Testigo

Jamel Brinkley

OTRAS LITERATURAS

Más que modernizar o embellecer, el auténtico gesto de la gentrificación es encubrir. Los sedimentos se disfrazan en el nuevo paisaje, pero no se retiran. Permaneciendo en lo irreconocible, los marginados tienen que hacerse un nuevo hueco, marcar el terreno otra vez para no perderse en una zona que no terminó de expulsarlos. Asilándose en un refugio de conejos regentado por el blanco progre, simulando plegarse a ideas ajenas sobre lo que se supone que deberían ser un barrio y un mundo mejores, el Lerdo hace lo que cualquier otro squatter de Brooklyn haría: subsistir en condiciones apenas más abstractas. Es un lepórido más, una criatura ignota en busca de alimento y abrigo, perseverada en la dificultosa misión de durar.

El Lerdo tal vez sea el más frágil de los especímenes que pueblan el nuevo libro de cuentos de Jamel Brinkley —a quienes los lectores en español ya conocíamos por Un hombre con suerte, colección de resonancias similares—, aunque también es el menos confundido por la mutación escenográfica. El blanco vino y empalideció las calles, las regló, las tornó inofensivas, y en ese proceso tanto inmobiliario como simbólico buena parte de la comunidad negra obtuvo un poco de estatus, migas de un bienestar lavado y la cruz de una incógnita más o menos atronadora según el oído que la reciba: qué hubo antes, qué es lo que ya no se puede recobrar, cuál sería la importancia de rescatar ahora ese material identitario. En el interín, progresando sin pausa, la mixtura refresca edificios, ciñe mecanismos de control y vigilancia, empuja la sofisticación capitalista y hasta se manifiesta en aspavientos mínimos, de asimilación ortodoxa —o de apropiación invertida, por qué no—, como el que ejecuta una pareja al improvisar la danza de la polca. Cuando las cámaras televisivas se apagan y la empatía popular se aquieta, la hermana de una víctima del desmadre policial —evocación del asesinato de George Floyd— lidia como puede con una tragedia reducida a su núcleo individual. Semanas antes de despedirla, el gerente del hotel sermonea a una mucama: “Hoy en día las personas de cualquier clase, con todas sus diferencias, hablan entre sí abiertamente con franqueza”. Más allá de los espasmos comprobables, la toma de conciencia sigue demorada en su fase de arquitectura exterior. Las cosas no cambiaron tanto, no todavía. Incluso, en algunos casos, como ocurre en el relato que presta nombre al libro y concentra su efecto más potente, las consecuencias de tanto dolor y tanta iniquidad clausuran cualquier senda de reconciliación.

Representante parcelado de la actual camada del realismo estadounidense, Brinkley mantiene la línea madre de sus precursores: el acento en la odisea menor, la voz ofrecida a personajes atrofiados por completo o aferrados a sus remanentes de dignidad. Quizás la única nota disonante sea “Flechas”, donde la madre del protagonista resulta ser un fantasma coqueto y salidor; la obligación lectora es preguntarse qué cambiaría, en términos de anécdota y proyecto formal, si esa madre fuera solo de carne y hueso. Brinkley tiene ante sí una realidad demasiado acuciante como para profundizar en los repulgues del fantástico. Sus personajes luchan para ampliar los límites del puesto que les es otorgado, y eso quita espacio para lo demás. Al final del día, parecen resignarse, todos estamos haciendo nuestro trabajo.

 

Jamel Brinkley, Testigo, traducción de Juan Nadalini, Chai Editora, 2025, 220 págs.

29 Ene, 2026
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