La vida secreta de las cosas de este mundo. Una conversación
Ya se sabe que los escritores trabajan con la lengua; la escriben, sí, pero antes, la escuchan. Pueden captar su estado actual, ser arcaicos, imaginar futuros, inventar idiolectos; hay para todos los gustos. En el caso de Mariano Saba, estamos hablando de alguien con un oído, no sabemos si absoluto, pero sí muy fino. Saba parece ser de esos escritores que no pueden no escuchar el dialecto argentino, o más precisamente, el porteño. Ese es el origen de su dramaturgia. El habla porteña lo interpela hasta que algo se le graba en el cuerpo, entonces lo retiene, lo deja madurar, lo desarrolla, le arma un contexto, le busca una tradición y lo devuelve al presente listo para la escena, para clavar sobre la realidad —social y política— la mezcla dolorosa de ironía, cinismo y crítica propias del grotesco criollo, ese género argentino en el que tan bien se mueve.
En el caso de Arbolitos —la obra que, además, dirige—, la frase de origen es “brotes verdes”. ¿Qué pasa cuando Saba despoja, absurdamente, esa frase de toda metáfora y la lee de manera literal? Se cumple el sueño de todo argentino: dar el batacazo con un árbol cuyo fruto sean dólares. Entonces, dos arbolitos porteños, Ibáñez (Gustavo Sacconi) y Ronnie (Pablo Navarro), al perder la protección de Chulek, el jefe de la cueva, y la protección cultural que avala la venta ilegal de moneda extranjera, se corren del centro de la ciudad y aparecen más allá del conurbano, en el margen de un camino rural y cerca de un bosque. Allí, a la intemperie, quedan expuestos a las profecías de la historia literaria: el infierno dantesco donde quienes derrochan dinero terminan convertidos en árboles. El sueño de Ronnie se cumple e Ibáñez comienza a producir sus propios brotes verdes, pero la felicidad, inevitablemente, termina mal, es el “dantesco dolor blue” del subtítulo que la paronomasia convierte de moneda paralela en sentimiento triste. Por eso, mientras se pueda, hay que pasarla bien. Los protagonistas podrían haber cantado, con Alberto Castillo, “por cuatro días locos que vamos a vivir”; sin embargo, como quienes compran dólares a los arbolitos son los turistas brasileños y, a su vez, los argentinos ya no gastan dólares en Miami sino en Camboriú, Búzios o Florianópolis, el verso que suena es el de la canción de Jobim y Vinicius: “tristeza não tem fim, felicidade sim”.
Miami era otra época, la de Plata dulce, donde ya había una dupla (Julio de Grazia y Federico Luppi) que, como en los grandes dúos cómicos, mostraba al triunfador y al fracasado. En esta dupla, que también puede recordar a la del vivo y el tonto —Abbott y Costello— o, yendo más atrás, a Don Quijote con su cultura libresca y Sancho Panza con su saber popular —de donde, quizás, Ibáñez toma los refranes que no deja de decir y tanto molestan a Ronnie, que prefiere la poesía—, los dos son fracasados. Pero, aun así, Ronnie se aprovecha de Ibáñez, porque siempre habrá quien domine y quien sufra en la cadena de explotación. Como el “verso” porteño que padecen ambos cuando Ibáñez toma la llamada que llega por un anacrónico teléfono público. Esa rémora de tecnología del siglo XX, marca nostálgica de una función borrada del Estado (llegar allí donde no llega la propiedad privada), pone otro eslabón en la cadena que estafa hasta a los entrenados para estafar.
Con una puesta en escena pobre —apenas unos yuyos resecos, un par de neumáticos, una canilla, el poste telefónico—, la cómica disputa de Ronnie e Ibáñez deriva en la tragedia que ya había anunciado la voz fantasmal de un narrador (Pipo Manzioni) que, incluso —un lujo, casi un derroche para la política teatral antiespectacular del autor—, hace música en vivo.
Arbolitos (dantesco dolor blue), dramaturgia y dirección de Mariano Saba, Teatro del Pueblo, Buenos Aires.
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