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TEATRO

Al ingresar en la sala se ve en el espacio escénico lo que parece la parte trasera de una escenografía teatral: hay unas prendas colgadas de unos salientes del aglomerado, algunas piezas de utilería, una inscripción con tiza. Luego de que el asistente solicita al público que apague los teléfonos celulares, van apareciendo los actores vestidos con ropa “civil” y actual; pronto el espectador se entera de que conforman el elenco de una versión —en modo western— de El círculo de tiza caucasiano de Brecht. Los actores se llaman entre ellos con sus apellidos reales: Lois, Seijo, Paredes, Marassi, Tur, Zayat, Pozzi, Bercovich, Barberini. La función que va a realizarse del “otro lado” se retrasa por la presencia en la extraescena de un inspector de la “Asociación de Protección Autoral” que viene a controlar si se trata del texto de Brecht para solicitar el dinero correspondiente. El dato es notable: los derechos de la obra del dramaturgo alemán todavía están vigentes y la agencia que representa a los herederos se ocupa de custodiarlos en todo el mundo. Lo que iba a ser una versión de una pieza de Brecht se convirtió, durante los ensayos, en una obra sobre un grupo de actores que intenta ocultar la fábula brechtiana a los ojos del aludido inspector en un muy divertido juego de enredos y de teatro dentro del teatro.

Así, casi a la manera de una pieza didáctica (las famosas Lehrstücke), el Brecht de Jakob y Mendilaharzu se propone como una puesta en ficción de algunos puntos nodales de lo brechtiano, de los mecanismos del hecho teatral y también de las cuestiones materiales y subjetivas que implica. El tan mentado efecto de extrañamiento del “efecto V”, acaso la marca más poderosa de ese compendio conceptual que se sintetiza en el calificativo “brechtiano”, está desde que el espectador ingresa y ve el reverso escenográfico. Se radicaliza cuando los actores analizan en escena la obra que van a interpretar, discuten y reflexionan sobre las modificaciones que pueden hacer en las peripecias para distorsionar la trama original. ¿Hasta qué punto un argumento o unos personajes pertenecen a una obra o a un autor? Como afirma una de las actrices, Brecht se caracterizó por saquear historias, textos y géneros de otras tradiciones, culturas y autores para hacer su teatro (por caso, El círculo de tiza original es un relato chino). En una irónica voltereta del destino individual y colectivo, sus herederos “persiguen” a los que quieren hacer uso de su obra; por supuesto, ni Brecht está fuera de la ubicua lógica de la propiedad y el capital.

“Una producción bien hecha es aquella de la que han sido borrados los ensayos (así como se hacen desaparecer las huellas de la producción en todos los bienes y productos exitosamente reificados); pero Brecht rasga esta superficie y nos permite observar los gestos y las posturas alternativas de los actores, mientras intentan construir sus personajes”, sostiene Fredric Jameson en su ensayo Brecht y el método. Jakob, Mendilaharzu y sus brillantes actores y músicos (Chwojnik y Reynals escanden y acompañan con piano y violín) extreman este procedimiento, dejan ver un poco de la versión que pretendían poner en escena y, al mismo tiempo, otra obra donde se vuelve ficción una parte de las condiciones materiales y estéticas que conlleva hacer teatro en la escena alternativa hoy en Buenos Aires.

Curado por Mercedes Halfon, el ciclo Invocaciones se propone establecer un diálogo entre directores porteños y el corpus de ficciones e ideas de varios nombres clave del teatro del siglo XX. La invocación del universo brechtiano no podía consistir en un ritual mediúmnico o impregnado de algún tipo de misticismo, sino en uno como este, secular, racional, argumentado y bufonesco.

 

Brecht, dramaturgia y dirección de Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu, ciclo Invocaciones, concepto y curaduría de Mercedes Halfon y producción general de Carolina Martín Ferro, Centro Cultural San Martín, Buenos Aires.

17 Sep, 2015
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