Sabrina

Nick Drnaso

OTRAS LITERATURAS

Nada, en las primeras páginas, deja imaginar la negrura densa de lo que vendrá. Sabrina se abre con el rostro inexpresivo a media página de la chica del título, que en los cuadros siguientes recorre la casa de sus padres buscando un gato, y más tarde conversa con Sandra, su hermana, que viene a visitarla. Y aunque casi nada destaca en las viñetas de líneas rectas, contornos nítidos y colores pastel, ni tampoco en la conversación dispersa de las hermanas, hay atisbos sutiles, si se observa bien, que presagian la desgracia: una referencia oblicua a A sangre fría en un crucigrama; un plan de viaje en bicicleta por los lagos que entusiasma a Sabrina (“Me parece muy buena idea. Así sales al campo y te desconectas de Internet”) pero también la intimida (“¿Sería peligroso?”); unas manzanas artificiales indiscernibles en el dibujo de unas manzanas reales, y unas nubes grises que cubren el cielo a la mañana siguiente, cuando Sabrina carga su mochila y sale de la casa de sus padres. Es la última vez que la veremos con vida, antes de un corte abrupto a otro rostro inexpresivo a media página, el de su novio, Teddy, a punto de refugiarse en la casa de un amigo, sumido en una depresión que lo paraliza tras la desaparición de Sabrina.

Todo indica, así contado, que se trata de un relato policial. Pero no. Porque lo que de veras cuenta en la segunda novela gráfica de Nick Drnaso (Palos Hill, Illinois, 1989) y ahonda el camino de la primera, Beverly, no es el destino trágico de Sabrina que se devela muy pronto, ni la reconstrucción de uno de los cada vez más frecuentes actos de violencia indiscriminada de la sociedad norteamericana, sino las ondas expansivas de la violencia y sus derivados —la paranoia, la falsificación, las teorías conspirativas—, que, a juzgar por otras pistas solapadas en el relato, han recrudecido después del 11 de setiembre, se magnifican en la era Trump y se multiplican en las redes de la comunicación instantánea. De ahí en más, conviene no anticipar detalles.

Como pocos relatos de hoy, en cualquier caso, Sabrina muestra el caleidoscopio vertiginoso del mundo hiperconectado (pantallas de portátiles, videojuegos, clips de YouTube y búsquedas de Google; hilos de chat, mensajes de texto y correos electrónicos), lo ausculta con la misma reticencia con que muestra a sus personajes, pero no alienta la diatriba apocalíptica contra la era de Internet, sino que ofrece una contraeconomía de la imagen y el relato, todo un desafío en el género gráfico. Si la cultura digital muestra en exceso, invita al exhibicionismo y a la publicidad de la vida privada, Drnaso no medra con la inflación de las emociones ni el espectáculo; responde al desborde de la web con cuadros enteros de silencio y una imagen austera, neta, que destila el minimalismo de Chris Ware y la aparente ingenuidad de Henry Darger en modulaciones rítmicas y cromáticas. Y si la velocidad de las redes lleva al consumo reflejo del rumor, la mentira o la noticia falsa, la cuidada sucesión de cuadros llama a afinar la mirada: “Atienda lector. Mire bien. Lo que se ve no es siempre lo que se ve. Le cabe a usted componer el relato”. El efecto es perturbadoramente eficaz. La expresión a menudo indescifrable de los rostros, los largos silencios, la incertidumbre insidiosa de los hechos resultan más inquietantes que el destino trágico.

No sorprende que Sabrina haya sido la primera novela gráfica nominada al Premio Booker y haya recibido elogios superlativos de novelistas contemporáneos. Con el realismo facetado y la perspicacia narrativa del joven Drnaso, el género ha dado un salto de madurez. Si alguna vez fue un género menor, ya lo ha olvidado.

 

Nick Drnaso, Sabrina, traducción de Carlos Mayor, Salamandra Graphic, 2019, 204 págs.

27 Jun, 2019
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