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Ningún viaje trae de regreso al mismo que partió. Fernando se despide de Natalia en la terminal de Retiro. Viaja a Córdoba, a Traslasierra, para acompañar a su hermano, cuya mujer lo ha abandonado. Pero el gesto de despedida de Natalia, alusivo o admonitorio, suspende a Fernando en una incertidumbre que la distancia apenas sosegará. Luego, los mínimos contratiempos del viaje (que el micro se detenga varias veces a recoger pasajeros, que en Areco una lectora ocupe el asiento contiguo; que la película sea inaudible; que deban detenerse para bajar a comer) no alcanzarán para Fernando el rango de suceso.
Toda la ida está narrada en pasado, en primera persona.
En Traslasierra, Fernando comprende que el estado de su hermano Juan Pablo es serio. El abandono de Rosario lo ha hundido en un pozo que no encuentra aún su fondo. Los hermanos pasan una semana juntos, un tiempo en que Fernando tratará de consolar a Juan Pablo, desarmado por lo súbito del acontecimiento, por su contundencia, por su aparente sinsentido: Rosario dejó de quererlo y lo dejó. En esos días Fernando paseará por el pueblo, tendrá algunos encuentros con gente del lugar, advertirá cierta inquietud interior, leerá una biografía de Güiraldes.
Toda la estadía está narrada en futuro, por un narrador en segunda persona.
La tercera parte narra el regreso de Fernando a la ciudad, a Natalia. Ha dejado a su hermano, separado aún pero con un principio de sentido. Este viaje está signado, sin embargo, por los contratiempos (un incendio, un accidente, un encierro, una pesquisa); la inquietud arrecia en Fernando, se pregunta si es posible leer los anuncios de un hecho. Concluye que lo único posible es “estar, permanecer, diferir, entregarse”.
Toda la vuelta está narrada en tercera persona, en presente.
En el juego de narradores y temporalidades, lejos de las pretensiones de “originalidad” o “experimentación”, La separación establece un recorrido hacia el presente, hacia el encuentro con el acontecimiento, hacia la materialidad de la presencia, condición de todo vínculo y garantía de ninguno; al mismo tiempo, la novela se desplaza desde la subjetividad de Fernando hacia la objetivación de la tercera persona, que paradójicamente desdibuja el protagonismo de su propia historia de amor, hasta el desenlace, que acaso sea imprevisto.
Ni la cadencia sintáctica ni el gusto por las simetrías, ni el impulso narrativo de la escritura de Kohan requieren presentación; sin embargo, lo mínimo del argumento, centrado en la problemática afectiva de los personajes, aborda “el final del amor” sin caer en el sentimentalismo ni en lo confesional. La separación es una lectura sutil del drama amoroso, de los accidentes de su devenir; con mirada honesta, indulgente y no exenta de humor, una novela donde los significantes, más que la voluntad, parecen decidir ciertas acciones de los personajes.
La transformación que implica la ida y la vuelta de Fernando permite pensar que todo aquel que se va, como escribió Güiraldes, lo hace como quien se desangra.
Martín Kohan, La separación, Anagrama, 2026, 232 págs.
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