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Detroit

Kathryn Bigelow

CINE y TV

Con Detroit, el cine de Kathryn Bigelow completa un giro hacia la historia reciente de su país que le ha valido más lecturas erradas o tendenciosas de las que cabría esperar. Sus tres últimas películas no han esquivado temas particularmente urticantes o controversiales, pero lo más llamativo del caso es la manera en que cierto sector de la crítica especializada parece defraudado por ese viraje hacia la política. Si a Zero Dark Thirty (2012) se le recriminaba “mostrar demasiado” —la célebre polémica en torno al muestrario de torturas “justificables” en la llamada guerra contra el terrorismo—, ahora a Detroit parece endilgársele el mostrar “poco”, ya no en relación con las atrocidades físicas que saturan buena parte del metraje, sino con sus consecuencias políticas. En su crítica para Sight & Sound, el crítico Henry K. Miller, aunque alaba las virtudes como narradora de Bigelow, parece reprocharle el muestreo de los detalles del así llamado “incidente del motel Algiers” durante los motines raciales de Detroit en el (literalmente) ardiente verano de 1967, pero no las “consecuencias” políticas que tuvo, como exigiéndole a la directora una vocación esclarecedora o ilustrativa más propia del periodismo que del cine. En mayor o menor grado, esa fue la actitud generalizada hacia una película, por ejemplo, soberanamente ignorada al momento de la repartija de nominaciones para los asépticos Oscar de la Academia. Semejante desatino de apreciación ignora, en primer lugar, que el cine de Bigelow siempre fue físico antes que verbal —aunque en sus películas se hable bien y mucho— y que una recreación del hecho más escrupulosa desde el punto de vista coyuntural habría acercado peligrosamente a Bigelow a la tentación de volverse “la conciencia de América”, algo que no pudo evitar, por ejemplo, Clint Eastwood en su última y catastrófica (desde el punto de vista estrictamente cinematográfico) 15:17 Tren a París. Bigelow es una cineasta de géneros y, como tal, tiene perfecta conciencia de qué quiere contar y cómo. Los incidentes del motel Algiers no son un “pretexto” para nada que no sea mostrar —y narrar— la banalidad del mal en su estado más puro: el secuestro, tortura y posterior asesinato de tres muchachos negros a manos de un grupo de policías blancos racistas. Detroit es, por lo tanto, una película de terror, y las claves de su puesta en escena están magníficamente presentadas en ese sentido, cohesionadas con un vigor casi irrespirable y una lógica geométrica que transforma el tercer acto del film en una ceremonia tensa —narrada casi en tiempo real—, que no tiene nada que ver con intenciones de denuncia a la Michael Moore y que está, en cambio, mucho más cerca de los circuitos cerrados y pesadillescos a los que nos tiene acostumbrados John Carpenter. En manos de Bigelow, la del motel Algiers se transforma en una de las más estremecedoras arquitecturas del horror del cine contemporáneo, y ese es un mérito estricto de la puesta en escena, apartado en el que la directora, arriesgamos, tiene pocos pares en el cine que se practica hoy en día en su país. Cuando el film trata de buscar anclas morales (por ejemplo, el comentario más bien obvio sobre la industria musical de Motown realizado por uno de los personajes principales que, en ese preciso momento, pierde cierta carnadura humana para transformarse en algo parecido a un señalador moral clavado entre las páginas de la culpa colectiva), lo único que logra es resentirse y ponerse fuera de sí, desdibujarse en el panorama biempensante de una sociedad rota, a la que le gusta leerse con la perspectiva aliviadora de los libros de Historia, pero raramente contemplarse en un espejo.

 

Detroit (EEUU, 2017), guión de Mark Boal, dirección de Kathryn Bigelow, 143 minutos.

22 Feb, 2018
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