Aun cuando McEwan se mueva en un territorio familiar, encuentra la manera de retratarlo con vigor. La prosa, esa típica mezcla suya de registro sensorial y exposición científica, es un placer de leer (y la traducción le hace honor). La trama sorprende en su justa medida, sin los efectos de autores menos avezados. Y hasta se diría que la narración suscribe una tesis de cariz eliotiano, a la que un novelista de casi ochenta años no puede ser ajeno: tarde o temprano, toda experiencia es historia; se cuenta la historia para recuperar la experiencia. 

 

Ian McEwan, Lo que podemos saber, traducción de Eduardo Iriarte, Anagrama, 2026, 384 págs. 

24 Sep, 2026
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