OTRAS LITERATURAS

Poco se conoce sobre la vida de William Shakespeare, pero se sabe que estaba casado y tuvo tres hijos: Susanna y los mellizos Judith y Hamnet. Y que en 1596 Hamnet murió a los once años. Cuatro años más tarde, el autor más influyente de la lengua inglesa escribió Hamlet, cuyo título, según señala Stephen Greenblatt en el artículo citado en el epígrafe de la nueva novela de Maggie O’Farrell, entonces era un nombre intercambiable con el de su hijo. Ella propone que murió por la peste y la historia se enfoca en la esposa de Shakespeare, Anne o Agnes, como la llamaba su padre.

Cuenta O’Farrell que, cuando investigaba para el libro, le impresionó la hostilidad que Agnes recibía de parte de académicos y escritores de ficción, a pesar de lo poco que se sabe sobre ella. Reproches misóginos: era tanto mayor que él que se fue a Londres huyendo de ella. No hay ninguna evidencia de eso, pero sí de que, cuando Shakespeare era un hombre acaudalado al final de su carrera, volvió a Stratford y vivieron juntos. Para crear el personaje, O’Farrell dio vuelta la pregunta de por qué él se casó con una campesina analfabeta (con dieciocho años, él tuvo que obtener una licencia especial) y se preguntó qué vio ella, que tenía una dote importante que le permitía un amplio rango de candidatos, en un chico proveniente de una familia venida a menos. Todas las mujeres de entonces eran iletradas, pero aquí Agnes es sabia en herbajes y pociones curativas, con una inteligencia intuitiva y premonitoria, e instó a su marido a no sacrificar el sueño de hacer lo fuera que se imaginaba haciendo, aun a costa de abandonar a su familia.

Es una novela hermosa en muchos sentidos, pero sobre todo por la atmósfera de fatalidad que transmite: el destino de cada uno depende de una intrincada combinación de coincidencias. Abre con la llegada de la enfermedad a la casa, pero, para resaltar lo azaroso que es todo en la vida, retrocede a la época del encuentro casual de Agnes y un preceptor de latín de quien se embaraza, lo que deriva en matrimonio, y luego en otro embarazo que deriva en una muerte que suscitará una obra maestra de la literatura universal.

Otra prueba de eso es un capítulo que muestra, como efecto mariposa, el viaje de la pulga que acarrea la peste desde Alejandría hasta Stratford y sella el destino de Hamnet. A la vez, la duplicación es crucial: literalmente, los mellizos Judith y Hamnet son “una persona partida al medio”, salvo que desde el parto la naturaleza lo favorece a él porque la duplica en tamaño. También lo hace la cultura patriarcal que, al ser varón, lo envía a la escuela. Sin embargo, ya preadolescentes, son tan idénticos como Viola y Sebastián en Noche de reyes y, si cambian sus ropas, pasan uno por el otro.

En un nivel metafórico, todos los personajes tienen un lado oculto, vulnerable, y el que más es el preceptor de latín/marido/padre, de quien la autora retiene el nombre porque tanto “Shakespeare” como “William” contienen demasiado poder hipnótico. Él tiene una doble identidad: su carrera como dramaturgo lejos de su familia y su rol hogareño. Era una época de convivencia con la muerte, sucedía en los hogares, a la vista de todos. Si no quedaba otra que seguir adelante, a Agnes la destroza el duelo y, en el caso de él, su identidad londinense arrasa con la otra y el duelo es sublimado en la más magnífica oda al hijo difunto, en la que revierte el dolor: el hijo duele al padre. La yuxtaposición del narrador omnisciente con la ignorancia de los fenómenos fortuitos por parte de los personajes muestra el mundo como un lugar vastísimo, absolutamente ajeno a nuestro control.

 

Maggie O’Farrell, Hamnet, traducción de Concha Cardeñoso, Libros del Asteroide, 2021, 350 págs.

9 Sep, 2021
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