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El surrealismo y el objeto

ARTE

La exposición El surrealismo y el objeto tiene el mérito de recordarnos que los objetos surrealistas son eróticos por antonomasia. Por un lado, el erotismo es el motivo menos refractario y más frecuente en ellos. Por otro, es erótica la orden desaforada que excita el sentido y desborda la función convencional de “la cosa”. Los maniquíes que oficiaron de vedettes en la Exposición Internacional del Surrealismo de 1937 son paradigmas de ese goce a la vez sexual y artificial, de ese universo de objetos por momentos inextricable y caótico que fue posible visitar hasta el 3 de marzo en la Galería 1 del Centro Pompidou.

Pero ¿para qué los surrealistas se obstinan con el deseo? ¿Y qué es lo que añade lo erótico a “la cosa”? Al menos tres objetos surrealistas echan luz sobre estos dos interrogantes. El primero es La boîte alerte (Missives lascives), de Marcel Duchamp y Mimi Parent, uno de los ejemplos más inteligentes de reciprocidad entre motivo y sentido erótico. A simple vista parece un buzón, porque a través de una hendija se llega a espiar (¿existe verbo más duchampiano que “espiar”?) un sobre para carta con las palabras “MAIL” y “AVIÓN” repitiéndose en los márgenes. En realidad, se trata de una caja verde y lo que induce a confundirla con un buzón es el título, un simpático juego de palabras entre “boîte à lettres” y “boîte alerte”. Indudablemente, en ese coqueteo de palabras reside la idea de la obra, que encuentra eco en un segundo enamoramiento entre los términos “misiva” y “lasciva”. Las misivas lascivas desvían la comunicación epistolar por las sinuosidades de un gasto sensual sin destinatario. La consigna, una instrucción deseante (que en el buzón ocupa el sector donde suele ir el nombre del destinatario), desencaja el sentido del sobre, la eventual carta y la boîte misma.

La boîte alerte contiene los catálogos de lujo de EROS, la Exposición inteRnaciOnal del Surrealismo de 1959-1960. El afiche de esa exposición muestra el objeto surrealista “trans” Masculin-Feminin (1959), también de Mimi Parent, un segundo objeto que denota la obsesión surrealista por el deseo erótico. Comparte con La boîte alerte un punto ciego, un núcleo de inacabamiento o postergación alrededor del cual orbita también L’introuvable (1937), de Marcel Mariën, un “anteojo monofocal” con montura de dos patillas, y cuya apoteosis es la Boule suspendue (1930-1931), de Alberto Giacometti. La Boule… es el tercer objeto paradigmático del deseo en las obras surrealistas expuestas. Básicamente, se trata de una bola de croquet atada a una tanza que cuelga del techo de un cubo de vidrio. Encerrada tras barrotes invisibles, la esfera parece deslizarse sobre uno de los filos de un objeto poliédrico de madera. Salvador Dalí la bautizó el paradigma de los objetos con función simbólica. En el tercer número de El Surrealismo al Servicio de la Revolución, la describe como “una bola de madera marcada por un ‘hueco femenino’ suspendida de una fina cuerda de violín sobre un croissant, una de cuyas aristas roza la cavidad”. La lectura de Dalí es clave: en el surrealismo, la obsesión por adosar lo erótico al objeto tiene que ver menos con la creencia en un carácter subversivo per se de lo erótico, que con su potencia irónica y, por momentos, humorística o apenas graciosa para desviar la función (nada más arbitrario que una función) hacia esa zona ambigua, flexible o plástica, de lo simbólico y lo imaginario.

 

Le Surréalisme et l’objet, Centro Pompidou, París, 30 de octubre de 2013 – 3 de marzo de 2014.

27 Mar, 2014
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