Nouvelle Vague / Blue Moon
En un tanka incluido en El oro de los tigres, Borges —admirador de la capacidad del haiku de “decir cosas esenciales en pocas palabras”— sintetiza así nuestra contemporaneidad: “Andas por tu jardín / Algo, lo sé, te falta”. La miniserie Hal & Harper (2025), de Cooper Raiff (EEUU, 1997), invita a ser pensada desde la atención a la brevedad. No solo por la extensión casi haiku de sus episodios, su minimalismo, sus diálogos puntuales, la reconstrucción de momentos esenciales de una familia y su tono altamente poético, sino también porque nos interroga sobre los afectos, las ausencias y las memorias en medio de la fragmentariedad y la incomunicación del mundo contemporáneo.
¿Qué es una familia? ¿Cómo elaboramos un duelo? ¿Cómo recordamos el pasado? ¿Qué zonas de la ausencia son indecibles? ¿Cómo convivimos con lo que nos falta? Estas preguntas se plantean a través de una indagación en microespacios de lo familiar y lo cotidiano. La reivindicación de lo mínimo —de lo pequeño que concentra diversas políticas: un gesto, un silencio, una mirada— domina la serie.
Los hermanos Hal (Cooper Raiff, también director y guionista) y Harper (Lili Reinhart) viven en Los Ángeles, donde ella trabaja y él termina la universidad, y tienen una relación simbiótica desde su infancia. A través de una gran fragmentación temporal, múltiples saltos entre pasado y presente, vamos accediendo a sus vidas y a la de su padre (Mark Ruffalo), quien espera un bebé de su actual pareja. La historia gira en torno a la reconstrucción cinematográfica —pero también a la elaboración del duelo de los personajes— de un acontecimiento central en la vida de esta familia, presentado gradual y esquivamente: el suicidio de la madre. Esta pérdida y la depresión posterior del padre marcan la infancia de los protagonistas.
La forma cinematográfica emula los vericuetos de la memoria y el modo caótico en que recordamos eventos traumáticos. Pero también evoca cierta atomización de la experiencia y aislamiento del presente, permanentemente intervenido por redes y tecnologías, al tiempo que acompaña el estado melancólico de los personajes. El fantasma de la madre está por todas partes, sin poder ser enunciado. Y no solo porque el padre aún la “ve”, manejando el auto en que se suicidó, a la par del suyo. Ella es como una melodía omnipresente que suena por detrás de la banda de sonido. Su fantasma se hace palabra en el momento de mayor crisis. Cuando Harper, de niña, llorando a gritos abrazada a su padre, logra expresar la falta: “Quiero a mi mamá”. En medio de esa imposibilidad de decir el dolor, asistimos a los recorridos de estos personajes dominados por esa constante presencia de la ausencia.
Si bien cada uno recorre el estado melancólico a su manera, en todos observamos dificultades para establecer vínculos afectivos y un agotamiento del lenguaje, que no alcanza para nombrar las faltas. Hal apenas puede decir: “Hay algo mal en mí”; Harper: “Me siento vacía, como una escultura frágil”; y el padre: “Yo no fui un padre presente. Tuvieron que crecer muy rápido”. A partir de este reconocimiento, Raiff introduce un recurso que genera extrañeza e incomodidad en el espectador: veremos a Cooper y Reinhart, adultos, actuando de niños, entre niños, en todos los flashbacks que escenifican su infancia. Este mecanismo, que simboliza la madurez anticipada de los hermanos, también nos recuerda la persistencia del pasado en el presente y viceversa.
La serie es como un microcosmos que, en tiempos globales de crueldad, aparece por momentos atravesado por cierta ternura. Hal y Harper irán encontrando en gestos mínimos —un abrazo, un mensaje, un “te quiero”, micropolíticas cotidianas de lo afectivo— algún consuelo en medio de la desolación.
En este clima de falta y angustia, y frente a la obturación del lenguaje y la dificultad de comunicarse y vincularse con otros —todos síntomas de lo contemporáneo—, Raiff recurre a la manipulación estilizada de imagen y música, creando secuencias de montaje que resumen momentos y sentimientos centrales de los personajes. En dos escenas, una de la infancia y otra del presente, Harper canta “I Will Survive” de Gloria Gaynor, especie de himno que muestra la lucha de esta familia. La miniserie busca escenificar formas de afecto, lazos de cercanía, de comunicación y de lo comunitario, que revierten en cierta forma la desazón angustiante en la que se encuentran. En esta reivindicación de lo pequeño, en esta miniserie haiku, una familia puede ser un mundo, y el álbum familiar un mapa de la fragilidad contemporánea.
Hal & Harper (EEUU, 2025), guion y dirección de Cooper Raiff, 8 episodios, disponible en Mubi.
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