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TEATRO

Viento blanco lleva tiempo en cartel y sigue ampliando su historia durante la temporada de verano. Es cierto que con solo verla una vez la impresión acontece. Pero, en este caso particular, cabe pensar en la manera de adjetivar, cuando esa sensación parece una incipiente parodia al lado de lo que Mariano Saborido consiguió fabricar con más de un año de funciones a cuestas. Los espectadores asiduos de teatro ya lo saben: es mejor evitar las primeras funciones. Aquí era difícil contenerse ante el cuarteto que había detrás: texto de Santiago Loza, dirección compartida entre Valeria Lois (una actriz magistral merecía un debut de esta talla) y Juanse Rausch, y un protagónico tan humillante que no permitió ni comparar expectativas.

Certero y pícaro, se describe Marito ante el intercambio con José. Así es también el despliegue escénico del actor que le da cuerpo a ese mártir del deseo. Los espíritus son remolones, no tienen nuestra prisa, explica el personaje en el momento previo al rito. Tal vez sea el dominio del actor en la diversificación de voces el que lleva a recordar a las criaturas de Fernando Peña, alguien que siempre en entrevistas hablaba de su vínculo post mortem con su madre. Decía tener sus cenizas en un estante del living de la casa y mantener diálogos con ella a diario. En las relaciones madre/hijo patológicamente cercanas es posible evocar también a Yolanda, el tétrico personaje de Gasalla (y su hija Marta interpretada por Norma Pons). Probablemente el cómico hacía tiempo que no pisaba un teatro, pero podríamos arriesgar que Saborido lo tuvo entre sus invocaciones (y para adobar la mística: Lois estrenó esta obra mientras formaba parte del elenco de la versión teatral de Esperando la carroza). De desamparos y coincidencias está hecho el edipo que persigue a Lois últimamente en el trabajo, porque hace poco cerró la temporada de Precoz, donde encarna a una madre infernal para Tomás Wicz.

Saborido tiene un buen rato de entrenamiento ocular. El estrabismo está dominado como si se enfrentara en un torneo de pinball, él fuese la máquina y la fe propulsara cada efecto en escena. La biblia de la madre narrada fuera de campo, para mí, empieza con Norman Bates en Psicosis: dos miradas capaces de infinitas percepciones.

Es Viento blanco, pero el actor complementario de Mariano Saborido es transparente, el agua volátil que salta a la boca de los elegidos de las butacas más cercanas. Las telas no se escurren, necesitan estar al servicio de la pérdida. Como en un tic, el personaje tensa las manos, parece que tratara de sacarse anillos atascados, joyas de mentira, esas que añora, un ornamento que alcanza a probarse cada vez que lo real cambia de estado. El carácter de unipersonal se ve afectado por un compañero incorpóreo. Si al principio, por unos segundos, el actor abandonaba el escenario para permitir el agua correr, ahora los celos surten efecto. Marito no deja que el agua muerda ficha técnica, la controla y hasta chapotea con sus ropajes, actitudes propias de una diva en ciernes. Solo dos elementos negros aparecen en escena, los zapatos de Marito y un lazo. Lo demás es prístino y de una pureza insoportable. Marito es soñador, tierno, con un ánimo por la pasión que insiste en esconderse en el vuelo de una sotana. La pasión lo ahoga y el pueblo lo deshidrata.

La gente entre el público dice dios mío, se le atora la saliva ante la posibilidad de que Saborido no llegue a tener el control de sus pasos, tropiece y entonces el agua se convierta en un diluyente de lo irreversible. Pero para quienes estamos reincidiendo esto se trata de dejarse acomodar por el artefacto de las emociones, las sacudidas de Marito, la voz de ángel níveo. El juego continúa abriéndose: retenerse en lo ajustado del delantal (que es parte del diseño de vestuario de Pablo Ramírez), el Zippo y los riesgos de la humedad que parecen cubrirlo todo. Marito, La mujer puerca (ese otro letal texto de Loza que la directora lleva al escenario hace trece años en complicidad con Lisandro Rodríguez): altares que se improvisan en lugares tan aciagos donde el credo es resistencia. No hay pelopincho que alcance a sumergir este torrente que va desde la ternura infinita a lo macabro. Es normal que las personas se sorprendan por la capacidad para memorizar los textos de los intérpretes. Lo que yo me pregunto es cuánto tiempo les lleva a los actores sacarse el espectro de encima.

 

Viento blanco, dramaturgia de Santiago Loza, dirección de Valeria Lois y Juanse Rausch, Dumont 4040, Buenos Aires.

29 Ene, 2026
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