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TEATRO

Los tres en escena están ahí, muy cerca nuestro. Se visten como nosotros, son personas de ciudad. Nos reconocemos en ellos. Están entregados a algo, a una tarea a la que se dedican con esmero. Están ahí, alguien los podría estar estudiando; también podrían ser personas que hubieran olvidado cómo moverse para vivir en sociedad, cómo se entonan las palabras para cambiarles el sentido, cómo rascarse, cómo pedir dinero en caso de necesitarlo. ¿Qué es lo que hacen? Repiten aisladamente y sin contexto gestos, movimientos y acciones que uno ya ha escuchado, que uno ya ha visto, que vuelven como un déjà vu torcido. Movimientos cotidianos de esta época pero también de otras (los gestos de todas las épocas se parecen, y a la vez no, para nada), de esos que uno incorpora sin conciencia pero que Bárbara Hang y Ana Laura Lozza decidieron triplicar y desmembrar en los cuerpos de los intérpretes.Tomar un puñado de palabras, de gestos, de movimientos y repetirlos, una y otra vez, transformarlos hasta que el sentido explote y lo que hacemos todos los días se vuelva hipnótico.

Así, la reproducción genera identidad. La huella del movimiento empieza a aparecer, nos permite rastrearlo, para atrás y también para adelante, para el futuro, mirando los cuerpos y reconociendo qué es lo que los hace contemporáneos, misteriosos, peligrosos, inasibles. El artificio en esta obra no sirve para develar un procedimiento, sino para exponerlo hasta volverlo extraño. Los cuatro artificios son cuatro límites, cuatro consignas que se les imponen a los tres bailarines (Gabriel Bergonzi, Bárbara Hang e Inés Rampoldi). La pregunta es sobre lo que nos anima, sobre la herencia impregnada en los gestos, en los movimientos, sobre la forma en que la calle o incluso las obras de arte están en nosotros de una manera subterránea pero concreta, no sólo en las ideas sino también en la piel, en los huesos. Nada más sorprendente que ir a un museo y reconocerse en el gesto de un calvinista del siglo XVII. Entonces, ¿qué es la libertad de un cuerpo? ¿Qué es lo que lo llena? ¿Una intención? ¿Un afán de pertenencia? ¿Una gracia innata o aprendida?  Se podría hacer una lista infinita de copia sobre copia sobre copia: toda la humanidad copiándose y reproduciéndose y en cada copia, una novedad, un aspecto nuevo, una deformidad, una belleza inesperada.

4 artificios prueba dar respuestas a estas preguntas en un ensayo estético y lúdico sobre lo humano, lo artificial, lo común a un cuerpo y a otro; sobre lo que pasa cuando un hombre se para al lado de otro y ya no está solo.

 

4 artificios, de Bárbara Hang y Ana Laura Lozza, Café Müller Club de Danza, Buenos Aires.

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