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Hijos de la Luna

Eduardo Molinari

ARTE
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En el Centro Cultural Recoleta se constela un recorrido bautizado Hijos de la Luna, título de la muestra de Eduardo Molinari, con curaduría de Javier Villa. Las líneas de fuga que se desprenden son, tal vez, infinitas, desplegadas a primera vista por un tríptico de colores organizador: negro, púrpura, rojo. Voy a recorrer una de ellas, la de los animales.

En esta línea, el Archivo Caminante de Molinari podría ser la continuación contemporánea del que enunció El Bosco en El jardín de las delicias, una pintura en la que los animales se inmiscuyen por doquier. Aquí la primera pregunta es: ¿cuánto tiempo hace que habitamos el fin de mundo? ¿Será que cada época tiene el suyo? Hijos de la Luna se inicia con el color negro; pájaros infernales, aquellos del bombardeo a Plaza de Mayo en 1955, son el sobrevuelo de la bestialidad, el anticipo de unas formas del terror que serían luego nuestra fisiología. Aquellas aves negras gigantes escupiendo la masacre son el marco de todas las formas animales de la época.

Otros animales pueblan la muestra: tigres en su versión indígena que se encuentran narrando las formas de la transformación necesaria en medio de tanta oscuridad. La perra Laika, testigo de una época que descentra la muerte y busca en el cielo aquello que no puede resolver en la Tierra. Laika, la “ladradora”, muere en órbita mientras otros tantos lo hacen en las profundidades oceánicas, como nos recuerda Molinari. Así, la distopía comienza a producir una distancia entre los referentes. La vaca se manifiesta en la muestra para dar cuenta de la organización de un territorio que dirigía sus riquezas hacia las paternidades coloniales a través de sus ríos.

El púrpura, segundo elemento del tríptico, viene a “recuperar todo lo perdido”, con formas animales que se balancean hacia el lado salvaje y contienen el apetito de una metamorfosis completa. El ser insigne del Archivo Caminante, el burro, carga en sus alforjas el deseo de soberanía e igualdad social. Si el signo de esta época parece ser una amnesia temporal, este burro apunta hacia tales ensoñaciones, se desvela por la redención, nos despierta en medio de la noche del tiempo para inaugurar un día de justicias.

En esta cara del cromatismo están también los animales mesoamericanos: el tigre, el mono. Aquello incapturable que llaman rock, elemento central de la muestra, alberga también la potencia transformadora de las sociedades amerindias. Se confunde, se fuga, dice cantando y bailando y nos convoca desde aquellos tiempos en que la humanidad y la animalidad no estaban separadas: el tiempo del mito, según Claude Lévi-Strauss. Un tiempo primordial, un tiempo de los orígenes.

El rojo, tercer elemento: una vena abierta, la de América Latina. Escapan a través de su hendidura los simios de la patria, con perdón de aquellos no-humanos que fueron germen del Homo. Ante tal barbarie, se oponen en la imaginación de Molinari las montoneras y sus continuidades, a caballo, mitad hombre-mitad equino, desde el interior de los interiores, “contra las tropas del imperialismo portuario”. “Hoy el sujeto es el planeta” reclama Molinari, ligando conquista territorial con destrucción planetaria. Apenas podemos respirar ya en el tercer lugar de este tríptico inverso (que empieza por el infierno), asistiendo a los humores de Gaia, un existente agotado de tanta desidia. En el rostro de las sociedades indígenas, aquellas que parecen haber sido el futuro de esta era aciaga, podemos vislumbrar los posibles de este presente maltrecho. Un rojo más espeluznante que el negro. Una fisio-lógica de resistencias.

Y nuevamente el negro. Como ya dije, es un tríptico bestial, uno que tiene más que tres partes porque esto es América y lo nuestro es contrarrestar los patronazgos en todas sus acepciones. Aquí de nuevo el elenco de quienes somos, perros, caballos y vacas. Vestidos o descamisados, contraparte de la ciudad civilizada. Entonces damos la vuelta y nos sumergimos en un pasillo estrellado. La noche de los misterios, un territorio indígena que puede ser germen y bandera. A través de las estrellas nos esperan la “liebre plateada”, el lobo que grita que “las decisiones verdaderas se toman de noche”, un hombre alado sobre un toro y “el cuchillo”, el jilguero de la “libertad y la emancipación”, “los hombres de maíz”, “los niños de la soja”, un camaleón que sabe que el “not an agent, el burro que sin ‘nostalgia ni pasado mejor’ comprende que la lucha aún es cruel y es mucha y, finalmente, el cabildo invadido de cuervos. El bestiario de Molinari. Todo su arsenal estético-político, ahora también el nuestro. 

Dos constelaciones más nos dan el aliento necesario para salir de este nosotros. Un Juan Domingo “yegua” que es montado por una Eva sonriente, medio pecho afuera, que nos grita “liberación o dependencia”. Una jineta que nos invita a subirnos al lomo hirsuto de la animalidad insurgente, que nos conduce alegre frente a los designios del capital. Por último, dos estrellas rutilantes brillan en el cielo de la resistencia de Hijos de la Luna. Son, tal vez, los que acompañan a este cuerpo astral que nos ha engendrado. En el cielo brillan entonces Ernesto y Eva, muy arriba, suplicándonos ser energía vibrante frente a un pasado que insiste. Nos imploran que, sin perder el amor y la igualdad, seamos piedra contra las nuevas derechas, ya no manada dócil sino fiera avanzada. Garras, pelos, patas y plumas. Nos sabemos, gracias a este bestiario, hijos de la Luna, criaturas en transformación hacia la justicia política, poética, estética y social. Una última frase del Archivo Caminante, una de Violeta Parra, que llevaremos tal vez como remera o pancarta, en la animalidad del tiempo, a la salida de este tríptico: “grita en vez de cantar, sopla la guitarra y tañe la trompeta. Odia las matemáticas y ama los remolinos. La canción es un pájaro sin plan de vuelo que [como el Archivo Caminante] jamás volará en línea recta.

 

Eduardo Molinari, Hijos de la Luna, curaduría de Javier Villa, Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires, 21 de mayo – 30 de agosto de 2026.

13 Ago, 2026
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