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Descontado el cariño y respeto que merece Paul Thomas Anderson, hay que decir que Marty Supremo es la verdadera “batalla tras otra”: desde asaltar la zapatería del tío para pagar el viaje al Abierto Británico de ping pong y hospedarse fraudulentamente en el Ritz, hasta quemar una estación de servicio, seducir a una actriz famosa venida a menos (Gwyneth Paltrow) y encontrarle habitación a una amiga (Odessa A’zion), madre encinta de su hijo. Pero incluso cada una de estas peripecias, ya sin aliento, una tras otra se complican, pues sus resoluciones son ineficaces o encuentran un obstáculo aún mayor: una joya robada es una baratija; la joya valiosa se la queda la policía. Sería kafkiano si no hubiese esperanza, pero para Marty la posibilidad de no alcanzar lo que busca simplemente no existe, aun cuando deba consentir humillaciones y vejaciones sucesivas con tal de volver a competir en el mundial de ping-pong.
Es la primera película en solitario de Josh Safdie, luego de codirigir junto a su hermano Benny Safdie relatos de un vértigo rítmico (neoyorkino) bastante similar, como Uncut Gems (2019) o Good Time (2017). Ambientada en la Nueva York de los primeros años de la posguerra, Marty Supremo sigue a Marty Mauser, un joven vendedor de zapatos y jugador de tenis de mesa empeñado en hacerse un nombre en un deporte que nadie parece tomar en serio. El protagonista, interpretado por Timothée Chalamet, está vagamente inspirado en Marty Reisman, figura legendaria del ping pong neoyorquino cuyos rasgos de buscavidas y showman se filtran en esta fábula cinematográfica.
El guionista y director Paul Schrader dio en el blanco al comparar, en un posteo de Facebook, Marty Supremo con The Mastermind (2025), como si se tratara del mismo disco reproduciéndose a velocidades antagónicas: uno a 78 rpm, el otro a 33. Dos relatos picarescos de época sobre jóvenes estadounidenses aparentemente inteligentes que avanzan a los tumbos, encadenando un desliz tras otro. La película de Kelly Reichardt, señalaba Schrader, es puro control y contención; la de Josh Safdie, puro exceso.
A diferencia de la porosa The Mastermind y de su magnético fracasado, Marty Supremo satisface primitivos impulsos masculinos de caza y conquista, aunque sometidos a la disciplina inflexible de cualquier deporte profesional. La suya es una testosterona con anteojeras, incapaz de permitirle la menor distracción frente a un único horizonte: la grandeza. Una suerte de macguffin vital —pagar la multa del campeonato y poder así volver a jugar el mundial— empuja el relato hacia una lógica del “a cualquier costo”, capaz de arrasar todo vínculo humano sin que eso logre desmoralizar, ni por un instante, la obstinación del protagonista.
La trama, aunque sencilla, a ratos se vuelve inabarcable por su electricidad y riqueza; está saturada de detalles y de momentos preciosos, singulares, que funcionan a la vez como subtramas, narradas en secuencias de una eficacia cautivante. Basta pensar en el coqueteo desubicado de Marty con la actriz Key Stone, a través de una llamada telefónica desde el hotel de lujo donde se alojan. Para presentarse, él le pide que lo busque en el diario, donde acaba de salir una nota con su diminuto retrato. Ella lo encuentra, confirma que es casi un adolescente y le dibuja con lapicera un acné (o tal vez un rubor); luego, a su marido calvo, que se queja desde el baño y que también aparece en el periódico, le dibuja pelo. La secuencia se cierra con una prueba infantil y perfecta: si Marty consigue embocar una manzana en un recipiente del edificio de enfrente, Key irá a verlo a la semifinal. Por supuesto, lo logra.
No es exagerado considerar desde ya a este americanísimo tour de force sobre un trepador del ping pong como una cumbre de su propio deporte, en el mismo sentido en que Toro salvaje (Martin Scorsese, 1980) lo es para el boxeo, o la reciente Challengers (Luca Guadagnino, 2024) para el tenis. Sin embargo, la película ocurre ante todo en los intervalos del juego y parece sentirse más cómoda en compañía de clásicos sobre arribistas como All About Eve (Joseph Mankiewicz, 1950) o Barry Lyndon (Stanley Kubrick, 1975), así como de una versión moderna del ascenso desvergonzado que propone The Social Network (David Fincher, 2010).
Tras una primera media hora extraordinariamente entretenida, pródiga en hallazgos narrativos, la trama se reordena a partir de una rara estructura de un puñado de días consecutivos, vividos al límite, y sobre todo, mediante el encadenamiento de noches interminables, en un registro accidentado que remite al After Hours (1985) de Scorsese. A esas noches las acompaña una música deliberadamente anacrónica y caprichosa para la época en que se ambienta la película: los ochentosos New Order, Peter Gabriel, Alphaville o Tears for Fears conviven con la banda sonora original del músico experimental Daniel Lopatin. Y, sin embargo, esas irrupciones —a veces disonantes, a veces líricas, punteando la adrenalina del relato— logran capturar algo del espíritu beatnik de la Nueva York de los cincuenta. Marty no es, ni de lejos, Jack Kerouac, pero tiene su mismo apetito.
Como buen relato clásico, el film no escatima en personajes secundarios memorables, con funciones catalizadoras, muchos de ellos dueños de rostros contundentes, a ratos patéticos y siempre profundamente humanos. El mismísimo Abel Ferrara, mito vivo del cine independiente, encarna a un peligroso gánster, decisivo para la resolución del relato, y parece pasarle a la película la batuta de una irreverencia formal que viene de otra época y de otra calle. Decir que Timothée Chalamet brilla a esta altura resulta casi redundante, y quizá ya convenga tratarlo como lo que es: un niño terrible. Viene de interpretar hace muy poco a Bob Dylan, y se le acomodan con naturalidad estas personalidades excepcionales y soberbias, de un narcisismo justificado.
La película, en definitiva, trata sobre alguien convencido de que tiene una estrella, e incluso al estrellarse de manera estrepitosa —no solo poniendo en riesgo su propia integridad y la de los demás, sino comprobando que aquello que más persigue, en el último momento, le es retirado— consigue una forma de revancha simbólica, suficiente para demostrarse a sí mismo su valor, el solitario puesto del número uno.
Marty Supreme (Estados Unidos, 2026), guion de Josh Safdie y Ronald Bronstein, dirección de Josh Safdie, 150 minutos.
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