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Las Variaciones Goldberg

Nancy Huston

OTRAS LITERATURAS

La música produce dos efectos cuando suena en público: por un lado, llama al silencio para que, donde acontece, nada dispute su atención; pero también, en ese silencio que es responsabilidad de la música, hay algo que resuena y, necesariamente, no es la música. Por encima de la música, o si se quiere en la intimidad a la que invita, eso que resuena es el modo en que cada oyente se enfrenta, se resiste, se deja llevar o cede a su embrujo. Los eruditos de la música suelen seguir al intérprete en la rigurosidad silenciosa de su estilo, en las licencias que se permite respecto a la composición que está tocando. Los conversadores de la música nos vemos asaltados por un fluir de imágenes, recuerdos, asociaciones y distracciones que esta convoca. Es la música interior del oyente la que así suena en esa suerte de duermevela de todo concierto. Es, por supuesto, la conversación de la música lo que escuchamos. 

En Las Variaciones Goldberg, Nancy Huston convoca a esta sonoridad con su escritura por demás elegante, cuando no irónica y casi al borde de lo hiriente. En un departamento de París, treinta y un oyentes asisten a la ejecución de la archiconocida canción de cuna de Bach. Todos de algún modo se conocen, aman la música y la detestan, están más próximos a ella o distantes, pero todos entretejen sus vidas a su alrededor como los contrapuntos en los que la variación del genio alemán se disuelve por el aire a la vez que se expande. La atención a la maestría narrativa de Huston es una forma de leer esta novela, que se publica en una excelente traducción de Pablo Gianera. Sin embargo, sabemos que Huston no es original, y poco importa. Virginia Woolf ya lo había hecho apelando a las olas y los años como larga conversación en el tiempo. En este caso, la forma, perfectamente tramada en la transposición de lo musical a lo escrito, no defrauda. Pero más interesante es ver la licencia perniciosa que la atención a la música deja oír. Si Kant en el siglo XVIII se preguntó por el enigma del gusto, Huston, en el XXI, lo hace respecto al enigma del esnobismo. ¿Quién puede amar por completo la música sin atender a los horrores de sus demandas? ¿Quién puede permitirse tributarle toda atención a fuerza de una voluptuosidad obsesiva que siempre escapa? ¿Cuán trillada es ya esa demanda en la contradicción de atención exagerada a una pieza que, justamente, fue escrita para burlar esa atención al inducir al sueño o a los ronquidos que nunca oímos del conde von Keyserlingk, a quien Bach curara de su insomnio junto al clavecinista Goldberg? 

“La música es la evasión chic de la clase alta. Es incluso mejor que el cine. Para empezar, porque no hay nada que entender”. “Se puede cerrar los ojos, abrir los oídos y gozar por un rato del consuelo feliz de la música”. “También la música se parece a una estalactita. Es muy hermosa cuando brilla al sol, pero mejor no tocarla. Después de un rato, no queda más que un charco sucio en el suelo. Y todos van a chapotear en el charco”. “Nadie oye nada. Ni los padres déspotas ni los chicos mártires, ni la tribuna de críticos ni la gente de esta sala. Lo que les gusta no es la música sino el juego siniestro de ser melómanos, mientras que su pasión más auténtica es el sufrimiento del músico”. “Me encanta oírte cuando cantás en casa. Pero no hagas de la música una carrera. Vas a ser infeliz, creéme. Mejor seguir cantando como un pájaro que someter las cuerdas vocales a ejercicios extenuantes y tediosos. Lo único que quiero es ahorrarte la tortura por la que yo pasé”. Cada voz modula el amor y el odio a la música; ese amor y ese odio son los mismos que las tienen presas de la habitación donde Bach las adormece. Sin la música, son nada. En la música, descubren lo que son. La atención cruel de Huston es un capricho endemoniado de ciento setenta y cuatro páginas sin desperdicio. 

 

Nancy Huston, Las Variaciones Goldberg, traducción de Pablo Gianera, Pinka, 2025, 174 págs.  

4 Jun, 2026
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