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Una comadreja

Esteban Lamothe

LITERATURA ARGENTINA

¿Qué animales mata el hombre? ¿Qué animales salva? La palabra salva. A una letra de distancia, la palabra selva, donde el poema quiere que lo encuentren, entre los espíritus y las bestias, mejor que en el cielo, donde no hay nada. Los poemas de Una comadreja escapan de la nada y del todo y cuando están a punto de reencontrarlos, un corte de verso inesperado los deja pasar para ahora sí invocar las fuerzas de la sangre, del descanso de un hijo y de una duda rendida.

En Una comadreja, el debut literario de Esteban Lamothe, un libro que recorre con una voz cruda y afectuosa sus recuerdos de infancia y su vínculo con la naturaleza, hay pasajes —que es una palabra fórmula pero que tiene el brillo de lo geográfico, del laberinto y del viaje— que recuerdan las palabras que cita Laurie Anderson de la muerte de su madre que metaforiza la de su perra: “Deciles a todos los animales. ¿Es un peregrinaje? ¿Hacia qué?”. Lamothe escribe poemas en los que la disposición hacia los animales se mueve entre aniquilarlos y querer ser ellos, así como ocurre respecto de los DJ en las pistas de baile hostiles. 

Podría decirse que este libro pregunta a Dios si es posible amar a los animales y comérselos. O si es posible ser comido por los animales y esperar en la noche del porvenir, en el mismo sentido en que un padre reencarna en una comadreja, en el sentido en que una madre y una comadreja entran a tratar sus dolores hasta confundirse una con otra. Pero si, como a Fabián Casas, se nos ocurre pensar que “nuestro gusto es algo que se interpone en lo que intentamos conocer”, la pareja amar-comer queda espolvoreada en la llanura del intento.

¿Qué clase de ser vendrá después del último hombre? La repetición sostiene el asombro. La sensorialidad —las trompadas en la cara en la escuela, los perfumes de una familia ajena— aterriza. El itinerario de este poeta traerá justicia por añadidura, con acertijos sin desciframiento, como si algo propio siempre quedara afuera. Las imágenes construyen la vida de los hombres que están en crecimiento, en cualquiera de sus acepciones. Crecer es crudo como la carne o la ironía. También es dulce como un perdón que contiene crueldades transmutadas o que quedan allá atrás. 

En este mundo entre Florentino Ameghino y la gran ciudad, un cantor fabrica su territorio movedizo donde los que saben son los otros, y acaso los mayores otros sean los animales, cuyo sacrificio a su vez ofrenda a los humanos: “maté muchos chanchos, patos y gallinas / maté un cordero de noche / […] Metí a mucha gente en problemas”. La caza es razón de agradecimiento inexplicable, mientras que los problemas vienen del legado de la belleza maldita y se transforman en una herencia divertida y aliviadora. El ómnibus, la silla Colombraro son los escenarios del tránsito en los que se espera la cura.

Camuflada con el alivio después de los placeres, leemos la lengua del último hombre, agotado, en la que la erótica, la musicalidad y la pequeñez empiezan a ser absorbidas y deformadas por el mundo del superhombre: no un hombre superior sino uno que despierta las potencias que lo componen. Su animalidad, su memoria borrosa, su caricia, su brutalidad, sin saber quién es. En Una comadreja, los poemas se enganchan incisivos (“porque yo / voy a agarrar todo”) al carácter fundante de los carneos en el pueblo y su familiaridad con el tacto humano, al envejecimiento como disposición, a las máscaras de las fiestas, a la rusticidad entre los amigos. Estos elementos, como en el Zaratustra todas las cosas, buenas, malas y maravillosas, se congregan en la nave para cantar con los pies ligeros. 

 

Esteban Lamothe, Una comadreja, Caleta Olivia, 2026, 70 págs.

2 Jul, 2026
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