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TEATRO

Como en sus obras anteriores, Mi propia playa (2010) y La laguna (2012), en Los milagros Agostina López crea desde la iluminación y desde la escenografía un espacio cerrado, en el cual los personajes se desplazan de la cama a la mesa, de la mesa a la cama y de la cama al sillón como en un monobloque. Una burbuja, una esfera, una cápsula, una isla, una panza. Un recorte del espacio-tiempo que responde a sus propias leyes de continuidad. La obra se trata del intento imposible de Martina (Martina Juncadella), una adolescente, de narrar su propia vida. ¿Cómo es hablar de ella misma? Para poder efectivamente narrarse, debería ocurrir un milagro.

El relato de esta narración imposible se va armando de varios fragmentos. Por un lado, su propio recuerdo. La pantalla del televisor será la plataforma en la que Martina verá pasar sus imágenes de niña primero, su desdoblamiento después (a través de una suerte de novela mexicana), para luego dar paso a la total invasión de la imagen de su Amiga (Laila Maltz). Por otro lado, el recuerdo del vínculo con su madre, a quien todavía la ata un cordón umbilical rojo, “muy rojo, de todos los rojos posibles”, que Martina va a necesitar ir perforando para poder narrar. Esta perforación se va a producir, en principio, a través de las palabras, a partir del relato de la relación con su madre (Carla Fonseca) y de la relación de su madre con su abuela (Ernestina Ruggero). A partir de ese juego de espejos, entonces, Martina buscará formular su relato a partir de la genealogía femenina de su familia. La familia, en Los milagros, es una familia de mujeres. Así, en esta “isla de edición” que es la memoria (como dice el poeta Waly Salomão), Martina irá recreando el artificio de su infancia (“Yo lloraba y le decía ‘me golpeaste’, y ella me decía ‘vos hacés demasiado teatro’”).

Entonces aparece la tercera pieza en la búsqueda del relato imposible: la Amiga de Martina, quien quiere desesperadamente ser parte de la familia. La Amiga dice amar a Martina, a su madre y a su abuela. Y las ama sin contradicciones y sin fallas, porque no las conoce. Sólo ve de ellas la proyección de una imagen de familia hecha por otros, y que consume de la misma manera voraz en que come la sandía, hundiendo su cara en la pulpa deforme en que terminará dejando estampado su propio rostro. Así, la Amiga funciona como una suerte de “mirada exterior” que ve a la familia de Martina desde su pura idealización. Más que un personaje, la Amiga es el gran ojo de un fantasma que mira desde afuera, y que va entrando y ocupando cada vez más lugar.

Las cuatro bailan su coreografía familiar (“I Love It”, de Icona Pop), que tiene un ritmo algo desarticulado pero siempre propio. La Amiga baila también, intentando capturar algo de ese ritmo que le resulta tan ajeno y, por eso mismo, tan atractivo. Martina está herida. Baila frenéticamente, llora, se resiste, mientras poco a poco va dejándose manipular por su Amiga. La Amiga insiste una y otra vez en el imperativo de ser madre, a partir de cuya reproducción será, inevitablemente, una más de ese linaje materno.

De esta manera, mediante la búsqueda imposible de Martina de construir una narrativa de sí misma, Los milagros pone en escena el artificio del proceso, mostrando sus hilos, colocando al relato de la propia vida en el centro de la escena. La vida que es un milagro (el milagro de la vida), la vida que es un artificio (la prótesis), la vida que es una coreografía, la vida que es una consecuencia del mandato reproductivo, la vida que es una obra; la vida para ser vivida, la vida para ser contada.

 

Los milagros, dramaturgia y dirección de Agostina Luz López, Centro Cultural San Martín, Buenos Aires.

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