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El infiltrado del KKKlan

Spike Lee

CINE y TV

Hay un momento de rara felicidad en El infiltrado del KKKlan (BlacKkKlansman), no tanto para el contexto contemporáneo del cine estadounidense (propenso a las distensiones) como hacia el interior de la obra del propio Spike Lee. Promediando la primera mitad del film, el policía (negro) Ron Stallworth, que ha infiltrado las filas del Black Power por orden de sus superiores (blancos), se encuentra en una discoteca bailando una improvisada coreografía sobre el hermoso “Too Late to Turn Back Now” de Cornelius Brothers and Sister Rose. Ha llegado a ese lugar luego de escuchar una incendiaria arenga del mismísimo Stokely Carmichael, y para espiar a una joven dirigente en la que —se lo ve venir— estará cada vez más interesado, emocionalmente hablando. La escena parece un número musical autónomo —misteriosamente “descolgado” en un film sobre la aspiración afroamericana a comienzos de la década del setenta, cuando Estados Unidos casi no admitía posiciones raciales intermedias entre las del Ku Klux Klan y los Panteras Negras— y luce casi indulgente en su azucarada apuesta al modo “disco” fijo en el imaginario popular blanco. Si se compara la vitalidad de esa escena con el uso fibroso del “Fight the Power” de Public Enemy a lo largo de Haz lo correcto (1989), se puede comprobar no que Spike Lee se haya “ablandado” o vuelto complaciente en forma alguna, pero sí que la pérdida de gravedad en el tono entre una y otra película obedece más a preocupaciones estrictamente estéticas que al deseo de inscribir el mensaje político en coordenadas precisas de tiempo y lugar. El Spike Lee (a su modo) racista y conservador, repetidamente acusado de machista y homofóbico por el movimiento feminista negro, parece ahora más dispuesto a seguir cuestionando los límites morales de su país —enarbolando una aspiración ideológica específica—, pero pensándolos más desde lo cinematográfico que desde lo —si se nos permite el término— “publicitario”. Entonces opta por describir un cambio de época, el deslizamiento progresivo desde la barbarie hacia un tenso equilibrio, no estableciendo una genealogía del orgullo y la afirmación afroamericana, sino cuestionando la superficialidad estética con que, demasiadas veces, fue abordada la cuestión, incluso por cineastas afroamericanos. Es un giro inteligente, llamativamente estudiado para un cineasta instintivo y pendenciero que hizo de la otredad un campo de batalla y de la propia subjetividad un programa político. La escena en la discoteca dialoga después con aquella en que se convoca a Cleopatra Jones y la iconografía del blaxploitation como materia simbólica (aunque errónea) de las pretensiones culturales de todo un pueblo, y el arco pop que se tensa entre ambas vuelve a El infiltrado del KKKlan una profecía nutrida de datos sobre el pasado, pero percibida en un presente donde nadie, ni blancos ni negros, puede sentirse completamente a salvo. Lee infiltra a una pareja de policías, uno negro y uno blanco (y judío), en el corazón de una célula del KKK y se vale de un hecho verídico para cargarse ficciones tendenciosas (Lo que el viento se llevó, 1939) y borrar a puñetazos las versiones segregacionistas sobre el “nacimiento de la nación”. En ese sentido, el monólogo de Harry Belafonte es una especie de sesión de espiritismo, y el paralelo con los supremacistas blancos vivando la obra fundacional de Griffith, uno de los grandes momentos del cine de Lee. Y allí donde Kelli Weston señala en su crítica para Sight & Sound —y con cierta razón— que la película no alcanza a justificar ideológicamente las escenas que la cierran, debe convenirse también, y para ser justos, que lo real no está casi nunca a la altura del arte, y que a Spike Lee siempre le interesó más recordarnos en qué clase de mundo vivimos antes que andar por ahí recolectando elogios en forma de estrellitas o pulgares hacia arriba.

 

BlacKkKlansman (EEUU, 2018), guión de Charlie Watchel, David Rabinowitz, Kevin Willmott y Spike Lee a partir deBlack Klansman: Race, Hate and the Undercover Investigation of a Lifetime, de Ron Stallworth, dirección de Spike Lee, 135 minutos.

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