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Black Mirror (tercera temporada)

Charlie Brooker

CINE y TV

Los capítulos dos y tres de la tercera temporada de Black Mirror son malos: una historia de casa del terror (bajo dominación informática del cerebro) y un thriller de chantaje con uso de la vigilancia informática… Historias de maldad “simple”, con efectos del orden de la excitación nerviosa (shock, pánico, vértigo…). El quinto y el sexto son ―siempre contra el altísimo parámetro que instauró la serie― regulares o buenos: una “máscara” que se implanta en el cerebro, controla la percepción y es usada para disolver, en las milicias, la empatía humana instintiva (y facilitar genocidios); en el otro, las abejas se extinguieron y fueron suplantadas por réplicas electrónicas que se involucran en una historia de venganzas y metavenganzas en la imparable ola del hating. Son historias en las que una innovación tecnológica abre posibilidades inéditas y desde esa hipótesis se plantea la pregunta por aberraciones posibles.

No era esto lo que nos venía dando esta serie británica en sus escasos pero gigantes siete capítulos anteriores. Recuérdese el primerísimo, “el del cerdo”. La princesa británica más amada por el pueblo era secuestrada, con la única exigencia de que el primer ministro apareciera por todos los canales de televisión copulando con una cerda, o chau princesita. Las multitudes siguen minuto a minuto el apremio y los debates en pantalla ―¿debía ceder el primer ministro?―, y el político y su equipo siguen ―minuto a minuto― las variaciones de la opinión pública ante cada pequeña noticia (buscan a los terroristas y fallan, etcétera). El público es destinatario del show zoofílico, pero también jurado y, por tanto, culpable. En ese capítulo no hay ningún artefacto inventado, ninguna tecnología futurista: es una perfecta posibilidad de nuestro mundo tal como es.

Sobre esa base despliega la serie, después, sus distopías de ciencia ficción, con historias que no son sobre el futuro, ni sobre la tecnología: son sobre el presente. El presente explorado en sus tendencias, con imaginación tecnológica como recurso. Esto ―que genera angustia, no shock de miedo― también lo hace el primer capítulo de esta temporada, “Nosedive”, donde todo el mundo califica a los demás, constantemente, mediante una red social, y del “promedio” de cada cual depende su grado de privilegios en la sociedad. Así, un fondo de terror obliga a mostrar felicidad y carácter rozagante.

El capítulo restante, el cuarto, es el primero (de la temporada) que le salió al autor Charlie Brooker y sería un perfecto capítulo final de la serie: le abre un tajo de duda a su implacable pesimismo. Black Mirror trabaja tensiones de la subjetividad contemporánea (por ejemplo, en el especial de Navidad: la explotación de sí; la condena a no ser visto; la infantilización de la adultez…). Pero también trabaja antiguos tópicos religiosos: el chivo expiatorio, el sacrificio, la voz del espíritu sin cuerpo, el resurrecto, el pecado capital. Y sobre todo, el símbolo religante: las pantallas. Materialidad común y transversal, por la que pasan las más poderosas y concretas fuerzas abstractas. La pantallita, que incluso apagada (negra) se lleva junto al cuerpo y se la toca, se la acaricia, se la aferra: rosario moderno. En torno de ella, Black Mirror investigó líneas infernales de nuestro mundo. Y en este capítulo, “San Junípero”, explora la creación tecnológica del paraíso, la posibilidad del amor eterno. El cielo existe, aunque es anodino: no hay dolor y por tanto “todo da lo mismo”. No se sabe si esto es pesimismo u optimismo; el cielo es tentación.

 

Black Mirror (tercera temporada) (6 capítulos), creada por Charlie Brooker, Netflix, 2016.

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