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En 2016, a Milagros Mumenthaler se le presentó una imagen mientras caminaba por las calles de Ginebra: una mujer que se arrojaba al río desde un puente. La escena, que es perturbadora, la llevó a hacerse la siguiente pregunta: ¿qué pasaría si mi cuerpo se disociara de mi mente de un modo que me pusiera en peligro? Las corrientes, su tercer largometraje, es el desarrollo cinematográfico de esa visión. De hecho, la escena está filmada y es el comienzo de la película, cuyos minutos iniciales son de una belleza impactante, a tal punto que sería válido preguntarse si a la directora no se le podría haber ocurrido finalizar allí mismo el rodaje, consciente de que con esas primeras escenas había filmado un cortometraje enigmático y perfecto.
Lina (Isabel Aimé González Sola), una mujer joven, bella y exitosa, es la protagonista de esta punta de iceberg con la que vamos a chocar como espectadores. La vemos primeramente en una ceremonia de gente socialmente acomodada en la que recibe una importante distinción. De pronto, la absorbe un acceso de aversión. En el baño, frente a un espejo, se refriega el rostro hasta quitarse el color del lápiz de labios y abandona el lugar como si estuviese obedeciendo a un llamado interno que, sin embargo, no sabemos de dónde proviene. La caminata que emprende es entonces para Mumenthaler la excusa perfecta para filmar de manera magnífica las coquetas calles ginebrinas. Lina se detiene en una tienda para comprar un pañuelo bordado que ve en una vidriera (¿un regalo para su madre?), y a la salida el trayecto hacia lo inescrutable: cruzar el puente, trepar la baranda y dejarse caer al río, captada por la cámara desde una impresionante toma aérea. ¿Por qué? No lo sabemos. Sí sabremos más tarde que ese nombre es el tachado parcial de su nombre completo, Catalina.
A partir de ahí, la historia, o la narración propiamente dicha, comienza. La ciudad, ahora, es Buenos Aires. A propósito: ¿es Las corrientes una película argentina o podría verse como el trabajo de una realizadora suiza? Quizás sea ambas cosas: la síntesis o conjunción híbrida a la que arribó la directora. La pregunta no apunta a una respuesta de orden nacionalista como tampoco de índole valorativa. No solo la doble procedencia identitaria de Mumenthaler amerita el planteo, aunque sea únicamente como un juego (la directora, hija de exiliados políticos argentinos, creció en Ginebra), sino que el preciosismo por momentos casi obsesivo con que aborda la composición pictórica de sus planos (y que se sostendrá a lo largo de toda la película) o su uso de la banda de sonido (la música empleada a modo de leitmotiv emocional) podrían ubicarla en una corriente quizás más vinculada a cierta tradición de la filmografía europea.
El cine, por otro lado, siempre ha funcionado como una gran máquina productora de imágenes de eso que se podría catalogar como caso clínico (las perturbaciones psíquicas de los protagonistas de las películas de Hitchcock son tal vez el ejemplo más clásico). Es cierto que lo mismo podría decirse de la literatura. Pero a diferencia de la narración literaria, que trabaja en la búsqueda de una profundización de la psiquis del personaje, el cine lo hace desde un registro más directo y sensorial: narra construyendo imágenes. Las películas de Mumenthaler suelen trabajar con un imbricado cruce de esos dos planos y son la convivencia entre un cuidadoso guion narrativo-literario y la potencia fílmica de una cámara que constantemente lo tensiona. Pero hay algo más que puede decirse de su manera de filmar.
En sus películas está la búsqueda de condensación de la narración, tan propia del cine, a través de una escena memorable. Mumenthaler ya había dado muestras de su originalidad con esa exploración en La idea de un lago (2016), su película anterior. Quien la haya visto recordará las escenas en que un viejo Renault 4 verde flota sobre una tarima de madera en el lago y guiña los ojos (que son sus luces) a la protagonista, o el juego nocturno a las escondidas de unos niños con linternas en el medio de un bosque. En Las corrientes, esa escena sucede en la cúpula del edificio Barolo (metáfora de un faro), con un emotivo primer plano del rostro iluminado de Catalina y unas bellísimas imágenes de Buenos Aires y del fragor de la vida contemporánea en las ciudades.
Las corrientes (Argentina/Suiza, 2025), guion y dirección de Milagros Mumenthaler, 105 minutos.
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