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La introducción

Fogwill

LITERATURA ARGENTINA

Una edición póstuma supone una alegría melancólica. Nos dice que todavía nos queda un poco más para leer del escritor que amamos —y vale la pena leer todo lo que escriben los escritores que amamos— pero nos dice también que ese escritor ya es parte del pasado, y eso nos vuelve un poco parte del pasado a nosotros mismos.

Después de la muerte de Fogwill se publicó una vieja novela perdida en 1981 (Nuestro modo de vida) y una inconclusa y magnífica recopilación de sueños (La gran ventana de los sueños). Quizás podamos esperar más rescates de sus discos rígidos o de cierta mítica bolsa llena de correspondencia, pero por ahora se nos informa que La introducción es, en todos los sentidos de la palabra, su última novela.

La introducción, como buena parte de las novelas finales de Fogwill (y, curiosamente, también como esa primera novela de 1981), es una descripción de ciertos espacios que se ofrecen para el ocio de unas clases medias o altas que parecen disociadas de toda relación con la producción. Un mundo “poscapitalista” de narradores sin sabiduría, como postula el final de La luz argentina (1983), esa novela de Aira que Fogwill se propuso continuar o plagiar varias veces. Como en el casino de La experiencia sensible (2001) o en el emprendimiento inmobiliario de Urbana (2003), en La introducción tenemos un espacio cerrado de rutinas arbitrarias: una suerte de spa y gimnasio, “Las termas de Flores” (otra vez la presencia, barrial, de Aira), improbable empresa que ha excavado hasta “la napa térmica” para ofrecer a los socios aguas calientes y vivificantes aunque con un inevitable olor a podrido.

La novela sucede hacia 2001 o 2002: la fecha puede seguirse por la presencia de piquetes en la ciudad tanto como por la cotización del dólar; Fogwill habló mucho del valor de la moneda como un problema para el realismo. Hay un personaje de unos cuarenta años que observa, clasifica y desmantela con una lucidez desolada cada una de las estructuras tecnológicas y sociales que constituyen ese espacio, con la clásica erudición balzaciana de Fogwill, que parecía conocer cada jerga profesional y cada modo de organización económica. Como se repite una y otra vez, la principal función de los ejercicios extenuantes, de las rutinas y repeticiones, es no pensar. Paradoja típica de Fogwill, el narrador llena una novela pensando en todo aquello en lo que, nos dice, no habría que pensar.

El personaje llega en taxi a las termas —después de un viaje mirando nucas, esa fogwilliana parte del cuerpo humano—, se ejercita, vuelve a su casa y experimenta el amor o su posibilidad en una coda final triste, tierna y sombría: toda la novela es finalmente una reflexión sobre los finales, de los relatos y de una vida. Como dice el prólogo, el sistema editorial tiene tres instancias: la compra, la lectura, el olvido, aunque está también la sintaxis de Fogwill, esa respiración que, confiemos, tardará en ser olvidada.

Una observación final sobre la edición. La editorial decidió tratar el libro como si no fuera necesaria alguna aclaración sobre una novela que Fogwill “corrigió hasta poco antes de su muerte” pero que fue editada sin su revisión final. ¿Cómo era el manuscrito? ¿De qué trabajo editorial fue objeto? ¿Estaba corrigiendo una novela escrita hace años o decidió en 2010 cerrar su mundo de representación en los años previos al kirchnerismo? Que un personaje vaya a “telefonear” o a tomar un “ómnibus” pueden ser lapsus o decisiones un poco irónicas de aquel escritor que se burlaba de los escritores que encienden cigarrillos y descienden de automóviles. Unos “centrífugos reboleados” pueden ser una falta de ortografía o una versión criolla del revolear. Más difícil resulta imaginar a un Fogwill obediente de la RAE, para quien el seis en números romanos está formado por “la uve y la i” pero, como dice varias veces en las páginas de La introducción, “nada se puede saber”.

 

Fogwill, La introducción, Alfaguara, 2016, 128 págs.

24 Mar, 2016
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