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El 24 de agosto de 2006, la Unión Astronómica Internacional degradó Plutón a planeta enano. Yamila Bêgné escribió una novela sobre otro robo planetario, ligeramente anterior y menos público: el de Eris y Disnomia. La música de las esferas empieza con esas palabras, que son un enigma y un anticipo de la lengua que habla el texto. Nuestra narradora protagonista, Jazmín, Jaz, Jazmine, está fascinada con la dupla del planeta enano y su satélite descubiertos en 2005, hasta que él, Sebastián, Sebas, Sebástian (los nombres son importantes), los convierte en objeto de su doctorado, su posdoctorado, su carrera de investigación y ella queda degradada a satélite. Le pasa como a Plutón, pero termina en la categoría de Disnomia.
Debería haber un nombre para el tipo de violencia que ejerce el novio cuando le pide que le revise los cálculos o que le haga la bibliografía. Sebastián trata a Jazmín como a una IA, que nos preocupaba poco en 2015, cuando empiezan a terminarse la relación entre ellos y la de ella con Eris y Disnomia.
Narrar esto es el plus de la novela en el territorio de la narrativa de violencia y/o separación. No sólo darle entidad, sino elevar una forma muy específica de maltrato a la categoría de lo que reclama venganza. En 2025, cuando empieza la novela, Jazmín, como la diosa griega que le da nombre al planeta enano, siembra la discordia. No intenta recuperarlo a él, sino los tres cuadernos con sus notas sobre Eris y Disnomia que él le pidió prestados y nunca le devolvió. Después, intenta recuperar su propio estatus de planeta autónomo.
La diferencia entre lo que ellos dos hacen con los objetos celestes que los fascinan puede ser un problema si se piensa en la novela en clave de género. Él escribe papers científicos y almacena datos en una Mac; ella hace anotaciones y pega recortes de diario en cuadernos forrados con papel araña y construye réplicas de Eris y Disnomia con papel de aluminio. En cambio, si se relega el tema, estas peculiaridades entrañables pero poco científicas son las cosas de las que está hecho el personaje: atributos y gestos antes que datos y declaraciones.
La ciencia es ocasión de otro hallazgo de la novela: más que el traslado de los términos de la astronomía a la cotidianeidad (edificios que son cuboides o poliedros, destellar, desorbitarse), más que las miradas al cielo en busca de la Luna y de Alpha Centauri (para comprobar que los astros tiritan azules a lo lejos, como en un poema de Neruda), algunos lugares y una forma de la aventura. En la gran escena de venganza, Jazmín entra por la fuerza en la oficina de Sebastián: “Entré, hurté, escapé”, dice, casi como Julio César. Perseguida por trabajadores de seguridad, se sube a un colectivo a punto de arrancar, como una Indiana Jones en Ciudad Universitaria.
El conflicto sentimental se eleva a aventura científica; una travesía que ocupa la noche del solsticio de invierno de 2025 y transforma la ciudad de Buenos Aires. Los lugares se enrarecen porque les faltan nombres —los bosques, sin Palermo; la avenida de librerías y pizzas, la calle de los instrumentos— o porque ocupan los bordes de la trama urbana y de la literatura —la Facultad de Ciencias Exactas, el Planetario—. También porque todo se vuelve extraño en la mirada de Jazmín, miembro de una población de objetos de alta excentricidad, como Eris, según su clasificación astronómica: planetoide, vengadora.
Yamila Bêgné, La música de las esferas, Omnívora, 2026, 128 págs.
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