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“A vivir, por definición, no se aprende”, señala Jacques Derrida en el exordio de Espectros de Marx. No al menos por uno mismo, sino solo en el intercambio con el otro, dice también, y por experiencia de la muerte. En una temporalidad signada por la catástrofe, retomar esa propuesta —la de colocar la muerte y la finitud en el centro de la escena— podría constituir un punto de partida para pensar la crisis planetaria contemporánea. Es precisamente esa relación entre experiencia, catástrofe y formas de vida la que atraviesa el último capítulo de Momentum. Arte y ecología en la América Latina contemporánea, en el que la filósofa y curadora Helena Chávez Mac Gregor recupera la pregunta por la estética —y por la temporalidad— en el tiempo presente, cuando tiene lugar la sexta extinción masiva de especies: una pérdida acelerada de biodiversidad y de formas de vida animales y vegetales que amenaza las condiciones de existencia planetaria. A diferencia de las grandes extinciones anteriores, esta no es consecuencia de fuerzas extraterrestres ni de catástrofes volcánicas, sino de la propia capacidad destructiva del hombre y de las transformaciones tecnológico-productivas desplegadas durante los últimos doscientos años, en el inicio de lo que se ha dado en llamar el “Capitaloceno”. Ese proceso histórico constituye el horizonte material de nuestra crisis contemporánea. El interrogante es entonces qué formas estéticas emergen para dar cuenta de este tiempo y contribuir a imaginar modos de vida capaces de atravesarlo.
Después de su aparición en inglés a finales de 2024, Momentum. Arte y ecología en la América Latina contemporánea tiene ahora su edición en español como resultado de una colaboración entre Caja Negra Editora y The Museum of Modern Art (MoMA), particularmente a través del Instituto Cisneros del museo, gracias al trabajo editorial de María del Carmen Carrión, Inés Katzenstein y Madeline Murphy Turner. El libro reúne dieciséis capítulos escritos por críticos, investigadores y curadores, que se organizan en tres secciones: “Pensamiento interespecies”, “Disputas territoriales y legados coloniales” y “Propuestas para el futuro”, donde se despliegan enfoques históricos y contemporáneos sobre las relaciones entre arte y ecología en América Latina. Entre ellos, la emergencia del arte ecológico durante la década de 1970 vinculada a la noción de sistemas en el Centro de Arte y Comunicación (CAyC) en la Argentina, así como la obra de Frans Krajcberg en Brasil, en el contexto de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano, reconocida como Conferencia de Estocolmo (1972), acontecimiento que marcó el inicio de las políticas internacionales de gobernanza planetaria y monitoreo medioambiental. En este sentido, uno de los aspectos más iluminadores del volumen es mostrar cómo, en paralelo al desarrollo de nuevas formas globales de administración ecológica, también emergieron prácticas artísticas orientadas a disputar las maneras de percibir, representar y habitar los territorios.
Los ensayos dan cuenta de un tiempo sombrío pero, sin caer en enfoques catastrofistas, proponen pensar cómo América Latina ha sido producida e imaginada como un territorio extractivo: desde la conquista y las expediciones estético-científicas de artistas, científicos y viajeros, y la persecución del oro, hasta la actual extracción de litio, cobre y tierras raras, recursos estratégicos para la llamada transición energética. Indagan también en los modos en que, desde ese mismo sur imaginado a un tiempo como reserva natural y territorio extractivo, emergen otras formas de relación con la tierra y de producción de sensibilidad, donde las prácticas artísticas operan como espacios “inespecíficos” —retomando el concepto de Reinaldo Laddaga— capaces de articular saberes, experiencias y formas de vida heterogéneas. En esa capacidad de imaginar vínculos y modos de coexistencia alternativos radicaría, para Graciela Speranza, una característica distintiva del arte latinoamericano. En sus términos, el arte latinoamericano “ha explorado nuevas formas de conexión y coevolución multiespecie, como un modelo propio de relaciones efectivas de hibridación, cohabitación e interdependencia con el otro: humano y no humano, orgánico e inorgánico”. Esa dimensión experimental y postcatastrofista reaparece en el capítulo que Jens Andermann dedica al colectivo argentino Ala Plástica y al brasileño Thislandyourland, donde propone la noción de “alianzas de sobrevida” para pensar formas de resistencia, tecnologías de regeneración y modos de producción simbólica capaces de habilitar nuevas acciones y horizontes de experiencia.
Momentum muestra así cómo diversas obras y proyectos artísticos latinoamericanos funcionan como disputas epistémicas capaces de reconfigurar los territorios, producir nuevas cartografías y habilitar relaciones que desarticulan las formas de abstracción espacial impuestas sobre esos mismos espacios. La cuestión ecológica emerge, de esta manera, en el marco sobre disputas y concepciones de la tierra y puede ser pensada como herencia y continuidad de una herida continental. Quizás la asunción de ciertas herencias críticas permita pensar en prácticas artísticas que logren dar cuenta de un mundo en crisis para producir nuevos imaginarios, pero también para salir de la propia crisis en la que el arte contemporáneo parece estar inmerso.
María del Carmen Carrión, Inés Katzenstein y Madeline Murphy Turner (eds.), Momentum. Arte y ecología en la América Latina Contemporánea, traducción de Javier Mattio Robin, Caja Negra Editora / MoMA, 2026, 424 págs.
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