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En el contexto de un país que insensatamente insiste en no enmarcar las obras de sus poetas con el cuidado que se merecen (¿cómo no tenemos una Poesía completa del porteño Baldomero Fernández Moreno, cómo no tenemos una Poesía completa del cordobés Alejandro Nicotra?), el trabajo que, lideradas por Sergio Delgado, vienen realizando conjuntamente la Universidad Nacional del Litoral y la Universidad Nacional de Entre Ríos hace más de treinta años con la obra de Juan L. Ortiz es tan ejemplar como disfrutable, y acaba de sumar un nuevo capítulo feliz.
Recapitulemos. En 1996, la Universidad del Litoral publicó la Obra completa de Juanele, en un solo volumen, violeta, de más de mil páginas. Se presentaba la serie de los trece libros publicados por Juanele en vida, más poemas inéditos, otros textos variados y un aparato crítico muy útil para entrar en la obra. Fue un paso decisivo para poner la poesía de Juanele al alcance de toda una nueva generación y para que se consolidara como una de las más importantes de la poesía argentina del siglo XX. Antes de eso había varias antologías disponibles, pero acceder a todos sus libros era casi imposible.
En 2020 se dio otro paso fundamental: una nueva edición, a cargo ya de las dos universidades y en dos tomos, de la Obra completa (un tomo rosa, el otro dorado, por el poema de Juanele que empieza: “Rosa y dorada / la ribera…”). El primero volvía a reunir la poesía publicada, más los poemas inéditos escritos a partir de 1971, agrupados orgánicamente en un decimocuarto nuevo libro intitulado A la orilla del aura; el segundo tomo, por su parte, traía el resto de su obra (traducciones, poemas dispersos, ensayos literarios, correspondencia) y un admirable aparato crítico, con una minuciosa cronología, notas explicativas, ensayos sobre aspectos puntuales de la obra, etcétera. Esos dos tomos fueron y son claves para poder adentrarse a fondo en la poesía de Juanele Ortiz, que, como toda poesía genuina, funciona en primer lugar a un nivel inmediato y al mismo tiempo admite ser sondeada inagotablemente.
Esas dos ediciones de la obra completa fueron y son, repito, fundamentales, pero no dejan de tener un inconveniente: se trata de volúmenes muy corpulentos. O sea: perfectamente disfrutables para el estudio moroso, para ser leídos con devoción en casa, pero es imposible trasladarlos, llevarlos en nuestro morral por la ciudad para leer en el colectivo, en una pausa del día… Y se pierde además, inevitablemente, la personalidad individual de cada libro, que queda como indiferenciado en el conjunto… Como la de Ortiz es una poesía que gira con un tono muy consistente alrededor de los mismos temas, la personalidad de cada libro no es quizá un elemento decisivo, pero sí hay algo que en la desmesura de la obra reunida se resiente: el estilo de Juanele Ortiz es siempre muy calculadamente difuminado, siempre más sugerente que concreto, y esas características, que en un libro individual acotado funcionan bien, en la obra completa pueden dejar una imagen desvaída de su fuerza.
Ahora, en esta edición de la obra poética completa, nuevamente a cargo de las dos universidades litoraleñas, la propuesta consiste en editar los catorce libros de poesía de Juanele de manera individual. Los dos primeros títulos (no se respeta el orden cronológico de la escritura) son La mano infinita y El Gualeguay. Cada libro tiene un prólogo (que en el caso de La mano infinita es de la poeta y cineasta santafesina Marilyn Contardi, quien comparte con gracia algunas formas de dirigir la atención para poder entrar en la poesía de Ortiz) y después de los poemas vienen las excelentes notas de Sergio Delgado, que ya existían en las ediciones de la obra completa, aunque ahora ampliadas brevemente: por ejemplo, si en la edición en dos tomos de 2020 se transcribían algunos párrafos de la carta que con motivo de La mano infinita le mandara Carlos Mastronardi a Ortiz, ahora la carta aparece completa.
Leer con ese marco amigo este libro de veinte poemas es una experiencia que no hay que perderse, una experiencia, como la mano del título, infinita. Está ahí uno de los poemas inigualables de Ortiz: “El aguaribay florecido”, está “Ella iba de pana azul…”, pero sobre todo vamos entrando, poema a poema, en una atmósfera, en una sensibilidad que nos invita a abrirnos delicadamente con ella. Admirable, una vez más, en esta relectura, resulta la inspiración técnica de Juanele, que modula su voz en un verso que es a la vez libre y una reformulación de los principios tradicionales: “El aire andaba sobre ellas como un pálido velo / y recogía su sueño, apenas sueño, y vacilaba, / ante el signo iluminado del gran río lejano / y la ceniza extática y perlada del bajo…”.
Juan L. Ortiz, La mano infinita, prólogo de Marilyn Contardi, comentarios de Sergio Delgado, coordinación de Guillermo Mondejar, Eduner /Universidad del Litoral, 2025, 72 págs.
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