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Este libro, cuyo pequeño tamaño puede engañar a simple vista, contiene varios libros, una biblioteca entera, la historia de la literatura argentina y una galería de arte. Es, en su modestia, todo un centro cultural que atraviesa los tiempos y las bibliotecas.
La idea genial que le da origen es la de armar una antología razonada con todos los poemas de la Biblioteca de Capítulo, del Centro Editor de América Latina, que tengan las artes visuales como tema o problema.
La colección reúne poemas de Orozco, Silvina Ocampo, los Fernández Moreno, padre e hijo, Yánover, Storni, Francisco Luis Bernárdez, Girri, Guido Spano, Molina, Arrieta, González Tuñón, Ugarte, Ricardo Jaimes Freyre y Portogalo. Como se ve, una reunión de voces, épocas y estilos bastante difícil de componer en concierto fuera de este librito.
Se trata de una investigación que se apoya en la obra monumental de Boris Spivacow, dueño y alma mater del Centro Editor de América Latina, personaje mítico del mundo de los editores e imprenteros, que, como sostiene Debray, constituyen la figura clave de la cultura letrada: el “proletario letrado”. La épica cultural de Spivacow llevó a las zonas más populares de la cultura y a las librerías más recónditas obras que compensaban la falta de calidad material (hojas pegadas sin encuadernación, pésimo papel, tinta que se corría) con la insuperable calidad y novedad de las selecciones, prólogos y obras que eran lanzadas al escrutinio público. En muchos casos, se trataba del canal mediante el cual la poesía más contemporánea extendía su alcance hasta un público que solo gracias al Centro Editor podía acceder a su novedad. Aquí, una de las tantas derivaciones de su obra.
El género de esta colección de poemas, si cabe la palabra, es clásico, pero los siglos se encargaron de revitalizarlo y de darle nuevas formas. La écfrasis, como instrumento de la retórica o de la poética, puede haber tenido orígenes remotos, pero su funcionamiento ha cambiado con los años, desde la mera confrontación entre las disciplinas del arte hasta convertirse en punto clave para reflexionar sobre el arte en general. Entre los poemas están los que se entregan a la écfrasis desatada, los que observan la relación entre el artista y su materia (a veces espejándose en su trabajo), los que quieren reflejarse en las dificultades de la expresión y las batallas que hay que librar. Pero también aquellos en los que el arte es apenas una excusa para plantear una visión del mundo (como es el caso del poema de José Protogalo) y, por fin, aquellos en los que se busca desentrañar la relación entre el artista y la sociedad que los observa, los juzga, los consume.
Este libro no es más que una puerta abierta hacia el infinito que sin dudas dejaron sin cerrar, para que todos puedan entrar, el romanticismo alemán y el idealismo trascendental de inicios del siglo XIX: el arte que habla del arte, que reflexiona sobre el arte en el arte y así indefinidamente. Un material que hace un uso potenciado de la capacidad de todo poema de plantearse, al mismo tiempo, como un hecho expresivo que expone el universo de emociones del poeta y como un momento crítico de la cultura que hace del poema el instrumento de la reflexión. El pensamiento estético sobre las relaciones entre el medio verbal y el plástico en el arte antecede al Laocoonte de Lessing, pero sin dudas tiene en el romanticismo alemán un momento de inflexión del que casi es imposible salir. Quizás porque la tentación del poeta de entregarse a un objeto que ya está estilizado, “incorporado a un discurso”, trabajado, sea demasiado grande como para sustraerse a su magnetismo.
Cada poema de la antología está precedido por una introducción que lo instala en su lugar y su tiempo, habla de su autor y de su vínculo con la obra que aparece en el poema. Y allí se encontrará desde la reflexión sobre el arte como instrumento y fundamento de la revolución en Alfonsina Storni, hasta el diario del viaje iniciático por Europa del intelectual latinoamericano en César Fernández Moreno. De la descripción del estado emocional de una artista (Francisco Luis Bernárdez hablando de la obra de Norah Borges) hasta esas écfrasis oscuras e hipnóticas de Alberto Girri. Este último ocupa un lugar especial justamente porque el trabajo de puesta en escena de la obra de arte es uno de los problemas fundantes del autor, cuya obra está marcada por la interiorización reflexiva de la propia acción de escribir. El resultado es una selección de catorce poemas pequeña, pero tan significativa como para narrar, gracias a ella, todo el edificio de la historia de la poesía argentina del siglo XX. El conjunto recuerda a San Jerónimo, que recomendaba no menospreciar los objetos pequeños que permiten que se mantengan en pie las grandes cosas.
Belén Coluccio y Juan Cruz Pedroni, El dibujo es el poema. Poemas sobre artes visuales en la Biblioteca Argentina Fundamental, Fadel & Fadel, 2026, 140 págs.
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