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Es difícil pensar en una estrategia de prensa tan elaborada que incluya una remontada épica en una semifinal del Mundial de fútbol, una bandera pintada en un hotel y transformada pocas horas después en ícono nacional, un conflicto geopolítico de escala global y una serie de anuncios comunicados en cadena nacional por un presidente oportunista. Si tomamos estos hechos como una bendición del azar antes que como una campaña premeditada por un film independiente, el viento de cola con el que llega Los vencedores a los cines argentinos (a algunos) resulta un acierto de la fortuna, porque, en medio de una ola nacionalista malvinera que, como pocas veces, sucede lejos de un 2 de abril, el documental de Pablo Aparo trae una oportunidad única de ponerles “cuerpo” (y personas) a las islas más mentadas en la historia nacional.
La película empieza con un tono de denuncia en unas placas sobreimpresas que persiguen fines muy concretos: por un lado, informar a los extranjeros que puedan verla en un festival acerca de “la cuestión Malvinas” y, por el otro, dejar sentada una posición clara en torno al reclamo de la soberanía argentina, lo que será una declaración de principios ante los isleños y un recordatorio para el público argentino de que el director/protagonista defiende la causa. Porque lo que sigue quizás sea algo incómodo de ver para el público argentino. Ya el propio contraste entre la primera escena, donde se muestra la experiencia de realidad virtual Pisar Malvinas que atrae visitantes en distintos municipios del conurbano bonaerense y el hecho de efectivamente pisar Malvinas, como hace el director en la toma siguiente, es elocuente.
Ya en las islas, la cámara encendida en modo testigo es el único recurso que tendremos para saber más sobre Malvinas, para imaginar qué significa pisar esa turba que emerge en el océano Atlántico desde la plataforma continental americana. No hay más sobreimpresos, ni para indicar quiénes son los entrevistados ni dónde se está filmando, y ni siquiera se precisa la temporalidad: una película filmada en tres viajes distintos con estadías que, en total, sobrepasaron los ocho meses, según declaraciones posteriores de Aparo, parece suceder en algunas semanas a lo sumo.
Si las placas del comienzo destilan cierto tono patriótico (se dice, por ejemplo, que las islas están a trece mil kilómetros del Reino Unido y a “sólo” quinientos de la costa argentina), lo que viene después se acerca más a un clásico relato del “escuchemos las dos campanas”. Las voces de los isleños se suceden en distintos escenarios, con un formato típico de entrevista, aunque con la cámara alejada, mostrando el micrófono, en tomas que a veces rozan lo burlesco, como cuando un malvinense interrumpe a un entrevistado para comentarle que se habían llevado una torta a medio cocinar a la casa de un vecino porque se les había acabado el gas. Los relatos no sorprenden demasiado, pero a la vez son necesarios para un público argentino que se obstina en pensar a los isleños como meros invasores, o una simple población implantada a ser extirpada cuando se logre el pleno ejercicio de la soberanía argentina sobre las islas. Sin embargo, cuando la película parece perderse en un debate político clásico, escuchamos la voz del director por primera vez, preguntándoles a distintos entrevistados si creen que él podría ir al “camp” a ver a Matthew. Entre las muchas caras de temor, destaca la del oficial de policía, que es contundente: “No sé si volverías vivo”. Y allí la película se pone en acción.
Matthew, un solitario hombre de campo conocido por su posición “antiargentina”, con una novia chilena que va y viene, se muestra hosco y hostil, avisa que tiene muchas armas y deja en claro que es poco lo que tiene para hablar con su interlocutor. El resto de la película se centra en la relación personal que se va tramando entre los dos, una relación entre dos hombres que por momentos son apenas dos tipos solos en medio de la nada intentando reparar un tanque para volver a tener agua corriente en la casa y, en otros, son cada uno la encarnación de una nación: mientras Aparo siempre encarna a la Argentina, Matt oscila entre ser británico e isleño, pero va quedando claro que la identificación con la vida en las islas es la que verdaderamente pesa.
En esa relación personal parece jugarse la idea de nación. Si, tal como sostiene Benedict Anderson, las naciones no son más que comunidades imaginadas, con sus historias, relatos y símbolos comunes asociados a un territorio, es innegable que una parte indisociable del ser argentino es reclamar la soberanía de las islas Malvinas. Del mismo modo, de una población total de tres mil quinientos – en su mayoría extranjeros radicados –, hay mil quinientos “nacidos y criados” en las islas que forman parte de un legado que se remonta a 1833, con otra historia, otros relatos, otros símbolos, pero asociados al mismo territorio. ¿Quién le va a decir a Matt, que vivió la guerra en carne propia, que esa no es su tierra? ¿Cómo Matt puede pretender que Pablo cese su reclamo de soberanía, si es una parte indisociable de su identidad? El solo hecho de que se conozcan, se vuelvan amigos, aprendan la historia desde el otro punto de vista, puede ser una forma de tender un puente, de iniciar un diálogo. Es cierto que el diálogo no resuelve el diferendo, pero ¿sería posible algún tipo de avance sin diálogo alguno?
La posición que no aparece ni en la película ni en el diálogo es la británica. ¿Qué lugar ocupan las islas en la narrativa maestra de la nación inglesa o del Reino Unido? Matt lo dice con claridad: cuando la Argentina ocupó militarmente las islas, muchos británicos creyeron que las Fuerzas Armadas argentinas habían invadido las Falklands escocesas. En la vasta historia de ese país, las Malvinas son, en el mejor de los casos, una nota al pie, y su relevancia no es identitaria, sino geopolítica. Tal vez la película pueda servir para imaginar cómo tender nuevos puentes con un pueblo con el que compartimos territorio en nuestra propia identidad, y desafiarnos a que podamos reescribir nuestras respectivas historias, en las que eventualmente exista una posibilidad de que los isleños dejen de vivir bajo la constante amenaza argentina y de que los argentinos efectivamente puedan ejercer la soberanía en su territorio.
Los vencedores (Argentina, 2026), guion y dirección de Pablo Aparo, 96 minutos, MALBA, sábados de septiembre a las 22.
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