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Años luz

Manuel Abramovich

CINE y TV

Años luz es un documental sobre el rodaje de la película Zama de Lucrecia Martel. Desde su inicio, el film decide enfocarse en el personaje de la directora: la pantalla abre en blanco y muestra algunas capturas de los primeros intercambios vía mail entre Abramovich y Martel. Él propone ideas y ella responde: “Estoy a años luz de poder ser la protagonista de una película”. A partir de ahí, Años luz se propone el reto de alcanzar a Martel, acaso preguntándose si es posible ser más veloz que ella.

En la historia del cine, el documental fue siempre un discurso ampliamente debatido, que generó varias escuelas y manifiestos y sobre el que realizadores y teóricos adoptaron posturas diferentes. Todas sus vertientes, sin embargo, coincidieron en hacer visible el problema de la cámara como sujeto portador de un punto de vista, de una subjetividad. La posibilidad de capturar la realidad inauguró el imaginario documental abriendo una dicotomía entre la intervención y la no intervención de aquella por medio de la cámara y el montaje. Si bien este debate parece estar ya superado —de una u otra forma se acepta que la realidad no existe en sí misma sino a través de un relato que le da forma—, permitió plasmar una modalidad dentro del cine documental que sigue todavía vigente y que resulta fundamental para pensar esta película: la observación.

Años luz se configura a partir de una mínima intervención de la cámara frente a los sucesos que registra y de la decisión de evitar —hasta donde sea posible— el montaje entre planos, lo que resulta en escenas construidas con lo mínimo. La observación, por otro lado, apuesta a realizar un descubrimiento, a que algo ocurra delante de la cámara; algo que, aunque no sea necesariamente extraordinario, se revele exclusivamente para ella. Pero en este caso, la observación es menos una decisión del director que una imposición de Martel y de Zama. La cámara de Abramovich no se mantiene a distancia porque quiere, sino porque esa parece ser la única actitud posible ante el mundo que enfrenta, como si fuera una especie de cuerpo abyecto, constantemente expulsado de la realidad, objeto de burla entre la gente del rodaje. Aun así, las imposibilidades a las que se enfrenta la película determinan la particularidad de su revelación. Roberto Rossellini afirmó alguna vez que toda película es siempre el documental de su propio rodaje. En ese sentido, no hay otro documental sobre Zama que interese más que la propia Zama. De la misma manera, Años luz se pliega sobre sí misma, sobre los obstáculos que encuentra en su búsqueda de Martel y del personaje que ella se niega insistentemente a ser. Años luz quiere encontrarla como directora, y de hecho, por medio de una infiltrada/amiga del director en el equipo de rodaje de Zama, logra capturarla en varios momentos mientras dirige a su equipo y actores. Lo curioso es que en esa insistencia es donde más la pierde. Cuando la película logra hacer un descubrimiento exclusivamente propio, lo hace a partir de la forma en que el documental se vuelve enteramente una lucha entre lo que la cámara quiere que Martel sea y lo que ella está dispuesta a mostrar, que siempre es poco, casi nada. En esa carrera, Abramovich parece condenado a perder donde Años luz tiene más para develar, allí donde encuentra finalmente a la protagonista que deseó desde un primer momento, cuando algo sobre el personaje termina por aparecer, al punto en que, al observar los momentos en los que la cámara la encuentra dirigiendo, ya nada nos sorprende ni nos parece extraño. Porque aun cuando la cámara no lo comprendía y se desconcertaba frente a la idea de estar fallando en su cometido, algo de ese excéntrico mundo al que se asomaba ya había llegado hasta nosotros a través de ella, conquistando todo el espacio de la película.

 

Años luz (Argentina/Brasil/España, 2017), guión y dirección de Manuel Abramovich, 72 minutos.

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