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En la película Moebius, de Gustavo Mosquera, se repite la frase “vivimos en un mundo donde ya nadie escucha”. La premisa de la historia, sin embargo, se dice por teléfono: en algún punto de la red de vías que cruzan la ciudad se perdió un subte. La película es demasiado porteña para acercarse a El efecto peculiar, de María Lobo, pero las dos tratan de lo que la novela llama un crac —un desajuste, una conexión inesperada— y en las dos importan los teléfonos. El efecto peculiar también empieza con un anuncio: el gobierno suspendió los viajes aéreos entre provincias. Que todos los caminos pasen por Buenos Aires es la versión ucrónica de una realidad centralista que le preocupa a María Lobo, como se ve en la serie de novelas El interior afuera (2018), San Miguel (2022), Ciudad, 1951 (2024) y en el reciente ensayo Tierra acostumbrada. El paisaje de provincias en el imaginario latinoamericano (2025). Más que la comprobación de una tesis, importa la alteración del tiempo-espacio y de los planes de Cibelia Ree y Charlie Wagner, que se disponían a viajar a Chaco para intentar repetir la experiencia de un viaje anterior. No es una trama romántica sino una indagación casi científica. Ree, bajista de una banda de rock, busca el efecto peculiar, que es como la cinta de Moebius, un momento en la música que permita una conexión especial.
La novela se acerca de manera progresiva a la definición del fenómeno. El efecto de esa develación es tan peculiar como la forma de enrarecer el espacio y el tiempo. Así como Ciudad, 1951 los delimitaba desde el título, esta los multiplica. El lugar es “una ciudad en el lejano noroeste”; Tucumán o el mundo imaginario de donde vienen las puertas “cowboy” que aparecen por todos lados; donde hay personajes que se llaman Cibelia Ree o Charlie Wagner. Un merecido desajuste de las expectativas sobre una ciudad de provincia y su literatura. Lo mismo con el tiempo: un futuro distópico de regulaciones estatales delirantes o el pasado de las cartas y las llamadas telefónicas que intercambian ellos y Pep, el tercer personaje de la historia.
Las cartas, sobre todo, son un viaje en el tiempo. No porque recuerden la práctica del pasado, que repiten mal —circulan dentro de la misma ciudad—, sino porque Ree revive hechos y sensaciones cuando lee. Son una forma vintage de realidad aumentada, otro efecto peculiar que conecta dos entidades separadas.
La de Lobo no es una novela epistolar. Las cartas son un tema o un dispositivo, pero los diálogos que ocupan la mayor parte del texto la hacen una novela telefónica, un género futuro con tecnología del pasado. También es una novela telefónica porque entre desconexiones geográficas y conexiones inesperadas se desliza la historia de Antonio Meucci, precursor negado de Bell en la invención del teléfono y de Ree en la búsqueda del efecto peculiar. Ella investiga a Meucci hasta que su intromisión en los diálogos coloniza una sección entera, compuesta con textos de historia de la técnica, como un marco teórico de la trama.
Los diálogos, que le dan ritmo a la narrativa de Lobo, están modelados por la comunicación a distancia en tiempos de cables. Importan las palabras, las interrupciones, el movimiento de los cuerpos independientes entre sí y de lo que dicen; no el gesto, sino la coreografía, un modo de comunicación que se dirige al público, como en el teatro. El crac es esta forma, su efecto peculiar, necesario en un mundo que no escucha.
María Lobo, El efecto peculiar, Tusquets, 2026, 352 págs.
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