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Diario de familia

Gabriela Bejerman

LITERATURA ARGENTINA

Las escrituras del yo han ido en los últimos años hasta el borde: bordes del psiquismo, bordes de los cuerpos, ahí donde la palabra pudor suena como algo muy pasado de moda, y atraviesan desde los detalles escatológicos de Knausgård hasta los derroteros de los pensamientos, los sueños, no siempre edificantes, de otros prosistas, y aun poetas. Gabriela Bejerman explota en este diario, con una escritura de una prosa precisa, por momentos poética, por momentos cómica, o terrible, esos bordes. Entre lo autobiográfico y la ficción, entre los géneros, el texto, sin fechas ni locaciones, se despliega como entradas diarísticas de una mujer en una situación muy particular: cincuenta años, es decir la perimenopausia, una hijastra con la que no logra establecer un contacto, un hijo todavía chico que la demanda, y un padre cuyo deterioro, al paso del Parkinson, avanza inexorablemente.  

En ese momento crítico, de una exigencia extrema, el yo trata de enarbolar su gusto por la vida y la escritura (“solo quiero ir hacia adelante, hacia una canción que pulsa sobre mi cuerpo”). La tarea no es fácil, y Bejerman juega en la primera parte con la imagen de la madrastra de cuento: se confiesa irritada, cansada, desencantada (“la que peor queda soy yo”, asume). También se da ánimos, elige la ropa, escucha música, encuentra los breves momentos para sí misma, anda en bicicleta, va al Tigre, se alquila “un cuarto propio”. Las escenas son reconocibles, y pueden inducir el malestar, la comicidad, la perplejidad, nunca la tragedia. Pero los precios a pagar por ser madre y ser escritora, o por querer serlo (y como Bejerman lo es, dueña de una escritura, unas performances, brillantes, alegres, creativas, sorprendentes, cargadas de humor) todavía son muy altos, y eso queda claro. 

Con audacia, Bejerman da cuenta de los desencuentros y las dificultades, que son personales pero también generacionales, estéticas, de lenguajes, con esa hijastra, a veces también con el hijo que está creciendo y cambia todo el tiempo. La voz de la que cuenta es una voz enojada, y esto le da un interés particular, porque, se sabe, el enojo, la ira, son emociones y lugares de enunciación que han estado históricamente vedados para las mujeres. Y es interesante ver cómo el enojo está entretejido, o es otra forma, del dolor. Cuando el enojo merma, en el último tercio del libro, hay pasajes de rememoración, de observación, de construcción de una relación hija-padre en un momento de despedida, en los que la escritura se enlaza con el estilo poético característico de Bejerman, al mismo tiempo que llevan al lector a atravesar la situación narrada. No es la distancia cruel de Ernaux, ni la autoironía herida de Mariasch. Bejerman recorre ese tiempo de crisis y sale potenciada por el viaje, con un poco de humor negro: “voy a querer o no que me cremen. Si soy crema quiero que me unten arriba de una rica torta con mucho chocolate y dulce de leche”.  

Si la idea de familia es fuertemente resistida al inicio, incluso desconocida como parte de la configuración de la subjetividad de esa mujer (“¿mi familia cuál es? ¿puedo preguntarme eso todavía?”), hacia el final queda claro, en cada una a su manera, y no sin tensiones, que familia y escritura se hacen juntas, se quiebran, se cuestionan, se recomponen, hilan el recuerdo bellísimo del legado familiar, exponen el conflicto, hacen el futuro de la familia actual. Y tensan, siempre, ese lugar difícil: ser mujer, ser hija, ser madre, y escribir. Escribir todo el tiempo.  

  

Gabriela Bejerman, Diario de familia, Bosque Energético, 2025, 104 págs.

6 Ago, 2026
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