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CINE y TV

Hay una luz al final del túnel, y es un tren en marcha. Así se indica el arranque de Anima, el autodenominado one-reeler —particular tipo de cortometraje rayano en la comedia, forma insigne del cine mudo— dirigido por Paul Thomas Anderson, estrenado de forma gratuita en cines IMAX selectos y luego en la plataforma de streaming Netflix, como pieza complementaria al lanzamiento del álbum homónimo de Thom Yorke. En efecto, Anima viene a cimentar una serie de colaboraciones audiovisuales entre el cineasta y no sólo Yorke, sino también el resto de los integrantes de Radiohead (el director dirigió dos videos con motivo de A Moon Shaped Pool), y particularmente con Jonny Greenwood, quien ha compuesto la música de los últimos cuatro largometrajes del director. Anima es también el sello de otra relación, la de Yorke y Damien Jalet, coreógrafo que trabajó con la banda sonora compuesta por el músico para la adaptación de Suspiria (2018), a manos de Luca Guadagnino.

De atmósfera distópica y tono crispado a la vez que melancólico, las claves de esta pieza se encuentran tanto en la coreografía de los cuerpos como en la estructura narrativa y la composición referencial, que remite constantemente al homenaje fílmico. Dividida en tres secciones (cada una correspondiente a una canción, “Traffic”, “Not the News” y “Dawn Chorus”), la acción fluctúa en tres espacios: el metro, la caverna y el espacio público al amanecer. El trabajo de Jalet transforma una práctica accidental de todos los días —dormitar intermitentemente en el transporte público— en la danza moderna de un elenco de trabajadores vestidos casi uniformemente, entre los cuales el propio Yorke y una mujer (la actriz Dajana Roncione, pareja del cantante) son los protagonistas; luego de cruzar miradas, el personaje de Yorke se percata de una lonchera olvidada en el vagón, lo que detona un seguimiento extraviado, donde los cuerpos empujados por los oleajes urbanos de la modernidad se transforman en obstáculos para un Yorke que se enfrenta a la máquina con la expresividad del Charlie Chaplin de Tiempos modernos (1936) o el Buster Keaton de El loco Bill (1928), fluctuando entre la mímica adaptativa y el rechazo frenético. En una toma, de hecho, las sombras de los trabajadores que intenta sobrepasar se prolongan formando un ominoso código de barras que lo opaca.

El arco dramático se cristaliza en la sugestión de un entramado romántico entre los protagonistas, como sacado de los ensueños de Sam Lowry en Brazil (1985) de Terry Gilliam, que parece resolverse cuando ambos se encuentran en las calles adoquinadas al amanecer. En esa posibilidad de reconexión emotiva y escape en medio de una danza que hace de la fatiga diaria una sincronía en movimiento hacia el sueño, la última canción, “Dawn Chorus”, cierra circularmente la travesía visual con el primer plano de Yorke, esta vez dormitando en el asiento solo de un tranvía con el cantar incidental de las aves al amanecer. Entre las notas fantasmagóricas de un sintetizador, nos quedamos con la sensación, como pronuncia la voz exhausta de Yorke, de que nos hemos perdido algo, sin saber qué. Quizás lo que ofrece Anima es una meditación sobre la privación de tiempos vacantes, de horas de dormir y, por ende, de la posibilidad de soñar en sí en el capitalismo tardío, donde al ciudadano no le queda más que la responsabilidad de aferrarse a su “ánima” en medio del tráfico incesante, bajo el vértigo de la catarata moderna.

 

Anima, creada por Thom Yorke, dirección de Paul Thomas Anderson, Netflix, 2019, 15 minutos.

11 Jul, 2019
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