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Pacífica mordida

Marina Daiez

ARTE

Fui a visitarla dos veces y las dos veces llovía. Al entrar, me encontré con un mundo submarino, donde distintas criaturas mitológicas hablaban desde una herida distinta. Porque la muestra no expone el dolor sino la herida, el futuro. Algunas criaturas ya habían mutado y otras seguían con la herida fresquita. Otras criaturas se encontraban en manos malvadas revolviendo la herida. Pacífica mordida me recordó a un perro que me mordió en la cara a mis ocho años y después me lamió durante cuatro horas las lágrimas porque su instinto parecía haberlo traicionado.

Lo primero que se veía al entrar en la galería era una criatura-sirena gigante crucificada delante de su sombra, escapándose de sí misma, agotada, con la cabeza para abajo y la lengua para afuera, deshidratada dentro del agua. Arriba, a su derecha, un ser misterioso que vigila al que sólo se le veían los ojos, una especie de semidiós vigilante. A su izquierda, una constelación de ojos. En diagonal, un bicho marino, redondo, un poco asqueroso, que también huye de su sombra, con pezuñas, vomitando. Y enfrentado, a la misma altura que la sirena, un bicho de tentáculos y espejos engarzados. Más cerca de la puerta y más lejos de la sirena, un tótem “con pijita” (así me lo dijo Marina en un audio a las 3 am).

“Vomitando flores sobre tu piel / vomitando flores sobre tu piel / ojos que no duermen por mirar al sol / son como ventanas para el corazón / ojos que se cierran, no pueden mirar / son como una piedra, te pueden matar”. De esta muestra no te podés escapar ajeno al dolor ajeno, recibido de parte de otres y del autoflagelo; un dolor más bien ligado a lo emocional, a la carne, un golpe directo al cuerpo. Hay mucho rosa, rojo y celeste. Una pequeña muestra de que en el dolor también puede haber goce, ¿por qué negarlo? Negarlo sería como parte del dolor feo. También hay seres guardianes que acompañan con cariño, que parecen no juzgar, sólo acompañar, como en la pintura “La despedida”, donde una especie de aves protectoras rosadas y celestes y unas manos acarician y lamen una especie de hendidura, parecida a “Lamentación sobre Cristo muerto”.

Además de rituales de sanación y purga, rituales de autoflagelo, hay una escena de autodestrucción y goce que ocupa parte del salón; un almohadón lleno de restos, añicos, sobras, desechos. Como diciendo “esto que no te gusta, también existe, esto que está por partes también es parte”. Y lo acompaña una pintura de una cara, que con expresión de placer saca la lengua, pero en vez de lengua tiene una pija. Entonces pregunto: ¿este ritual también es un ritual de desempacho de pija? Hay ojos, hay cintas, hay vómitos, hay pijas, hay heridas, hay cuerpes disidentes y seres alternos. Una muestra que reivindica la cultura supersticiosa. La superstición convive con un semidiós vigilante. Me pregunto si también de lo que nos estamos curando es del falocentrismo, de la herida que deja el heteropatriarcado sobre nuestros cuerpes, nuestras mentes y nuestras miradas, que también nos vuelve hombres cis a todes. Porque el dolor que sentimos es parte del régimen de la mirada de les otres sobre nuestros cuerpes. Pacífica mordida es sumergirse en las profundidades de una herida. ¿Hay algo más incómodo que ver las cosas en carne viva?

Para terminar, quiero dejar un fragmentito de un libro que se llama Caramelos de miel, editado por Palabras Amarillas, de Constanza Romero: “Tengo problemas mentales que hacen que mi vida sea a veces un infierno y eso no le afecta a nadie más que a mí. ¿Por qué les resulta tan incómodo? A mí no me incomoda decir que mi mamá tiene hipotiroidismo. En fin, tal vez son simplemente más de mis delirios, eso es algo que incomoda. Cada vez que intento hablar sobre algo que me pasa todo el mundo trata de convencerme de lo contrario, en vez de tratar de entender qué me está pasando. A nadie le importa cómo me afecta lo que me pasa o qué tan horrible puede ser, solamente les interesa que no me pase. Quisiera que fuera diferente, de verdad lo deseo todo el tiempo como si fuera un cuento de hadas, poco puedo hacer yo para mejorar más de lo que está pronosticado. Tal vez todos me dejen un día, se cansen de tener que cargar conmigo y me abandonen, pero hasta que pase eso, probablemente lo único que tenga para exteriorizar lo que me pasa sea la escritura”. Cada une se inventa sus propios ritos sanadores. Creo que el arte sirve para sanar y para vengarse. Porque además de no servir para nada, sirve para algo.

 

Marina Daiez, Pacífica mordida, PM Galería, Buenos Aires, 18 de octubre – 23 de noviembre de 2020.

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