OTRAS LITERATURAS

De lo mucho que se ha escrito acerca de Pan (1894) —la dicotomía entre naturaleza y civilización, el influjo dostoievskiano, la estacionalidad de la pareja protagonista: el cortejo primaveral, la pasión del midsommar, la enemistad en otoño—, tal vez no se haya dicho suficiente sobre los rasgos posmodernos que componen a Thomas Glahn. Si el motor criminal de Smerdyakov eran los celos y el de Raskolnikov la confirmación de una grandilocuencia autodiseñada, en Glahn todo es bastante menos transparente. Sin monólogos, sin transiciones de comportamiento, el antihéroe predilecto del primer Hamsun reacciona por espasmos: arroja un zapato al mar, se dispara en un pie. Además de descobijada, de nórdica por exceso o torcedura, su impredecibilidad es también un disyuntor narrativo. Cada vez que Glahn hace algo inusitado, el lector recuerda que Pan está lejos de ser la típica novela decimonónica.

Joven teniente en vías de retiro, cazador de urogallos, idólatra de la vida a la intemperie, parroquiano brusco entre sus pares, seductor de “mirada animal”: los capítulos iniciales acumulan epítetos alrededor de un personaje que recién recibe su última puntada cuando aparece su contraparte femenina, la Edvarda intensa que le provee atracción y rechazo en un frenesí siempre ascendente. Entre ambos hay implícita una danza insoportable, de cuyo remolino los demás miembros del elenco brotan escarmentados por su potencia destructora. Aunque a la larga entre los dos nada permanece inmune, Glahn y Edvarda cargan por separado con sus propios triángulos: los vértices de uno son Eva y Henriette; los de otra, el doctor y el barón. Al pasado brumoso del teniente —por qué se dio a la vida salvaje nunca se aclara— se contrapone el presente burgués de su pretendida, que trae consigo las virtudes y los vicios de una existencia agraciada por bailes, excursiones en barcos y un desahogo sólo material. Sin embargo, por más descriptos y representados que estén, la fuerza que los imanta tanto como los repele es el único conducto nervioso que estimula la novela. Por esa misma fuerza Glahn —acá ya sin par, por más ardores que Edvarda reúna— estremece la trama de las formas más extravagantes, sin explicaciones de por medio ni ilación razonable entre un acto y el siguiente.

Símbolo del desenfreno fáunico, correlato del semidiós que ofrece fiestas secretas en la hondura del bosque, Glahn también inaugura el arco que dibujaría Hamsun durante décadas de producción continua. Si se compara la energía impenitente de Pan con la senectud dubitativa de Por senderos que la maleza oculta (1949) —su último libro, proyecto autoficcional con el que el Nobel noruego buscó rebatir las acusaciones de apoyo a la ocupación nazi—, es muy posible que la mirada de Hamsun acerca de la juventud se vuelva más irisada y compleja que lo que hace creer el derrotero completo del teniente. Pero eso ya sería parte de una lectura más amplia. Lo que tenemos en el interior estricto de este libro es el alimento uniforme que Pan nos da, una virulencia que acompañamos como el perro Esopo acompaña al protagonista a través de la espesura: con fidelidad, con una aceptación silenciosa de los riesgos asumidos.

 

Knut Hamsun, Pan, traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, Nórdica, 2024, 152 págs.

27 Nov, 2025
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