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Chernobyl

Craig Mazin

CINE y TV

La mayor pesadilla de Homero Simpson se vuelve drama verídico de habla estadounidense y escenario soviético en Chernobyl, miniserie de Craig Mazin para HBO. De contexto e ideologías distantes que facilitan el despliegue autónomo (década de 1980, sólo algún cuadro de Lenin colgado por ahí), la clave hay que rastrearla en la cara del protagonista Valeri Legásov (Jared Harris): decadente, blanda, cenicienta, opacamente noble, refleja el universo de oficinas, hospitales y reuniones de rigor en las que se desencadena el preocupante conflicto. Eminentemente burocrática, Chernobyl se acopla al no tan nuevo auge de ficciones que hacen relevante lo en principio grisáceo, aunque aquí hay también una explosión nuclear: Godzilla sin monstruo, saltan destellos elípticos de catástrofe clase B, de debacle social carpenteriana, fisión de la que emana una sinuosa energía.

La inmunidad en Chernobyl se limita al spoiler: el suicidio del científico Legásov en tiempo futuro designa el arranque, y el estallido de la planta del norte de Ucrania que sigue a continuación será registrada como la peor tragedia nuclear de la Historia. Ya sea esa muerte aislada como las decenas de miles a la redonda atribuidas al fenómeno, todas cargan con un peso extra al de la mítica corrosión colectiva del Vesubio: el fallo es humano y por tanto moral, y la serie fiscaliza esa evidencia con insistencia e inquietud didácticas.

En los dos primeros episodios se expulsa al aire lo que hace al núcleo Chernobyl: allí están Legásov, el científico encargado de intervenir in situ, casi siempre acompañado del circunspecto funcionario Boris Shcherbina (Stellan Skarsgård); la física Ulana Khomyuk (Emily Watson, personaje gestado exclusivamente para la recreación), de rol disidente en la búsqueda de la verdad y el cuestionamiento a las autoridades, encarnadas entre otros por el inescrupuloso director de la planta Víktor Briujánov (Con O’Neill) y su obsecuente secuaz Anatoli Diátlov (Paul Ritter); y anónimos como la rubia Lyudmilla Ignatenko (Jessie Buckley), que cuida incansable y temeraria de contagio a su agonizante pareja, el bombero Vasily Ignatenko (Adam Nagaitis).

La población permanece fuera de campo, y si asoma luce expectante o alegre o desentendida (alguien dice de la luminiscencia mortífera: “Es hermosa”). Esa contención presente aun en la evacuación hace de contrapunto a los vómitos, quemaduras, escoriaciones y cuerpos deformes en camas. El morbo por la aniquilación temática y sus apestados titila y promete un Chernobyl que no es: la corrección naturalista-documental pone el género en cuarentena. Así y todo, las tomas detenidas y terroríficas de la desolada y humeante planta nuclear con el sonido de medidores desbocados son lo mejor de la serie, que rodea su centro ciego sin saber absorberlo del todo.

En efecto, los tres capítulos restantes son un largo epílogo. En el tercero se suceden causas y consecuencias con misiones de último aliento; el cuarto es un paréntesis posapocalíptico de tropas en territorio rural; y el quinto subraya el ánimo expositivo en un juicio con maquetas y vocabulario intrínseco (neutrones, grafito, yodo, uranio, xenón). Más ecológica que radioactiva, Chernobyl se atiene a la denuncia audiovisual y cierra preguntándose “¿Cuál es el costo de las mentiras?”. Un Mickey Mouse exótico de Prípiat apunta a Trump y emite un siniestro y final chisporroteo.

 

Chernobyl, creada por Craig Mazin, dirección de Johan Renck, HBO, 2019, 5 episodios.

4 Jul, 2019
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