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Energía y optimismo. A propósito de los sesenta años de la galería Ruth Benzacar

DISCUSIÓN

Desde su advenimiento en el siglo XIX —apuntalado por la autonomización del arte, la emergencia de un mercado y la individualización del artista—, las galerías han sido más bien relegadas como objeto de estudio. Las causas de esta omisión pueden ser múltiples, pero una se destaca: la incomodidad que provoca el cruce entre valor simbólico y económico. Es sugerente que público, museos, crítica, curaduría, mercado y hasta coleccionismo hayan recibido atención de filósofos e investigadores, mientras que las galerías, en general, transitaron su camino sin tematización específica. Pero empecemos por el principio. 

¿Qué es una galería de arte?

Según el diccionario, una galería es un establecimiento comercial donde se exponen y venden objetos artísticos. El problema de esta definición reside en que, desde hace aproximadamente sesenta años, la consistencia misma del arte se ha visto perturbada. Lo escribía Adorno en las primeras líneas de su Teoría estética (1969): “Es evidente que ya nada referente al arte es evidente, ni en sí mismo, ni en su relación con la totalidad, ni siquiera en su derecho a la existencia”. Preguntarse entonces por la definición de galería obliga a desplazar la interrogación hacia el arte mismo, en un momento particularmente complejo para componer —y luego imponer— definiciones. El arte atraviesa una crisis irremediable ligada a la pérdida de su estatuto de evidencia, cualquiera sea la forma que adopte (escultura, pintura, instalación, performance, etcétera).

Una galería expone y trata de vender productos carentes, a priori, de legitimidad. Exponer para vender. Pero la intervención galerística requiere, en tiempos convulsos, respaldar el estatuto artístico, dado que, al perder su dosis de evidencia, el producto es y no es obra antes de ingresar a la galería. No sorprende —y a la vez resulta paradójico— que, al perder las instituciones caudal legitimador, hayamos llegado a un punto en el que nada es evidente, salvo la no evidencia del estatuto artístico (y sin evidencia, todo podría ser arte).

Exponer y, sobre todo, vender, serían acciones constitutivas, lo que una galería debe hacer para conquistar su razón de ser. Pero las galerías, máxime en períodos de crisis, se definen por el tamaño de su ambición. ¿Ambición empresarial? ¿Quedar en la historia? ¿En qué sentido? ¿Figurar en un libro? No exactamente. Quedar en el sentido de escribir la historia del arte de un país, que es la historia de la cultura y de todos nosotros (con las exclusiones de siempre), más allá de la relación, estrecha o lejana, que establezcamos con el arte.

Sintetizando. La galería es un sistema donde orbitan artistas, público, coleccionistas, críticos y curadores. Un espacio de encuentro para exponer y vender objetos cuyo estatuto hoy se encuentra en veremos. Ahora bien, no negará nadie lo llamativo del hecho de que, de todos los participantes del campo, solo un número ínfimo compra arte. ¿Y entonces por qué existen las galerías? ¿Para agasajar a un subconjunto diminuto del ya diminuto público del arte? ¿Para ampliar el rango de espectadores? Si pretende ampliar cuantitativamente el horizonte, tiene a la vez que jugar un rol cualitativo: formar nuevos agentes, promoverlos, atizarlos, y eso implica una serie de acciones reñidas sin embargo con la meta primordial de la galería: vender.

Las galerías desquician la zona gris entre valor de cambio y valor de uso, entre lo simbólico y lo comercial, y en ese movimiento se abren equívocos y contradicciones productivos e incómodos para la reflexión. Extrañamente, todo el mundo da por sentado lo que son. No obstante esto, siguen siendo un misterio. Un misterio de economía.

 

Energía y optimismo para toda la vida es la exposición colectiva con la que Ruth Benzacar Galería de Arte celebra sus sesenta años de historia. El título proviene de un obsequio que Federico Manuel Peralta Ramos le hizo a Ruth en enero de 1985, colgado al inicio del recorrido. Es una hoja que sirvió de soporte para la frase, la cual    —vista a la luz de los años— adquirió valor de oráculo. La decisión de colocar la obra de Peralta Ramos al inicio impregna el resto de la sala, como si el deseo hubiese crecido con los años hasta convertirse en don.

La exposición, a pesar de los tabiques que circunscriben los espacios a las distintas sedes que tuvo la galería (casa en Caballito, departamento en Talcahuano, Florida al 1000, Villa Crespo), busca constituir un entero, pero un entero frágil, compuesto de retazos cuya suma no alcanza para explicar la unidad. Ese desfasaje, más que un déficit, se presenta como la condición indispensable para narrar la historia, y habilita otras formas posibles de contarla.

A su modo, es una retrospectiva de la galería, como si se tratara de un artista más; una exposición histórica en el doble sentido del término: por un lado, única e irrepetible; por otro, una muestra que reúne piezas de sesenta y cuatro artistas de distintas épocas, asumiendo en el propio gesto las tensiones implícitas al conjugar lenguajes, generaciones y sensibilidades heterogéneas. 

Lejos de organizarse como una simple enumeración de nombres, el recorrido articula un sistema donde conviven experiencias fundacionales y producciones más recientes, y hace visible una continuidad atravesada por riesgos y desvíos. La inclusión de obras correspondientes al momento en que muchos de los artistas se incorporaron a Ruth Benzacar —en algunos casos alejadas de sus prácticas actuales— no es un detalle menor: permite leer los distintos períodos de la galería sin forzar una narrativa homogénea. En ese cruce temporal y material, la exposición curada por Sofía Dourron revela el funcionamiento de la galería no sólo como espacio de exhibición y venta, sino también como un dispositivo de construcción de trayectorias artísticas a lo largo de seis décadas.

Además de la exposición, la galería produjo el libro conmemorativo RBGA60 y el documental Hay tiempo, conformando un tríptico que tantea las distintas vías de acceso a un objeto imposible de asir: sesenta años de historia. 

Así, Energía y optimismo para toda la vida puede pensarse como un ensayo sobre el tiempo más hermoso: el aún, el encore, el todavía juntos, que, lógicamente, no sobrevive sin revisar los orígenes. Por eso, la exposición mira de reojo al pasado (hubo un tiempo), se funde en el presente (hay tiempo) y deja entrever la verdad de la promesa que Federico Manuel Peralta Ramos le regaló al mundo: “Todo esto va por la mitad”.

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