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El alfabeto natural

Pablo Gianera

TEORÍA Y ENSAYO

En su ensayo titulado La transitoriedad (1915), Freud cuenta que, caminando por un bosque con Rainer Maria Rilke, pudo ver cómo al poeta la contemplación de unas flores que adornaban el costado del camino le producía un profundo recogimiento, un sentimiento de dolor cuando nada a simple vista parecía justificarlo. En ellas, antes que lo bello natural, Rilke presagiaba ya la llegada del invierno. Más allá de la afectación propia del poeta, Freud leía ahí nuestro apego a la caducidad, nuestra insana predisposición a ahondarnos en el tiempo como queriendo resaltar que la cultura nos ha otorgado un don y cómo ese don se transformó en un látigo. Tal vez ese don, tan preciado y tan detestado a la vez, sea el que nos permita hacer que el mundo una y otra vez ingrese en la historia, abandone nuestros sentidos y se vuelva la herida de palabras con que nos consolamos al instante. Pablo Gianera comienza su libro refiriendo esa anécdota, pero la refiere dentro de la nebulosa del anonimato. Acaso porque, en tanto que ejemplo, importa lo que sigue a título de ilustrar la premisa que justifica su ensayo: “El paisajismo hace de la naturaleza historia. Es por él que lo natural se vuelve histórico”. A partir de aquí, cualquier cosa que miremos no pertenecerá a nuestro cuerpo, no se dará para nuestros sentidos en el espacio que habitamos, sino que nos será robada por el tiempo y devuelta de algún modo envejecida.

El ensayo de Gianera es fabuloso, ya que la corrección y el atino de su escritura no hacen más que volverlo en su conjunto por demás sugestivo. ¿Cómo no pensar en ese hiato hacia dentro del paisaje que produce toda la poesía moderna? Habría entonces que tener en cuenta que los orígenes de la pintura de paisaje se corresponden con otras artes, donde se hace evidente señalar que la flor de Novalis —suerte de armonía, suerte de música, y por lo tanto arte sin pasado— no se alcanza, ya que carece de lugar y está lejana en el tiempo. “El árbol, la ladera, el rayo de luz suscitan el recuerdo, y viven a la vez en él; son un oráculo dirigido al pasado en el que cada formación de nubes es una escritura misteriosa”. En esta cita de Müller el pasado del arte regresa, a diferencia de como lo hace en Hegel, como la respuesta que los románticos querían. Con esa escritura misteriosa, con ese alfabeto que es invención pero que deriva de lo natural aun cuando lo postergue, es que “la belleza artística es una tentativa —a veces gozosa, a veces desesperada— de acortar esa lejanía”. Sin embargo, esa lejanía, antes que por una presencia, se acorta por un recuerdo. ¿Es entonces la belleza algo más bien pasado y no algo ya presente?

El ensayo de Gianera parece girar alrededor del problema de lo bello y la belleza —en ocasiones anteriores su escritura así lo venía haciendo—, pero dando un paso más allá. Aquí se suma un nuevo problema: el sentimiento, esa especie de licencia para poseer el mundo en virtud de una exclusividad que nos distingue y nos condena. Sin él, el dolor en el arte sería imposible, estaría casi excluido de la representación por el simple hecho de no ser natural, por ser justamente resultado de nuestra entrada en la historia y de nuestro abandono de la naturaleza. Pero sin sentimiento, sin “la subordinación de la belleza a quien la percibe”, y aun corriendo el riesgo de “hundirnos en la ciénaga incierta del gusto”, sacrificaríamos la memoria, el recuerdo en tanto que goce, el dolor mismo en tanto que escuela de todo aprendizaje sublime. Perdida en lo lejano, en ese mar donde el sentimiento se ahoga llegando justamente a otra cosa, la belleza natural parece asegurarnos que su extinción permanece más allá de esa lejanía, en un reino donde la naturaleza no puede decirnos nada porque justamente su alfabeto carece de palabras.

 

Pablo Gianera, El alfabeto natural, Adriana Hidalgo Editora, 2025, 44 págs.

20 Ago, 2026
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