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¡O descifras mi secreto o te devoro!

Santiago Villanueva

ARTE

“¡O descifras mi secreto o te devoro!”, amenaza desde el título la reciente muestra de Santiago Villanueva. La advertencia de la esfinge edípica habita las entrañas de un complejo dispositivo discursivo y espacial que interroga algunos de los enigmas de ese drama trágico conocido como Arte Argentino.

Las obras de Eduardo Barnes, Enrique de Larrañaga, Raúl Rossi, Orlando Pierri, Ernesto Scotti y Bruno Venier, adquiridas por Villanueva a través de Mercado Libre, se reparten irregularmente junto con varios pares de muletas, sin epígrafes que las identifiquen, dentro del viejo depósito de Isla Flotante sumido en la penumbra. Las paredes están pintadas de color ocre. Apenas traspuesto el portón de ingreso, un busto de Eduardo Barnes confronta con el puente transbordador del Riachuelo. Más allá, un muro oblicuo secciona el espacio expositivo y arrincona varias de las obras en una composición estricta. Al fondo, en un recodo inmaculado de luz uniforme, siete columnas de texto ordenadas por tamaño y encabezadas por el título de la muestra refieren elípticamente a la obra de los artistas exhibidos. Los textos fueron escritos emulando el enérgico estilo narrativo de la crítica de mediados de siglo. Proyectan sobre las obras —desafiando la condena lapidaria de Jorge Romero Brest— la inquietante hipótesis de que peronismo y surrealismo habrían configurado un proyecto estético-político emancipatorio que fue truncado por las aspiraciones modernizadoras de la Libertadora. Completa la constelación enigmática, fungiendo como testimonio de esta arqueología poética, la reedición de “El niño en la pintura”, de María Granata, dentro de la revista Tradición, dirigida también por Villanueva.

Carlos Astrada cifró en la pampa, nuestra esfinge, el misterio del espíritu nacional. ¡O descifras mi secreto o te devoro! nos invita a preguntarnos: ¿qué secreto guarda el arte argentino? ¿Qué peligro acecha su develamiento? ¿Hay, acaso, un secreto?

Como en sus anteriores proyectos, donde interpeló las tecnologías discursivas y materiales que producen la tradición o el patrimonio, aquí también Santiago Villanueva construye un dispositivo que, encarnando parasitariamente ciertos automatismos institucionales, opera poéticamente un desvío en sus efectos de sentido. Provoca una pieza de museografía histórica en una galería del Distrito de las Artes (a.k.a. La Boca), convierte el régimen sintético y autoritario de legibilidad de las obras en un demandante acertijo, le entrega unas muletas a la pintura argentina e invita a pensar las proscripciones del pasado en los sinceramientos del presente.

Como en aquellos proyectos, la eucronía no se consume en el rescate de las tradiciones opacadas del arte nacional. Es condición de posibilidad para una “política de la inmortalidad” que interviene críticamente sobre el presente. Como sugirió Boris Groys, la práctica artística es esencialmente una competencia vampírica, inevitable y dilemática, con los muertos ilustres de la tradición, a los que se busca volver a matar y por quienes, al mismo tiempo, se espera ser reconocido.

 

Santiago Villanueva, ¡O descifras mi secreto o te devoro!, Isla Flotante, Buenos Aires, 14 de mayo – 2 de julio de 2016.

 

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