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El nombre y la voz

Nicoletta Di Vita

TEORÍA Y ENSAYO

En el libro IV de su Metafísica, Aristóteles sostiene que el verbo ser se dice de muchas maneras, y de esa posibilidad deriva sus célebres categorías. Algo puede ser al modo de la sustancia o del accidente, como potencia o en acto, como verdad o falsedad. Sin embargo, entre todos esos usos, uno es el principal y permite que los demás, precisamente, sean: cuando refiere la sustancia y la esencia de las cosas. Se diría que esa indagación apasionada por circunscribir el hecho ontológico, así como la persistente búsqueda de un fundamento sobre el que edificar un conocimiento verdadero, son las grandes herencias que ha legado el pensamiento griego al mundo occidental.

En El nombre y la voz. Para una filosofía del himno, la filósofa e investigadora italiana Nicoletta Di Vita se adentra en una profunda y erudita arqueología del himno, el antiguo canto en honor a los dioses. Desde los estudios literarios, el himno ha sido considerado como la forma poética cuya característica central es elevar una alabanza al dios. Pero esa categorización, señala Di Vita, parte de un punto de vista sesgado: es consecuencia de haber observado el himno por lo que ha llegado a ser en lugar de interrogarse por lo que lo ha originado. El himno no es una forma lírica más (un género entre otros, como lo sería también el lamento elegíaco). Como forma cristalizada, es la última fase de un proceso originario mucho mayor ligado, por su naturaleza, al nacimiento de la filosofía. El verbo “himnodiar” habría significado, en sus inicios, el acto de nominar las cosas, de modo que se ubicaría para la tradición griega a medio camino entre la poesía y la filosofía. 

Lo que el poeta lleva a cabo al enunciar un himno no es un mero proceder retórico. Concebirlo de ese modo sería malentenderlo. El encomio a los dioses, que es el contenido característico del himno, habría expresado originalmente la celebración por la posibilidad de darle nombre al aparecer del fenómeno, por percatarse quien lo enuncia de que el mundo puede decirse como lenguaje. Es la forma poética, pero no en tanto esta o aquella forma genérica, sino en tanto forma lingüística que puede nombrar y volver inteligible el mundo, captar lo divino para permanecer en relación con ello a través del discurso. “Himno es el nombre con que los antiguos designan el genérico, en sí mismo inasible, darse del lenguaje poético; y, al mismo tiempo, es el nombre de una configuración precisa que ese lenguaje adopta, hasta el punto de volverse convencional”. El himno está, por lo tanto, “más allá de los géneros y es su fundamento”, señala Di Vita, para quien en esa forma debe verse el acontecimiento, en el mundo griego, de “una primera apertura al decir”. 

Volver sobre la cuestión de la voz humana, sobre el logos que se vehiculiza en ella (a través del mero nombrar en el canto hímnico y del discurso argumentativo en el saber filosófico), es para la autora restablecer el problema original de la metafísica: “el hecho de que el ser se diga y de que el decir se refiera al ser”. No podemos definir de modo apodíctico por qué los discursos están emparentados con aquellas cosas que refieren y explican. Se trataría, en todo caso, no ya de superar la metafísica sino su crítica, sostenida en gran medida en el presupuesto equívoco de asignarle a la voz el lugar de una presencia plena sin poder explicar antes su relación con lo que nombra, que es su razón de ser como discurso. En la cuestión de la voz, sugiere di Vita, es donde ha permanecido irresoluble el problema fundamental de la metafísica: ¿por qué hay logos? El hecho primigenio del lenguaje no sería tanto que la voz pueda sustantivar las cosas (darles un nombre que indique lo que ellas son en su esencia), sino su posibilidad de manifestarse como invocación: una nominación sin nombre, un llamado al ser que, sin embargo, no lo sustancializa: “lo que ese nombre nombra no es más, en verdad, que lo ‘sin nombre’ de la cosa”. La posibilidad de la filosofía no debe ser buscada entonces en los casos nominativos de las palabras (la Idea); habita el lenguaje en su función vocativa: “Al llamar a un dios en vocativo, ‘Oh, Zeus’, el tema en cuestión no es una res, sino su ser llamado por un nombre, su venir a la lengua llamado por un nombre”.

El nombre y la voz. Para una filosofía del himno se inscribe en esa riquísima tradición de la filosofía italiana contemporánea que recurre a una honda erudición sobre los textos (Giorgio Agamben, Massimo Cacciari, por citar los nombres más notables), pero para expresarla no desde la aridez sino mediante la exposición de una sensibilidad o tonalidad del pensamiento. Así como los compositores italianos del siglo XX, incluso cuando abordan la música en toda su problematicidad histórica, no llegan casi nunca a excluir del todo la herencia del bel canto (pienso, por ejemplo, en la música de Giacinto Scelsi), la tradición itálica de la filosofía hace del pensamiento una especie de geografía: traza complejos mapas en los que la cuestión estética se hace del todo indiscernible de la ontología.

 

Nicoletta Di Vita, El nombre y la voz. Para una filosofía del himno, traducción de María Teresa D’Meza Pérez, Adriana Hidalgo editora, 322 págs.

27 Ago, 2026
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