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Cartas a Inés

Christian Riffel

ARTE

Hay un personaje de Clarice Lispector que va más allá de los géneros y plantea que no existe una distinción clara entre lo figurativo y lo abstracto: en pintura, música o literatura, muchas veces aquello que llamamos “abstracto” acaso sea más bien la figuración de una realidad más delicada, más difícil, menos visible a ojo desnudo. 

Como si hubiera una técnica, un artefacto o encantamiento para poder leer un lenguaje o código que se construye entre dos, las obras de Christian Riffel entretejen una atmósfera junto a la tía Inés, en la casa de sus abuelos en el litoral brasilero, a la otra orilla del río Uruguay. No ocultan un significado, más bien atienden a esa atmósfera que comienza a hacerse visible, cruza a estas orillas y envuelve la sala de la galería. Doce pinturas de pequeño formato —que recuerdan el tamaño de las hojas de cuaderno— y dos obras de gran formato componen este conjunto de ejercicios plásticos que mezclan colores de paletas —tan diversas como singulares— y formas geométricas que se desbordan de la línea, entre texturas líquidas y gradientes. 

Pintar y escribir son prácticas que no siempre se distinguen entre sí, en especial en el campo de las artes visuales y la literatura, donde se desestabilizan los signos del lenguaje que obedecen a un código único. Hace cien años Kafka le decía a Milena que enviar cartas implica desnudarse ante fantasmas. La serie de pinturas en correspondencia con la tía Inés abre un lenguaje de colores y texturas. Comprende un todo con opacidades, atolladeros y silencios, como pasa en cualquier lenguaje y su ritmo, sea el del baile, el de las abejas o el del tránsito por la calle. Cartas para Inés parece preguntarnos por los modos invisibles de comunicación que viajan por ríos aéreos de influencias, nos envuelven y, a la vez, nos constituyen. 

Si bien las obras provienen de una genealogía singular, familiar y doméstica, también dialogan con tradiciones de la poesía visual en sus preguntas por el espacio, la escritura y el signo inestable: desde Un golpe de dados de Mallarmé hasta la poesía concreta de Augusto de Campos; desde las grafías plastiútiles de Xul Solar hasta la visualidad del lenguaje interrogada por Mirtha Dermisache y León Ferrari. Con todo, estas afinidades dejan ver una misma problemática: nadie sabe lo que puede un signo. Ni qué sucede cuando el lenguaje ya no representa sino que produce relaciones, se torna puente y vacío de posibilidades. Como en el lenguaje callejero y vibrante de la práctica de rayar la ciudad, escribir paredes y murales.

Los artistas que vienen de pintar en la calle, hacer graffiti y el muralismo suelen nombrar la marginalidad como condición primaria, material y antecedente. Acá los márgenes también son las orillas de lo privado con lo público, lo íntimo con lo común, lo familiar con lo social, el español con el portugués, lo figurativo con lo abstracto. No se trata de elegir uno u otro, sino de permanecer en ese intermedio donde una lengua puede desfigurarse y volver a configurarse. Provocar un agujero en la lengua.

¿De qué hablan estos lienzos poblados de jeroglíficos y señales incomprensibles? Tal vez de los límites de lo cognoscible, pero sobre todo de la manera en que aparece la belleza. No cuando el sentido se vuelve transparente, sino mientras está en elaboración. La respuesta está en frecuentar un tiempo sin límites —o un límite sin tiempo— dentro de la suspensión de una práctica: sea pintar, escribir, coser, bordar… En todos los casos, es un hueco por donde indagar en lo que no sabemos. Un salto de atrevimiento a la aventura que poco le debe a la utilidad o funcionalidad. 

A veces, con las muletillas de ciertos discursos petulantes que se sostienen en el ámbito artístico, se desatiende a esas modulaciones más sutiles del sentido y lo familiar. Del cuerpo y la historia encarnada. También se tiende a clasificaciones en binarismos y opuestos que, o bien no son tan distantes o, al menos, se definen por sus interlocuciones y espacios entremedio. En este sentido, Cartas para Inés desplaza la atención desde las biografías individuales hacia algo menos nombrado: las referencias al ambiente donde los afectos e influencias cercanas y familiares circulan y construyen. Las formas de transmisión que hacen a la cultura afectiva, creada en los bordes.

También la calle está llena de voces y signos inentendibles. Como en las cartas, es ahí donde creamos lenguajes y códigos vinculares con personas que hablan otras lenguas, con quienes no nos entendemos del todo. Hay otro tiempo-agujero-intervalo-signo donde habitar y practicar códigos distintos, sin necesidad de entender o clausurar un sentido. Tal vez sea ese el encantamiento que nos propone Christian Riffel: recordarnos que no se trata de descifrar del todo, sino de indagar en el ejercicio compartido de una belleza singular, vincular, casera, doméstica y artesanal, como la que despliegan las pinturas de Cartas para Inés en su cuarto propio inventado en el centro de la ciudad de Buenos Aires, donde nos llegan sus hilos.

 

Christian Riffel, Cartas para Inés, curaduría de Sol Echevarría, Casa Equis (Central Affair), Buenos Aires, 24 de junio – mediados de agosto de 2026.

 

16 Jul, 2026
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