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Yo voy, tú vas, él va

Jenny Erpenbeck

OTRAS LITERATURAS

En su último libro, Jenny Erpenbeck, que es una escritora de la historia, ha aterrizado con toda fuerza en el presente. ¿Qué ve su mirada crítica y lastimada? En el ahora de Europa, la historia tiende sus tentáculos, pero como todavía es presente hay, por ende, algo para hacer. Yo voy, tú vas, él va cuenta el presente de Richard, un filólogo berlinés recién jubilado que, en sus meditaciones sobre su vida como final, ciego en sus problemas cotidianos, ve de pronto lo que pasa a su alrededor. Eso que pasa son unas personas reunidas en una plaza, que viven en carpa y se congelarán cuando llegue el invierno. Todos ellos, los “negros” de la Oranienplatz, irán adquiriendo nombre y fisonomía —se harán cada uno un destino— cuando Richard empiece a ver. El camino no es arduo, es casi natural. Hace falta algo de tiempo y no estar preocupado por la propia supervivencia. Así, el mal llamado “drama de los refugiados” determina, con cierta ingenuidad, la totalidad del libro. Muchos podrían ser como Richard aunque no lo vean.

Antes, Erpenbeck había publicado una saga familiar de las desgracias europeas durante el siglo XX, comenzando puntualmente en 1902. El fin de los días (2016) se extiende en buena parte por lo que el historiador Eric Hobsbawm llamó la “era de las catástrofes”. Conocemos a la protagonista desde el día de su nacimiento, pero el libro en nada se parece a los épicos relatos de la novela clásica. De una forma especialmente literaria, la protagonista se salvará de varias muertes: una ligada a la pobreza en un pueblo de la Galitzia oriental, la otra al hambre de la Gran Guerra en Viena, luego a las purgas estalinistas en Moscú y a una muerte casual en la RDA. De la última, puesto que es una novela, no se salvará, y es una muerte especialmente triste y cotidiana para nosotros. Uno de estos cinco episodios trae la clave de lectura de todos ellos. En medio del frío de la posguerra, un funcionario de último rango se sienta junto a su mujer recién dormida y piensa en lo que, cree, es el gran enigma de la historia de la humanidad: cómo pueden los sucesos generales, el hambre, la guerra, los malos sueldos, colarse hasta el rostro de una persona. “Si uno estudiara los rostros suficientes podría sin duda deducir, a partir de las arrugas, el temblor de los párpados o la pérdida del brillo de los dientes, la muerte de un emperador, el pago de unas reparaciones injustas o el fortalecimiento de la socialdemocracia”. Todo un programa para una estética de la novela histórica en un párrafo.

También en La pureza de las palabras (2014), Erpenbeck había incursionado en esta misteriosa conjugación de lo particular y lo general, desde la perspectiva de una niña que crece en un mundo totalitario. Su nombre nunca se pronuncia, tampoco el del país que habita y que desconoce a su modo. No es en las caras, esta vez, sino en las palabras donde la niña intentará —y fracasará— leer lo que pasa, lo grande (y siniestro de la historia) en lo pequeño de un destino. Lo interesante, en este caso, es que la historia con mayúsculas es casi —no del todo pero casi— la historia de la dictadura en la Argentina. Al menos, cuando viaja al centro de la ciudad, la niña ve un obelisco donde una frase proclama: El silencio es salud. Su fracaso es uno especialmente amargo y llega hasta nuestro presente.

Dos traductores españoles —uno es Carlos Fortea— han sorteado bien el desafío de esta escritura y una traductora argentina —María Tellechea— dio con la sutileza de las correspondencias argentino-alemanas. Estos tres libros forman una indudable muestra de las destrezas de Erpenbeck, con sus grandes temas y sus inteligentes procedimientos. Y queda emparentada así con una suerte de genealogía de escritoras del Este, como Herta Müller y Agota Kristof, que han hecho de la poesía y de la gravedad de la historia combinaciones maestras.

 

Jenny Erpenbeck, Yo voy, tú vas, él va, traducción de Francesc Rovira, Anagrama, 2018, 336 págs.

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