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Reservorio de chismes de salón, anécdotas menores, efemérides marginales, subrayados de lecturas discontinuas, citas de atribución dudosa y recuerdos deshilachados de vidas ajenas; entre toda esa hojarasca culterana que sobrevive en la nota al pie de un libro apolillado, La última novela de David Markson estira el vaciamiento narrativo a un extremo en que Beckett parece un precursor moderado, despojando la novela de aquello que antaño la definía: el argumento, la progresión, los personajes reconocibles, hasta la ilusión de un mundo que continúe existiendo más allá de la página.
Una de las preguntas que asalta al lector versa sobre si la dispersión de esos datos caprichosos, triviales, minúsculos hasta la irrelevancia, yuxtapuestos de manera aparentemente caprichosa, a veces ínfimos y otras simplemente oblicuos, restos sueltos de una cultura en desbandada y sostenidos más por una destemplada lógica de acumulación de materiales que por cualquier pretensión de construir un relato, puede decantar en un conjunto. Y hay quien encuentra en las entradas intermitentes y escuetas referidas a cierto Novelista —“viejo, cansado, enfermo, arruinado”— el hilo de plata con el que sería posible trazar una constelación entre los elementos dispares. También la repetición de algunos núcleos permitiría hallar un ritmo, una regularidad tenue que no organiza el material de manera jerárquica, pero que introduce una cadencia perceptible en medio de la dispersión. Sin embargo, esa promesa de cohesión opera, en rigor, como un espejismo. Lo que Markson evita de manera sistemática es narrar.
Por supuesto, no faltan las citas que aluden a la propia factura del libro: “No lineal. Discontinuo. Como un collage. Una recopilación”; “No entiendo por qué las exposiciones y las descripciones han de ser necesarias en una novela. Dijo Ivy Compton‑Burnett”; “obstinadamente lleno de referencias cruzadas y de una críptica sintaxis interconectiva”. El libro de Markson se pliega sobre sí mismo, puntea notas sobre su propio ocaso mientras monta, con la parsimonia de un copista medieval, el acervo de una erudición pueril; un mosaico de voces que disuelve el paso del tiempo.
Si abundan las alusiones a pintores olvidados, suicidios célebres, pequeños desaciertos biográficos de escritores ilustres y fulgores de una memoria atrabiliaria, y si el tono, por momentos, se vuelve abiertamente lúgubre o infausto, es porque el libro se instala en el umbral mismo de la extinción de la novela como forma. Lo paradójico es que ese temple postrero acaba infundiéndole al género una vitalidad inesperada.
Santuario portátil de la memoria ajena, La última novela reclama la atención voluble del lector salteado macedoniano y recuerda que la experimentación no siempre pasa por desarticular la sintaxis, sino también por encender cortocircuitos en el montaje entre las partes. Publicada en 2007, cuando su autor rondaba ya los ochenta años, The Last Novel no sólo es la última novela de un escritor que parece despedirse del mundo inventariando futilidades; es también el punto de no retorno del género. Para decirlo en pocas palabras: después de Markson, ¿qué?
David Markson, La última novela, traducción de Mariano Peyrou, Sexto Piso, 2024, 194 págs.
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