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Más que rivales

Jacob Tierney

CINE y TV

El 24 de enero, mientras Nueva York se preparaba para una de las tormentas invernales más severas de la última década, el alcalde Zohran Mamdani recomendó a la ciudadanía permanecer en casa, mantener la calefacción encendida y evitar desplazamientos innecesarios. Entre sus sugerencias para atravesar el encierro figuraba una inesperada: leer Más que rivales, la novela de Rachel Reid. Casi en simultáneo, en Italia, Hudson Williams y Connor Storrie —protagonistas de la adaptación televisiva— eran invitados a portar la antorcha olímpica de los próximos Juegos de Invierno. Entre la intimidad doméstica y el espectáculo deportivo global, Más que rivales parecía consolidarse como un fenómeno cultural que desborda ampliamente el formato de la comedia romántica.

En los últimos años, la televisión mainstream ha ensayado diversas figuras del protagonista gay atravesado por el deporte o el descubrimiento sexual: desde el futbolista adolescente de Heartstopper (Alice Oseman, basada en su serie de novelas gráficas, Netflix, 2022-) hasta los relatos más crudos de la masculinidad competitiva en Looking (Michael Lannan, HBO, 2014-2016) o Fellow Travelers (Ron Nyswaner, Showtime, 2023). Sin embargo, Más que rivales introduce una variación significativa al desplazar el énfasis del coming-out hacia la persistencia del vínculo en condiciones estructuralmente adversas. Aquí no se trata tanto de llegar a una identidad como de sostener una relación en un sistema que penaliza cualquier desviación de la norma. Adaptada y dirigida por Jacob Tierney, la serie corre el eje del romance deportivo hacia una zona de fricción constante entre deseo, competencia y exposición pública.

La narración se organiza mediante saltos temporales que acompañan la relación entre los jugadores de hockey sobre hielo Shane Hollander e Ilya Rozanov a lo largo de varios años, permitiendo observar cómo el vínculo se redefine al ritmo de sus trayectorias profesionales y de las exigencias afectivas que impone el alto rendimiento. Shane (Williams), canadiense, expansivo y emocionalmente permeable, es además un personaje racializado: hijo de madre japonesa, carga con una historia familiar de silencios y expectativas que complejiza su dificultad para aceptar públicamente su sexualidad. Ilya (Storrie), ruso, lacónico y estratégicamente reservado, vive en Boston por razones económicas y laborales, plenamente consciente de que ese desplazamiento geográfico es también una condición de posibilidad para su deseo: Rusia aparece, incluso cuando no está en escena, como un horizonte de imposibilidad.

Esa asimetría se materializa también en el uso de las lenguas. Mientras Shane insiste en el inglés como espacio de negociación emocional, Ilya se repliega con frecuencia en el ruso, especialmente en los momentos de mayor vulnerabilidad. Lejos de funcionar de simple rasgo identitario, este desplazamiento lingüístico introduce una distancia sensible entre ambos, marcando los límites de lo decible y subrayando la opacidad afectiva del personaje. La serie entiende que el amor también puede organizarse alrededor de zonas intraducibles.

El tercer episodio condensa muchas de estas tensiones. Allí aparece Scott Hunter, jugador de hockey neoyorquino, blanco, exitoso y discretamente gay, quien se convierte en una figura ambigua de identificación. Su salida del clóset —televisada tras ganar un título, acompañado por su pareja— es un momento luminoso y al mismo tiempo profundamente problemático: la visibilidad queda ligada al triunfo deportivo, al capital simbólico del campeón y a una respetabilidad que no todos pueden permitirse. Para Shane e Ilya, Scott opera menos como modelo universal que como recordatorio de las jerarquías que atraviesan incluso los gestos más celebrados de emancipación.

Tierney construye el relato a partir de una coreografía precisa de encuentros furtivos, silencios prolongados y estallidos de intimidad que rehúyen el sentimentalismo. Las escenas sexuales, explícitas y recurrentes, no son mera ornamentación sino parte central de la dramaturgia: el deseo es fuerza motriz, pero también campo de disputa, negociación y, en ocasiones, agotamiento. En ese sentido, Más que rivales se aleja de la lógica del romance edificante para explorar una economía afectiva marcada por la repetición, la dependencia y la dificultad de imaginar futuros compartidos.

El hockey no queda relegado a un decorado funcional. La cultura del deporte —sus rituales, jerarquías y mitologías de la masculinidad— atraviesa cada gesto de los protagonistas. El hielo tiene la función de espacio de sublimación y violencia contenida, pero también de escenario donde se reafirma una identidad pública que obliga a mantener la relación en un régimen de clandestinidad. La serie propone así una lectura sutil del deporte profesional como dispositivo ambiguo de deseo y consumo, donde el cuerpo es simultáneamente capital, espectáculo y frontera.

Más allá de su evidente impacto mediático, Más que rivales encuentra su singularidad en la forma en que articula lo privado y lo espectacular, lo íntimo y lo competitivo. No se trata únicamente de una historia de amor entre competidores rivales, sino de una exploración sostenida de cómo el deseo persiste —y se transforma— bajo condiciones de exposición permanente. En ese cruce entre afecto y rendimiento, la serie ofrece una imagen compleja de la diversidad sexual dentro del deporte profesional, mostrando que la visibilidad no es un punto de llegada homogéneo sino un proceso desigual, atravesado por clase, raza, nacionalidad y jerarquías institucionales.

 

Heated Rivalry (Canadá/EEUU, 2025), creada por Jacob Tierney, guion y dirección de Jacob Tierney, basada en la novela de Rachel Reid, Crave / HBO Max, 6 episodios, 2025.

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