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La ficción calculada 2

Luis Gusmán

TEORÍA Y ENSAYO

Aunque se concibió primero como una reedición de La ficción calculada, aparecido por primera vez en 1998, Gusmán confiesa en el prólogo que el proyecto fue transformándose hasta convertirse en otro libro que repetía algunos artículos, restaba otros y sumaba materiales nuevos, entre ellos, el análisis de Historia del dinero (2013), de Alan Pauls, el de El beso de la mujer araña (1976), de Manuel Puig, y un muy breve comentario a los tres prólogos necesarios para la salida, en la década del setenta, de tres libros, a esta altura, fundacionales: El fiord (1969), de Osvaldo Lamborghini, El frasquito (1973), del propio Gusmán y Cuerpo sin armazón (1970) de Oscar Steimberg. Esta repetición y diferencia del mismo libro no hace otra cosa que poner en evidencia el movimiento dentro de la obra del propio Gusmán: la necesidad de marcar una distancia tajante entre el escritor de El frasquito y el que vendría después, argumentando en cada entrevista que lo que se podía leer en esa obra rupturista eran las limitaciones de un escritor que todavía no tenía todos los recursos a su disposición. Por eso esa insistencia en revelar el método, en hacer evidente que el ejercicio de la lectura crítica depende de un acuerdo con ciertos modos de lectura, es mostrar que, ahora sí, se sabe lo que se hace.

¿Cuál es el “método”, entonces, en Gusmán? La prosa fragmentaria tiende a insistir en detalles y a articularlos, progresivamente, en lógicas retóricas que provienen, en alguna medida, de ese maestro estilístico que fue Ramón Alcalde, nombre que también invoca a otro, mucho más mencionado en el libro: el de David Viñas. Pero “método” es también una palabra que sirve tanto para caracterizar a la crítica como para señalar, lateralmente, la pasión psicoanalítica: por eso, el fragmento funciona como intervención oportuna de una “lectura flotante” y resulta condensación retórica que, al mismo tiempo que señala una figura, impone otra. En La ficción calculada 2 insiste también esta idea de la crítica como traducción, como pasaje de un discurso “A” a un discurso “B”, que invierte en espejo los procedimientos de lo primero. Por eso, Gusmán aborda de manera mínima el problema de la traducción (sobre todo, en el artículo “Historia del dinero”): su propia escritura quiere marcar el pasaje del barroquismo criptocatólico del joven al psicoanálisis profano del hombre maduro, Graham Greene mediante, sin perder, digamos, lo esencial. Declarar una muerte es, también, leer una tumba: las operaciones de lectura de Gusmán parecen profanar tumbas, escrituras verticales como la sentencia que inicia Facundo hasta el fantasma de Rosas del final, con el orientalismo y el propio Mansilla como mediadores. Y es que si hay una figura que parece concentrar todas las pasiones del lector Gusmán maduro, no es ni la metáfora freudiana ni la insistencia literal, en definitiva, sino la compulsiva figura de la idolopeya.

 

Luis Gusmán, La ficción calculada 2, Ediciones Godot, 2015, 232 págs.

11 Feb, 2016
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